Muerdo mi labio, sintiendo una punzada en el pecho tan fuerte que apenas puedo respirar. El dolor es tan hondo que me quiebra por dentro. No solo era mi tristeza… era la de Dylan, la de mi Omega, y dolía más que cualquier herida física.
Lo vi hecho un ovillo sobre la cama, temblando. Su cuerpo parecía encogido por el peso de la pena, y sus ojos, hinchados y rojos, estaban llenos de lágrimas. Tenía el cabello revuelto, el rostro húmedo, y las manos aferradas a una pequeña prenda rosada. La ropita de nuestra hija… la que nunca llegaría.
Me acerqué con cuidado.
—DyDy… —susurré, arrodillándome a su lado.
Alzó el rostro hacia mí, y el simple hecho de ver esa expresión desgarrada me rompió por dentro. Su labio inferior temblaba, y las lágrimas no dejaban de caer, resbalando por su mentón hasta empapar las sábanas.
Y entonces, lloró en silencio.
Lloró como solo alguien que ha perdido parte de su alma puede hacerlo.
Su aroma dulce comenzaba a volverse agrio, melancólico. Ese cambio, ese aroma impregnando toda la habitación, era el reflejo más cruel de lo que estábamos viviendo. Su cuerpo, aún sensible tras la pérdida, se acurrucó más en la cama, cubriéndose con la ropita diminuta entre sus dedos.
—¿P-por qué pasan cosas así? —susurró, su voz rota, temblorosa—. ¿Por qué no puedo darte más hijos? —me miró con una mezcla de culpa y desesperanza que me destruyó por dentro.
Me incliné hacia él y lo abracé con fuerza, como si pudiera protegerlo de un destino que ya estaba escrito.
—Shhh, amor… —besé su coronilla mientras él sollozaba con más fuerza, aferrado a mi pecho—. Estoy contigo, mi vida. Estoy aquí.
Acaricié su cabello con ternura, intentando calmar el temblor de su cuerpo. Sentí cómo se deshacía poco a poco en mi abrazo, vulnerable, herido. Quería absorber su dolor, llevármelo todo para que él no sintiera ni una gota más.
—Sé que era posible… —susurró, aún con los ojos clavados en la nada—. Lo sabía… pero aún así duele.
Antes de poder responder, escuché los pequeños pasos que se acercaban por el pasillo. Me tensé, reconociendo de inmediato ese caminar inseguro. Dean.
—¿Papi? —la vocecita infantil de nuestro hijo llegó desde la puerta.
Mierda. No… ahora no.
Giré la cabeza lentamente. Dean nos observaba desde el umbral, con su osito de peluche en brazos y los ojitos preocupados.
—¿Por qué mi hermanita se fue?
Mi corazón se detuvo por un instante. Mi cachorro, con solo cinco años, no entendía lo que había pasado. Solo sabía que papi lloraba, que papá no hablaba, que la casa olía a tristeza. Solo había escuchado los gritos, el llanto, los murmullos urgentes entre médicos.
—Mi amor… —tragué saliva con fuerza, sintiendo el nudo en mi garganta crecer—. No era su momento para llegar, mi cielo. Ella… ella tuvo que irse antes.
Dean bajó la mirada, sus deditos acariciando su osito con suavidad.
—Pero yo quería jugar con ella —susurró, y se dio la vuelta sin más, alejándose lentamente por el pasillo—. Perdón, papis…
—Dean… —alcancé a decir, pero mis palabras se quebraron.
Dylan se aferró a mí con fuerza, su llanto desgarrado volvió a inundar la habitación.
—No puedo… —gimió contra mi pecho—. Nuestro cachorro cree que su hermanita vendrá. Cree que ella solo está dormida… y no puedo dársela. No puedo darle esa hermana que tanto esperaba… que tú también deseabas desde el momento en que te dije que estaba embarazado.
Lo abracé con más fuerza, apretando los ojos para contener mis propias lágrimas. Pero ya no pude. Se me escaparon sin permiso, cayendo calientes por mis mejillas.
—L-lo sé —intenté hablar, pero la voz se me quebró.
Dylan me miró con ojos rotos, y una débil sonrisa se formó entre lágrimas.
—Ya no puedo seguir intentándolo —dijo con voz apenas audible, apoyando su frente en mi pecho—. No puedo seguir perdiendo a mis bebés… no después de tres veces.
Ahogué un sollozo, bajando la cabeza hasta recostar la frente sobre la suya. Su aroma lo decía todo. Dolor. Vacío. Desesperanza.
Y aún así, amor. Siempre amor.
—No tienes que intentarlo más, mi vida… —susurré, acariciando su espalda—. No tienes que soportar esto nunca más, no por mí. Te amo con cada parte de mi alma. Te elijo a ti, no a una idea, no a una promesa. Solo a ti.
Dylan lloró en silencio, aferrado a mí como si yo fuera lo único que quedaba.
—¿Y si… y si no estoy completo? —preguntó, casi en un suspiro—. ¿Y si nunca vuelvo a sentirme capaz?
—Entonces yo seré tu fuerza. Yo te sostendré cuando no puedas más. No tienes que estar completo… yo soy tu otra mitad, Dylan. Estoy aquí. Siempre.
Sus lágrimas comenzaron a menguar, pero la tristeza seguía allí, palpitando como una herida abierta. Se acomodó en mi regazo, aún con la pequeña prenda en sus manos, acariciándola con ternura. Era tan pequeña, tan delicada, como si al soltarla fuera a romperse.
La habitación se llenó solo de nuestro aroma, entrelazado. Triste. Pero juntos. Seguíamos siendo Alfa y Omega. Seguíamos siendo nosotros.
Tomé su mano, colocándola sobre la mía, apretando suavemente.
—No estás solo —dije—. Nunca lo estarás.
Seguimos así, en silencio. El peso del duelo aún sobre nosotros, pero compartido.
Y a veces, compartir el dolor es lo único que se puede hacer.
Dylan apoyó la cabeza en mi cuello y cerró los ojos, agotado.
—Estoy junto a ti, ¿sí? —le susurré de nuevo, acariciándole la espalda—. Siempre estaré aquí.
Y mi Omega solo lloró, aferrándose a mí con el corazón destrozado… pero latiendo todavía.
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