Cerré la puerta con cuidado, sintiendo un nudo formarse en mi garganta. El terror recorría cada rincón de mi cuerpo. Sabía que aún olía a Xander, y aun así, avancé despacio, escuchando el eco de mis propios pasos. Quise llorar.
Apreté la mandíbula, sintiendo el corazón desbocado. Estaba seguro de que iba a tener un ataque.
Mis ojos se cerraron automáticamente al escuchar un chirrido. Mierda, mierda, mierda.
Busqué con la mirada a mi madre, percibiendo su aroma reciente. Ya estaba en casa. Tragué saliva, apretando la tela de mi camisa. Acomodé la bufanda alrededor de mi cuello con manos temblorosas. Suspire profundamente mientras me escurría en puntitas hacia mi habitación.
Abrí la puerta con cuidado y la cerré tras de mí, soltando un suspiro de alivio... pero el aroma de mis madres me golpeó de lleno. Me congelé.
Un pequeño grito se ahogó en mi garganta cuando escuché su voz, dura como el hielo.
—¿Dónde estabas, Dylan? —La voz era firme, fría. El enojo se colaba en cada sílaba.
Ambas estaban ahí. Me observaban con los brazos cruzados, el ceño fruncido. Una con más rabia que la otra. Mis piernas temblaban. Sabía que mi aroma estaba mezclado con el de un Alfa.
—Y-yo... —Mi respiración se agitó. El miedo me oprimía el pecho.
—Te hice una pregunta, Dylan. —Su voz de Alfa me hizo bajar la cabeza, rendido. Me temblaban los dedos. Mis ojos se llenaron de lágrimas.
Entonces escuché su gruñido. Me tomó del brazo con brusquedad, sus uñas se clavaron en mi piel.
—¿¡Qué es ese olor!? —gritó. Mis ojos se abrieron, aterrados. El gruñido volvió a llenar la habitación, y mis rodillas flaquearon.
Mi madre alzó el labio, mostrando los colmillos. El instinto me hizo agachar la cabeza en señal de sumisión.
Estoy perdido.
—¡Responde, Dylan! —El pánico me subió por la columna, helándome la sangre.
La otra, mi madre beta, permanecía sentada en la cama, en silencio. Ni una palabra, ni un gesto.
Ayúdame, mamá. ¿Por qué no haces nada? ¿Por qué no ayudas a tu único cachorrito?
Las lágrimas querían brotar. Apreté los dientes, temblando.
—Y-yo... ma... —tartamudeé, incapaz de articular. Sentí que el llanto me iba a quebrar.
El rostro de mi madre Alfa enrojeció de furia. Apretó la mandíbula. Entonces me sacudió con violencia, como si fuera un muñeco de trapo.
Olfateó más cerca de mí. Sus puños se cerraron, me soltó de golpe y caí al suelo. Un quejido escapó de mis labios.
Alzó la mano. Yo me cubrí por instinto, inútilmente.
El golpe me cruzó la cara con fuerza. Pude ver la marca de sus dedos en mi piel antes de que las lágrimas nublaran mi visión.
Mi Omega chilló por dentro. Quería a su Alfa. Estaba tan asustado como yo.
Me arrepentía de haber vuelto. La mejilla me ardía, y sollozaba sin poder contenerlo.
—Ni se te ocurra llamarme "madre", zorra —dijo despacio, con veneno en cada palabra.
El cabello rubio de mi madre cayó sobre su rostro mientras se acercaba. Sus ojos, fríos y brillantes, se encontraron con los míos, que apenas lograban sostener la mirada.
Tomó mi mandíbula con fuerza, y gruñí.
Intenté zafarme. Me sentía débil. Mi pecho dolía, el corazón golpeaba mi caja torácica con violencia.
Ella arrancó la bufanda de mi cuello con un tirón. Grité un poco por el dolor. La había ajustado con cuidado, pero no fue suficiente.
La marca quedó al descubierto. Sentí mi cuerpo encogerse, las lágrimas resbalaban sin cesar.
—¿Qué mierda es esto, Dylan? —preguntó, sarcástica. No respondí.
El siguiente golpe llegó sin aviso.
—Y-yo... yo puedo explicarlo... —suplicaba, temblando. No quería otro golpe.
—¡Claro que vas a explicarlo! ¡Ahora mismo! —gruñó, tomándome del brazo otra vez. Me arrastró por el pasillo—. Jamás volverás a ver la maldita luz del sol.
Mamá —la otra mamá— me miró desde la cama. Decepcionada. No hizo nada. No dijo nada.
Una punzada atravesó mi pecho. Me soltaron con brusquedad dentro de otra habitación.
—¡Mamá! —grité, desesperado.
Resbalé por la pared, llorando. Mi cuerpo temblaba.
Xander... Xander... soy débil... lo lamento...
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