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Dylan

Ladeé el cuello y solté un gemido agudo al sentir una embestida profunda. Mi abdomen se contrajo y, jadeante, lo miré con los ojos dilatados.

—X-Xinie... —balbuceé, y mis ojos se cerraron con fuerza cuando otra embestida me arrancó un grito—. ¡Mierda, Xander!

Escuché su risa ronca cerca de mi oído.

—Tan sucio, pero tan hermoso... —susurró sobre mi cuello.

Besó mis labios, mis mejillas, y luego lamió mi marca. Solté un gemido involuntario al sentir ese contacto, alzando más la pierna para permitir que su ritmo se intensificara. Su miembro entraba y salía con rapidez, y un hilo de saliva se escurrió por la comisura de mis labios.

Mierda.

Mierda.

Mis manos acariciaban su abdomen marcado, rozando cada músculo con lentitud, como si necesitara aferrarme a él. Su aroma me envolvió por completo.

Ese olor a cigarrillos ya no existía en él. Ahora sólo era Xander.

—Eres perfecto —murmuró al morder el lóbulo de mi oreja. Gimió y me embistió otra vez, haciéndome gritar.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo, el sudor resbalaba por mi piel, y sentí mi corazón tan acelerado que pensé que se me saldría del pecho. Mi orgasmo llegó con fuerza, manchando nuestras pieles, sintiéndolo también terminar dentro de mí. Su miembro se hinchó, formando el nudo, y solté un gemido tembloroso al sentir cómo su mano se posaba firme en mi cadera, impidiéndome moverme.

Se recostó con cuidado, dejándome sobre su pecho. Su mano subía y bajaba por mi espalda. Apoyé la mejilla contra su piel, aún jadeando.

—Te amo —dijo al besar mi cabello. Mis mejillas ardieron.

Mi pecho se calentó con ese sentimiento tan dulce.

—Yo también te amo —susurré, besando su pecho mientras ronroneaba.

Me atrajo más hacia él, con suavidad, cuidando de no incomodarme por el nudo.

—Aún no me acostumbro a esto —murmuré, refiriéndome al nudo—. Y eso que ya pasó bastante tiempo.

Lo observé. Sus ojos estaban cerrados, los labios entreabiertos.

—Yo tampoco —respondió suave, acariciando mi espalda.

Suspiré, sintiendo cómo el nudo comenzaba a desaparecer. Tragué saliva y solté un gemido pequeño al sentirlo salir de mi interior. Me incliné para besarlo con calma.

Sus manos tomaron mi cadera y me miró.

—Estás un poco pálido —murmuró—. ¿Te dejé tan mal?

Solté una carcajada.

—Casi se me va el alma, Xander.

—¿Ya han pensado en tener cachorros? —escuché a Owen preguntar con curiosidad mientras me sentaba con un café entre las manos.

Me atraganté casi de inmediato, tosiendo fuerte, al borde de escupir el café. Sentí cómo la garganta me ardía.

Ay, no.

Me voy a morir.

—¿Q-qué? —pregunté con los ojos bien abiertos, los nervios saltando en mi interior.

Owen me dio unos golpecitos en la espalda, con el ceño fruncido.

—Lo siento, no sabía que te pondría así.

Mis mejillas se encendieron.

—Uh… está bien —respondí, tratando de sonar normal—. Pero no es tiempo aún.

Él asintió comprensivo. El señor Jonás, el padre de Xander, me miró entonces. Sus ojos, tan parecidos a los de su hijo, parecían leerme por dentro.

—Entiendo. Yo tuve a Xander al año, pero su padre y yo ya llevábamos tiempo juntos. —Intenté sonreír, pero sólo logré una mueca—. Oh, cariño… estás pálido. Respira. ¡Alguien tráigale un bolillo para el susto!

¿Un cachorro?

No. Es demasiado pronto. ¡Aunque ya llevamos un año y cinco meses juntos! Pero ni siquiera Xander ha tocado ese tema.

Y supongo que está bien así.

O eso pensé… hasta que un pinchazo atravesó mi pecho.

¿Y si él no quiere cachorros?

Sin pensarlo, mi mano tocó mi vientre. Y tuve que contener las lágrimas.

No… no había nada allí. No ahora. Y eso dolía más de lo que quería admitir.

Tragué saliva con dificultad. Tal vez en el futuro… pero ahora no.

—Oh… —escuché a Owen murmurar mientras cargaba a su pequeño—. D-Dante tiene fiebre y...

El llanto del bebé llenó la habitación, fuerte, desesperado.

Me levanté de golpe. En el apuro, me golpeé contra el borde del estante. Owen me miró preocupado.

—Estoy joya —susurré, alzando el pulgar. Sentí la sangre resbalar por un costado de mi cabeza.

Oh no.

Sangre.

Sentí el nudo en el estómago apretarse mientras el llanto del cachorro continuaba. El Omega mayor se acercó con prisa. Asentí cuando me dio indicaciones.

—Dylan, estás sangrando —dijo Owen mientras caminábamos al auto. Llevé una mano a la cabeza. El mareo me golpeó de inmediato.

Sangre.

¿Cuándo fue la última vez que sangré?

¡Mamá, por favor! Estoy sangrando mucho, por favor...

—No importa. Vamos rápido —dije, apenas pudiendo mantenerme en pie. Apenas toqué el auto, sentí que todo se oscurecía. El pánico por ver mi propia sangre sólo empeoró todo.


 El pánico por ver mi propia sangre sólo empeoró todo

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Marcado[1]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora