23

45.5K 4.1K 68
                                        


Dylan

Muerdo el interior de mi mejilla mientras me froto el rostro con ambas manos. El estrés empieza a acumularse en mi pecho, y eso no es bueno.
Me siento mal.

Tan mal.

Quiero a mi Alfa.
Y quise llorar.
Así, sin motivo aparente. O quizás sí. Demasiados.

—Toma un poco de té —dice el señor Jonás con su voz amable, extendiéndome una taza caliente. Le sonrío con agradecimiento, aunque niego con la cabeza, un poco apenado.

Estoy cansado.
Cansado de sentirme así.
De estar desbordado por dentro mientras por fuera finjo calma.

—Estoy bien… sólo estoy cansado —murmuro, frunciendo el ceño.

El señor Jonás arquea las cejas como si no me creyera. Y en verdad, ni yo me creo ya.

—Claro, claro… —responde con una risa baja, casi burlona.

Owen me observa también, con una expresión curiosa.

—Vamos a hacer como que te creemos —dice—. Dylan, acepta que necesitas que Xander esté contigo.

Ambos se miran entre ellos y asienten, como si hubieran ensayado esa coreografía de preocupación. Ruedo los ojos, dejando escapar una risa resignada.

No…
Xander no debe distraerse conmigo. Tiene demasiado encima. No quiero ser una carga.
No otra vez.

—Ya. Estoy bien —repito con voz más baja—. Sólo tengo sueño. Estoy cansado. Nada más.

Asienten… pero ni siquiera me miran al decirlo.

—En serio —digo con un puchero, sintiéndome incomprendido—. Créanme.

Ambos vuelven a hacer ese gesto sincronizado. Otra vez esa maldita seña. Y me siento... indignado.

—¿Van a ser así conmigo?

Vuelven a asentir, completamente serios. Y sólo puedo gruñirles con frustración.

—Eres terco, DyDy. No aceptas que necesitas a tu Alfa —dice Owen—. Tú también necesitas su presencia, aunque no quieras admitirlo.

Me levanto, sintiendo el peso de mi cuerpo más fuerte de lo normal. Camino hacia el interior de la casa, dejando el jardín atrás. Cubro mi boca de repente, porque una arcada me sorprende sin aviso. La contengo.

Todo esto es ridículo.

Casi ronroneo cuando Xander me abraza desde la espalda y comienza a besar mis mejillas con ternura. Me acurruco en su pecho como si mi cuerpo lo buscara por instinto. Sus dedos acarician mis caderas con calma, y levanto una pierna sobre la suya, observándolo entrecerrando los ojos.

Un suspiro tembloroso escapa de mis labios.

Lo había extrañado.
Mucho más de lo que quería admitir.

—Te amo —susurra, y jadeo cuando muerde con suavidad mi hombro, haciendo que cierre los ojos.

Su cuerpo se acomoda sobre el mío y deja besitos breves en mi cuello y mandíbula. Sus labios, cálidos. Su olor, reconfortante. Su presencia, mi bálsamo.

Marcado[1]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora