¿Por qué me sentía tan avergonzado de estar frente a él de esta forma?
Mordí lentamente mi labio inferior, sintiendo cómo mis mejillas ardían. El calor del celo quemaba mi vientre, incómodo, desesperante, y cerré los ojos con un leve gesto de dolor.
El aroma de Xander llegó a mí… y luego él mismo. A pesar de eso, se mantenía en silencio. Seguramente llevaba supresores en su sistema. Lo miré como pude, con la vista algo borrosa, y me cubrí con la manta.
—El té te ayudará con el malestar —dijo con calma.
Asentí, apretando ligeramente las piernas. Mi cuerpo lo deseaba. Mi entrada estaba húmeda, necesitada, lubricada de forma natural por ese impulso irracional.
¿Por qué sentía esta necesidad tan intensa de estar con él?
Lo deseaba tanto…
Estaba dispuesto a entregarme. Mi Omega también lo quería.
Quería su nudo, lo deseaba al punto de que el pensamiento me asustó. Mi propio lobo lo anhelaba.
—Gracias —susurré, con las mejillas encendidas. Sentí el roce suave de sus labios en una de ellas.
—Estaré abajo si necesitas algo.
Asentí torpemente, bebiendo del té con ambas manos. Vi cómo su cuerpo se alejaba. Apreté las sábanas entre los dedos, con el corazón acelerado.
Xander era un Alfa increíble.
Cualquiera, al ver a un Omega en pleno celo, se habría aprovechado. Pero él no. Él sólo me cuidó.
Me protegió. Me dio seguridad.
No hubo un solo intento de tocarme. Eso hizo que mi lobo se calmara.
Tenía las palmas sudadas. Me avergonzaba de mí mismo. Giré un poco el cuello, buscando atención, queriendo su calor sin atreverme a pedirlo.
Me gustaba su respeto. Su contención. Que no se dejara llevar por el instinto.
Xander era un ángel.
Incluso durante el celo anterior, cuando ya habíamos compartido espacio, él se mantuvo distante… cuidándome, nunca cruzando la línea.
Me limpié el sudor de la frente, estirando el cuerpo con cierta incomodidad. Apreté las piernas.
—Ugh… —solté con un suspiro bajo, frunciendo el rostro y cerrando los ojos.
Dejé caer la cabeza contra la almohada, agotado. Mi cuerpo seguía caliente, la ropa interior seguramente arruinada por los efectos del celo. Me froté los ojos con suavidad.
Odiaba esto.
•
Pasé los dedos por mi piel ya fresca. Los síntomas del celo por fin se habían desvanecido. Di gracias por eso. Mordí mis labios, mirando alrededor.
Caminé por el pasillo del departamento con lentitud, jugando entre los dedos con una camisa que claramente le pertenecía a Xander. Suspiré, abrazándola un momento antes de seguir hasta su oficina.
Abrí la puerta con cuidado, mordisqueándome el labio al ver la escena.
Xander dormía profundamente, con el rostro tranquilo. Su cabello caía en desorden, sujetado apenas con una liga, y aún tenía un bolígrafo entre los dedos.
Me acerqué en silencio. Acomodé con suavidad un mechón de su rostro, sintiendo lo suave de su cabello bajo mi toque. Luego reaccioné, alejándome con rapidez y saliendo de la habitación.
Jugaba con mis dedos mientras caminaba. El piso frío bajo mis pies desnudos me hacía sentir más despierto.
Me detuve ante una fotografía enmarcada en madera. En ella, un hermoso Omega y, junto a él, un Alfa fuerte, protector. Lo que capturó mi atención fue quien estaba entre los brazos del Omega.
Me enterneció de inmediato. Sonreí con suavidad. Era él. Xander.
Supe que estaba cerca antes de verlo. Su aroma me envolvió, y me giré rápido… solo para chocar con su pecho.
Levanté la vista, nervioso, y le sonreí.
—¿Qué hacías aquí? —preguntó, despeinándose con una mano. Su cabello estaba suelto, largo y hermoso. Bostezó apenas—. Creí que seguías descansando.
—O-oh... solo exploraba —respondí en voz baja, sintiendo las mejillas arder.
Asintió, y luego besó mi mejilla con ternura. Su aroma me relajó al instante.
—Supongo que iré a dormir. Estoy algo cansado —dijo con suavidad, y me dio un último beso en la cabeza.
Asentí. Lo vi alejarse y abracé la fotografía con cuidado, presionándola contra mi pecho. Cuando se fue por completo, suspiré con alivio, volviendo a mirar la imagen antes de dejarla en su lugar.
Me quedé ahí un momento. En silencio.
—Es lindo ver que uno de los dos sí tuvo una buena infancia —susurré, apenas audible.
Mis dedos rozaron el borde del marco de madera, cálido, familiar. Me dolía admitirlo. Pero también me aliviaba saber que al menos él había conocido la ternura, el cuidado, el amor.
Porque eso era lo que me daba ahora, cada vez que me miraba.
Me rodeé con los brazos, bajando lentamente hasta quedar sentado sobre el suelo frío del pasillo, la espalda apoyada contra la pared.
Apoyé la frente sobre las rodillas, cerrando los ojos.
Por primera vez en mucho tiempo, me sentía a salvo. No perfecto, no completamente sano… pero a salvo.
Y ese pequeño lugar de seguridad, ese rincón donde alguien como yo podía respirar sin miedo, tenía nombre.
Xander.
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