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Dylan

Intenté abrir la puerta, pero fue imposible. Dejé caer mi mano sobre la madera fría y solté un sollozo, sintiendo el pecho apretado. Me dolía el rostro, la espalda, las manos... y mi marca aún sangraba un poco por la ausencia de Xander.

Xander... creo que saber que mi vida está enlazada a alguien me da fuerza para no rendirme.

Golpeé una vez más la pared, sintiéndome débil.

Me dolía.

Me dolía el pecho, me desgarraba por dentro.

—Mami... —susurré al percibir el olor de ella. Mis ojos se llenaron de lágrimas al borde del llanto. Mi lobito lloró conmigo, y apoyé la frente contra la puerta, dejando que las lágrimas rodaran por mi rostro herido.

—Dylan, ¿vas a decir todo? —escuché su voz del otro lado. Apreté los labios, sintiendo mis lágrimas humedecer la madera.

—N-no quiero que ella te lastime más, pero no ayudas mucho... ¿Es ese Alfa? ¿Es él quien te llama?

No quería que supiera de mi Alfa. No... no... No quería que le hicieran daño.

—No... —respondí finalmente, con los labios resecos y quebrados por la falta de agua—. Por favor, déjame salir...

Escuché un gruñido. No de mamá, sino de mi madre. Me encogí con miedo. Odiaba sentirme tan débil. Odiaba no poder defenderme de ella.

—¡Déjame salir, por favor! —grité, apretando los puños. Todo en mi cuerpo dolía. Todo menos algo bueno.

Mi Omega lloraba. Quería estar con su Alfa. Tenía miedo, no soportaba este lugar, quería huir de las mujeres que se hacían llamar mis progenitoras.

Mi mandíbula tembló.

Entonces sonó aquella canción… “Demons”, de Imagine Dragons. Mis ojos se iluminaron con una chispa de esperanza, pero se apagaron en seguida. Ese era el tono de llamada de Xander. El miedo me invadió de nuevo. Mi madre gruñó con fuerza.

—Xander… —susurré—. Tengo que ir con él. Debo escapar.

Respiré hondo, buscando algo con qué abrir la puerta. Apreté la perilla hasta que los dedos me dolieron. Apoyé la oreja contra la madera, con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Quién demonios es? —escuché la voz de mi madre.

—Un tal Xander —respondió otra voz. El silencio que siguió me heló la sangre.

—Es ese Alfa, seguro. Dylan no conoce a nadie. No tiene amigos, ja. No para de insistir… —algo se rompió del otro lado—. Problema resuelto. Debemos llevarlo con un Alfa que nos quite este lío de encima.

Mi pecho se contrajo. Intenté consolar a mi Omega inútilmente. Él chillaba, lloraba por Xander. No sabía que estar enlazado con alguien requería tanto del otro...

—Por favor —susurré con la voz quebrada—. Déjenme salir. Lo diré todo. Lo prometo, mamá. Lo haré...

Pasaron unos segundos que me parecieron horas.

Escuché las llaves. Me ilusioné. Mordí mi labio, tragué saliva, froté las manos en mi pantalón, y cuando la puerta se abrió, intenté incorporarme.

Mi madre me miró con su habitual frialdad, pero me abrazó con una delicadeza extraña.

—Bien —dijo con ojos amenazantes—. Habla... o sabrás las consecuencias.

Guardé silencio por unos instantes. Luego alcé la mirada, retrocedí. Toqué la pared. Sentí la perilla.

—No pienso hacerlo —dije.

Mi madre levantó la mano, y me encogí. Pero antes de que pudiera hacer algo, corrí. Abrí la puerta de golpe.

—Si cruzas esa puerta… olvídate de que alguna vez te llamamos hijo —escupió su voz.

No me detuve.

Sollozando, cerré la puerta tras de mí, saliendo tan rápido como me lo permitió mi cuerpo maltrecho.

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Xander

—Hey… soy yo otra vez. No sé nada de ti. Estoy preocupado. Por favor, contesta, Dylan...

Apagué el mensaje con impotencia. Sentí los nervios de punta. Volví a llamar. Esta vez ni siquiera entró la llamada. Un mal presentimiento me revolvió el estómago.

Mi Alfa rugía dentro de mí, desesperado por su Omega. Caminé en círculos, llevándome las manos al cabello.

—Algo está mal... —susurré, con la garganta cerrada. No sabía cuánto tiempo estuve así, hasta que escuché un quejido y un leve gemido del otro lado de la puerta. Mi Alfa se tensó, alerta.

Corrí hacia la entrada. Mis ojos se volvieron de un azul intenso.

Entonces lo vi.

Dylan.

Su pequeño cuerpo temblaba mientras se aferraba a mí. Lo sostuve, tomé su rostro entre mis manos, vi las lágrimas en sus mejillas, las marcas, el miedo... Lo abracé sin dudar, sintiendo su terror como si fuera mío.

—E-ellas se enteraron... —sollozó—. No fue bueno...

Mi Alfa rugió. El dolor de mi Omega me atravesó.

Lo senté en mi regazo en el sofá. Lloraba contra mi pecho. Sentí cómo las lágrimas empapaban mi camisa.

Lo abracé fuerte, envolviéndolo en mi aroma, dándole todo mi calor.

Sus sollozos fueron menguando… poco a poco... hasta que solo quedó el silencio y nuestra respiración compartida.

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Marcado[1]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora