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Xander

Pasé mi mano suavemente por la mejilla de Dylan, deslizando los dedos con cuidado sobre su piel, procurando no despertarlo ni lastimarlo.

Emitió un pequeño sonido en la garganta, ajustándose en mi pecho mientras seguía dormido. Solté un suspiro leve, embriagado por su aroma suave. Mis dedos juguetearon entre sus rizos oscuros, enredando un mechón alrededor de uno de ellos antes de soltarlo lentamente. Sonreí apenas.

Deslicé con delicadeza la yema de mi dedo por su labio inferior, agrietado y levemente rojizo, igual que su pómulo. Lo sostuve entre mis brazos como si fuera lo más frágil del mundo, y gruñí por lo bajo sin poder evitarlo.

Traté de comprender. No quería aceptar esta realidad —aunque sabía perfectamente cuál era—, pero finalmente lo hice. Me permití observar a quien no solo sería, sino que es mi Omega.

Sus ojos cerrados todavía mostraban hinchazón. En las esquinas se notaban marcas rojizas, fruto de tanto llanto. Pero después de casi una hora de caricias y consuelos, había caído completamente dormido en mi pecho.

Acaricié su cabello con lentitud, dejando que mi mirada recorriera cada una de sus delicadas facciones. Sus pestañas largas rozaban sus pómulos. Su piel parecía tan frágil, tan suave... como si pudiera romperse con solo tocarla. Sus mejillas aún mostraban un leve sonrojo.

Me quedé en silencio, completamente fascinado. Hipnotizado.

—Ahora entiendo por qué te marqué —susurré con una pequeña sonrisa, algo tímido. Quise reír al darme cuenta de que estaba hablando solo; él seguía profundamente dormido—. Tu olor me atrae como una abeja al néctar. Dulce, único... jamás había sentido algo así.

Estaba inmerso en su esencia. Incluso mi lobo estaba completamente tranquilo, ronroneando por la cercanía de su Omega.

Un suspiro suave salió de sus labios rosados. Movió su cabeza contra mi pecho y sentí cómo ese pequeño sonido vibraba directamente en mi interior.

—Eres demasiado precioso —susurré, humedeciendo mis labios—. Tan precioso que parece irreal.

—¿No la vas a esconder? —preguntó en voz baja, mirándome apenas.

Bajó la mirada al escucharme, pero respondió sin dudar:

—No hay necesidad de ocultarla —dijo, caminando a mi lado. Sus ojos oscuros me miraron con dulzura, y sonreí levemente.

Caminamos entre la gente. No hacía frío, era pleno otoño y el clima se sentía agradable. Mi mirada se dirigió a su cuello, y sentí el orgullo hinchar mi pecho. Mi Alfa se enorgullecía de tener a un Omega como él a nuestro lado.

—¿Aquí? —preguntó con voz suave, sacándome de mis pensamientos. Asentí y entramos al local. Él rápidamente buscó una mesa, se sentó y apoyó las manos sobre la superficie, observándome.

Obsérvame más, por favor. Te ves demasiado bonito así.

—¿Les dirás a tus padres? —preguntó de pronto. Mordí el interior de mi mejilla.

Pude ver bien sus ojos. Estaban algo apagados, como si el ánimo se le hubiera ido. No lo conocía tanto como para afirmarlo, pero se notaba… se sentía solo.

Y yo quería cambiar eso.

Quería verlo sonreír. Escuchar su risa.

No me gustaba verlo así.

—Solo si tú quieres —respondí con sinceridad. Sonrió apenas, alzando un poco la mirada, y sus mejillas se tiñeron de rosado.

Tan bonito.

—Eres muy diferente, Alfa —dijo, y sus ojos brillaron. Su sonrisa se amplió ligeramente, y eso lo hizo aún más hermoso.

Es tan etéreo...

—No soy diferente. Solo soy alguien que no va a menospreciar a nadie —continué, con firmeza—. Que seas un Omega no significa que debas ser tratado como menos. Tú también tienes derecho a opinar, lindo —agregué, notando cómo el rubor se extendía por su rostro—. Vas a mi lado, no detrás de mí.

Sonreí por la forma en que bajó la mirada con timidez. Coloqué una mano en mi mejilla para observarlo mejor, pero al ver su pómulo y su labio herido, apreté la mandíbula con fuerza, conteniendo la rabia. Solté un suspiro bajo, intentando disimular.

Tomé su mano suavemente, notando la diferencia entre ambas. Pero al mismo tiempo, sentí cómo encajaban perfectamente. Como dos piezas de un rompecabezas.

Le di un apretón, y él lo devolvió. Reí por lo bajo al sentir su suave tacto, esa conexión sutil que atravesaba nuestro lazo.

Jugué con sus dedos, respirando su aroma.

Y entonces, él rompió el momento.

—Mi madre me echó de la casa. No quiere saber nada de mí… —sus ojos se llenaron de lágrimas—. Dijo que no puede soportar que su hijo sea una zorra. Le fallé… vi la decepción en sus ojos.

Apreté la mandíbula, sintiendo cómo casi se dislocaba. Pasé mi pulgar por su mejilla, limpiando las lágrimas que se le escapaban.

—No les fallaste —susurré, besando su frente con suavidad—. Solo pasó algo que nadie planeó. Algo que tú tampoco pediste.

Frunció el ceño, triste.

—Me tienes a mí —volví a decir, mirándolo con ternura. Él alzó un poco sus ojitos cristalizados, pero en ellos había un leve brillo.

—No estás solo, tienes a tu Alfa.

Y su sonrisa… su sonrisa me devolvió el aire.






Y su sonrisa… su sonrisa me devolvió el aire

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Marcado[1]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora