Asentí, cerrando los ojos con fuerza mientras me llevaba una mano a la frente. Mi cuerpo se sentía pesado, como si algo estuviera drenando mi energía lentamente.
—Sí… sólo estoy cansado —respondí. Xander me miró, claramente preocupado.
Tomó mi rostro con ambas manos.
—Estás pálido —dijo mientras tocaba mi frente—. ¿Estás seguro? ¿Has dormido bien? Tienes algo de fiebre...
Asentí de nuevo, aunque él no parecía convencido.
Me abracé a él con suavidad, sintiéndome... raro. Extraño. Desconectado de mi propio cuerpo.
—Sólo quiero dormir —murmuré con una sonrisa antes de besar su barbilla—. He estado entrando temprano al trabajo y no he descansado lo suficiente. Quiero dormir de más.
Tragué saliva. Sentía la garganta seca y un leve ardor detrás de los ojos. Acaricié su mejilla con los dedos antes de darle un beso y, poniéndome de puntillas, me separé con un pequeño bostezo. Me recargué en su hombro, y un ligero mareo me hizo tambalear.
Maldita sea… Capaz me dio anemia por andar comiendo mal.
—Estaré bien, lo prometo.
Finalmente, Xander pareció rendirse. Me cargó con cuidado, olfateó mi cuello con ternura —ese gesto tan suyo, tan de Alfa— y me llevó a la cama. Me acostó con suavidad y se recostó a mi lado, abrazándome. Unos segundos después, una sábana nos cubría a ambos.
Me acurruqué en su pecho y cerré los ojos, dejándome envolver por su calor.
Me acurruco. Me acurruco todo lo que puedo. Quiero fundirme en su pecho, sentir su palpitar.
Tenerlo tan cerca me hizo sentir mejor. Como si fuera un analgésico. Un refugio.
Pegué el rostro a su cuello. Y todo fue paz.
Sentirlo… me hacía bien. Demasiado bien.
•
Cargo a Dante entre mis brazos. El pequeño ríe con esa risa suave y desordenada que sólo los cachorros saben hacer. Sonreí levemente, besando su mejilla regordeta y lo balanceé con cuidado. Él hizo unos ruiditos adorables con la boca, y alcé la vista hacia Owen.
—¿Huele bien? —preguntó, acercándome un trozo de pastel.
Lo olí un poco. El aroma agrio fue instantáneo. Hice una mueca, sintiendo una arcada molesta en la garganta.
—Diosa… no. Aléjame eso. Está más que pasado.
Owen cargó a su bebé y los observé con atención. Había un parecido claro entre ellos. Rasgos suaves, ojos parecidos a los de su Alfa. El cachorro era precioso.
Sonreí, dejando un pedazo de pan sobre la charola. Cerré los ojos por un momento y un nuevo mareo me obligó a apoyarme.
—Deberías ir al doctor, Dy —dijo Owen, notando el gesto—. Puede que estés enfermando o simplemente tengas las defensas bajas. Es la época. Además... tu Alfa ha estado fuera de casa más de lo normal últimamente. Es normal que los Omega reaccionemos así, o que nos sintamos “enfermos”.
Me encogí de hombros.
—Lo haré después —dije mientras echaba mi cabello hacia atrás.
Le sonreí sin darle demasiada importancia, pero por dentro… me sentía nervioso. ¿Una enfermedad? No, no quiero morirme joven. Diosa… otra vez estoy pensando lo peor.
Jugué con las mangas de mi suéter, el viento alborotando mi cabello. Owen tiró suavemente de mi brazo y solté una risa cuando vi que Dante le había lanzado un bizcocho a la cara.
—Has estado muy pensativo —comentó él.
Me avergoncé un poco.
—Uh… sólo cosas.
No quise hablar del tema. Últimamente, mi madre no había pasado por aquí tan seguido. Lo hacía antes, constantemente, sólo para hacerme sentir mal. Espero que ya no vuelva a aparecer.
Me senté un momento cuando Owen me dijo que iba a cambiarle el pañal a Dante. Asentí.
Y entonces lo sentí. Ese aroma.
Familiar.
Arqueé una ceja. Mi madre estaba cerca. Pero no lo suficiente como para estar frente a mí.
Y eso… me dio un respiro.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.