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Séptimo mes y tres semanas

Dylan

— Tienes que relajarte — la voz de Xander fue suave, paciente, como siempre, pero esta vez no pude evitar que se me humedecieran los ojos. — Ya estás a punto de dar a luz, mi amor.

Lo miré con el ceño fruncido, casi llorando. Me sentía hinchado, torpe, irritado. Me sentía gordo.

— Tengo hambre — me quejé, con un puchero que se notaba exagerado hasta para mí —. Tengo sueño, me duele la espalda, los pies, las caderas, todo.

Solté un suspiro dramático, apoyando una mano en mi vientre abultado, que se movía como si Dean estuviera practicando artes marciales ahí dentro. Intenté acomodarme en la cama, pero nada parecía ayudarme.

— ¡No aguanto más! — solté un chillido, con el labio tembloroso. Me sentía tan frágil.

— Dy, mi amor... — Xander se acercó, acariciando mi mejilla con ternura. Hice ojitos, negando con la cabeza mientras las lágrimas amenazaban con caer.

— Si dices otra vez que ya casi, te juro que te golpeo — le gruñí, aunque más parecía un sollozo que un gruñido real.

Xander puso cara de sorprendido, pero sonrió de inmediato para calmarme.

— ¿Qué quieres comer? — preguntó, intentando distraerme.

Me dejé caer en la cama otra vez, resignado a la incomodidad constante. Acaricié mi panza como si al hacerlo pudiera calmar al cachorro.

— Quiero pizza. Con mayonesa — añadí, sabiendo que no iba a salirme con la mía.

Xander frunció el ceño, divertido, y luego suspiró.

— Tienes que comer sano, amor.

Puse cara de cachorro abandonado. Un puchero más y quizá lograría mi cometido.

— ¿Manzanas con yogur y granola?

Asentí, vencido.

— Está bien — suspiré — pero tráelo rápido antes de que me coma una almohada.

Xander rió suavemente, dejando un beso en mi frente antes de salir hacia la cocina. Me quedé allí, mirándome el vientre.

— No veo mis pies — murmuré, medio en broma, medio en serio —. Amor, estoy gordo.

Volvió a entrar justo en ese momento. Se acercó, me tomó la barbilla con cuidado y me miró serio.

— Gordo me lo pones — susurró, y sentí cómo me encendía el rostro.

Agaché la mirada, avergonzado, pero mi pecho se llenó de una ternura cálida. A pesar de mis cambios de humor, de mis quejas, él siempre estaba allí. Tranquilo. Paciente. Amándome.

— Ya quiero que esté afuera — murmuré cuando intenté sentarme de nuevo. Xander vino a ayudarme enseguida. — Me siento inútil… no puedo moverme, no puedo hacer nada.

— Muy pronto, bebé — dijo con una sonrisa.

Le golpeé suavemente el hombro con la cuchara que trajo junto con mi snack saludable.

— Te dije que no dijeras eso — refunfuñé, aunque ya estaba comiendo.

Él rió y yo, en el fondo, también. Aunque no lo mostrara.

— Últimamente está muy inquieto — comenté mientras me acomodaba en el sofá con ayuda de mi suegro, el señor Jonás.

— Ya quiere salir — dijo con una sonrisa cálida —. Cuando menos lo esperes… ¡boom!

Reí, aunque la verdad el boom me asustaba un poco. Bajé la mirada a mi panza, que ya parecía un planeta propio.

Marcado[1]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora