27

28K 2.8K 200
                                        




Dylan

El mundo giró un instante y sentí el ardor en mi carne, el temblor en las piernas, y la sal de mis propias lágrimas quemándome las mejillas. Escuchaba murmullos. Gente mirando. Nadie ayudó. Nadie. Estaba solo. Como siempre.

O eso creía, hasta que mi mirada se posó en Xander.

Vi su rostro endurecerse, sus puños apretarse. Caminaba hacia ella con una furia contenida, los ojos brillando con un tono carmesí que nunca antes le había visto.

Me puse en pie como pude, abrazando mi vientre. Quería correr a él. Quería esconderme en su pecho, desaparecer ahí y que todo esto se esfumara. Pero no lo hice. Algo más dentro de mí se removió. Una necesidad de saber. De entender.

Me acerqué a ella, a esa mujer que por años llamé "mamá". Mi voz fue apenas un gruñido bajo:

—Si no eres mi mamá… ¿dónde están mis padres?

Ella se rio. Una risa hueca, rota, como si no tuviera alma.

—Donde merecen estar —dijo sin mirarme—. Están muertos.

Mis piernas flaquearon. Apreté los labios, el nudo en la garganta creciendo con violencia. Cubrí mi boca con una mano, como si eso pudiera detener el llanto que ya empezaba a derramarse. No. No podían estar muertos. No podían.

—Ellos lo hicieron mal —siguió ella, como si no acabara de destrozarme—. Tuvieron un romance sin cortejo, sin respetar las leyes. Él ya tenía una pareja. Fue una traición. Y tú… tú no debiste haber nacido.

Mi cuerpo entero se tensó. Las palabras se clavaban como espinas en el pecho.

—¿Sabes lo peor? —siseó de repente, sus ojos dorados y brillantes por la rabia—. Cuando quedaste huérfano me obligaron a criarte como si fueras mío. Un bastardo. Desde el primer momento te odié. Porque cuando te vi... vi sus ojos. Los de ese maldito Alfa que fue mi hermano.

—¿Quién eres? —murmuré, apenas un hilo de voz.

Ella sonrió. Una sonrisa torcida, cruel.

—La hermana de la zorra que se acostó con tu padre. Soy tu tía, Dylan. Y tú… tú eres el fruto de una infidelidad.

Y entonces se lanzó hacia mí. Fue un parpadeo. Una ráfaga. Pero no me tocó.

El cuerpo de Xander impactó con el suyo en un rugido brutal. Ella cayó al suelo con un gemido de furia, él sobre ella, sujetándola del cuello con una fuerza inhumana. Sus colmillos estaban expuestos, sus ojos como fuego líquido. La tensión era tan espesa que me costaba respirar.

—¡Te odio! ¡Agradezco que estén muertos! ¡Los destinados solo existen en los cuentos de hadas, destinados en la vida y la muerte!—gritó ella, entrecortada, aún tratando de pelear.

Un movimiento, un crujido, y vi la sangre deslizarse por la frente de Xander. Mi corazón dio un vuelco.

—¡Es un Omega defectuoso! ¡No sirve para nada! —vociferó ella, revolviéndose bajo su cuerpo—. ¡Estúpido Alfa! ¡Suéltame!

Xander gruñó con un tono grave y ancestral. Sus ojos brillaban más intensos que nunca.

—Ya estás en el suelo —le dijo con una calma escalofriante. Ella intentó rasguñarlo, apenas una marca superficial en su brazo—. Solo lárgate… y deja a mi Omega en paz.

Nadie se atrevía a intervenir. Ningún Alfa lo haría. Nadie se interpone entre una pelea de sangre, y mucho menos cuando uno usaba la voz de mando.

Aun así, algo dentro de mí se calmó.

Sentirlo allí, tan firme, tan mío, tan protector. Saber que era capaz de romper el mundo por mí me dio una calma extraña. Me abracé a mí mismo, temblando. Toqué mi vientre. El Omega en mí lloraba. Pero no de miedo. Lloraba buscando consuelo en esa pequeña vida que crecía en mi interior.

Mi brazo dolía, pero no me importó. No cuando vi a esa mujer quedar inconsciente tras un último rugido de Xander.

La otra mujer —la que me acompañó toda la vida fingiendo ser mi otra madre— cayó de rodillas, jadeando, mirando a su Alfa en el suelo. Y nos miró. Con miedo. Miedo real. Y por primera vez, yo no era el que temblaba.

Corrí hacia Xander. Sus brazos me recibieron sin vacilar. Hundí el rostro en su cuello, respiré su aroma, y solté el llanto que había contenido por demasiado tiempo. Su mano tocó con cuidado mi brazo herido, ya comenzando a sanar. Sentí cómo intentaba calmarme, regular mi respiración.

—¿E-ella está…? —pregunté, aún temblando.

—Está inconsciente, amor —murmuró, besándome la frente—. Solo inconsciente.

Me sostuvo por la cintura, fuerte, como si temiera que me quebrara en mil pedazos.

—Nunca sientas miedo —susurró contra mi oído—. Yo siempre te voy a proteger. Siempre cuidaré de ti. ¿Lo escuchas? Siempre estaré a tu lado. Nadie volverá a lastimarte. Nadie.

Sonreí. Apenas. Una curva suave en mis labios temblorosos. Iba a decir algo, algo tonto, tal vez un “te amo” en voz bajita… pero el mareo me golpeó como una ola. El mundo se inclinó y perdí el equilibrio.

—¡Dylan! —Xander me sostuvo antes de que tocara el suelo.

No sabía si era por la adrenalina, el miedo, o el dolor. Tal vez todo junto. Tal vez, finalmente, estaba dejando de resistir.

Solo me dejé caer en él.

—Vamos a casa —dijo, levantándome en brazos.

Y por primera vez, “casa” sonó como un lugar real. Un lugar donde no había gritos. Donde no había mentiras. Donde solo estábamos él, yo… y la vida que venía en camino.


 Donde solo estábamos él, yo… y la vida que venía en camino

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Marcado[1]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora