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Dylan

El sonido suave del teclado marcaba el ritmo de la tarde. Cada tecla que Xander presionaba parecía tener un propósito, su ceño levemente fruncido hablaba de concentración profunda.

Sus gafas se habían deslizado por el puente de su nariz, y sin apartar la vista de la pantalla, se las subió con un gesto automático. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.

Lo observé en silencio, con el corazón abrigado por la simple escena frente a mí. Su cabello estaba recogido en una coleta desordenada, con algunos mechones rebeldes escapando de la atadura. Su camisa vino, desabotonada, dejaba ver su torso desnudo. La piel de su pecho subía y bajaba con cada respiración pausada.

—Xander —susurré su nombre, y él alzó la mirada de inmediato, como si solo hubiera estado esperando que yo lo llamara.

—¿Sí, amor? —su voz fue suave, atenta.

—¿Tú…? ¿Alguna vez has pensado en… ya sabes… cachorros?

Mis palabras flotaron en el aire y sentí que mis mejillas se encendían. Sus ojos dorados se abrieron ligeramente, brillantes, como si acabara de encenderse algo dentro de él.

Se quedó en silencio unos segundos. Lo vi parpadear, como si mi pregunta hubiese detenido el mundo por un momento. Pero luego, un leve rubor le coloreó las mejillas, y sus labios se curvaron.

—Un cachorro… —murmuró.

—Un cachorrito —repetí, dejándome llevar por el eco de la ternura que nos rodeaba.

Xander cerró la laptop con un suspiro suave y la dejó a un lado. Toda su atención se volcó en mí. Sus ojos brillaban con calidez, y me senté con las piernas cruzadas sobre la cama, sintiendo cómo mi corazón latía con más fuerza de lo normal.

—Desde hace semanas que quería hablar de esto contigo —dijo, y mi estómago se encogió con nerviosismo.

—¿Sobre…? —intenté ganar tiempo, aunque ya sabía a qué se refería. Mi corazón galopaba dentro del pecho.

Él me miró fijo, como si ya lo supiera todo. Sentía su emoción por el lazo, vibrando en mí como una corriente de electricidad dulce. Me puse un poco ansioso, pero era una ansiedad hermosa, casi expectante.

Rodeé su cintura con los brazos, sintiendo su calor, el movimiento leve de su respiración. Sus labios se entreabrieron lentamente.

—¿Te gustaría tener cachorros conmigo? —preguntó con una sonrisa suave, y mis mejillas ardieron de inmediato.

—Claro que sí —murmuré, bajando la mirada por un segundo, para después alzarlos de nuevo hacia él—. Si el que llevo dentro ya lo adoro. Porque es tuyo… y mío.

Su sonrisa desapareció.

Sus ojos se abrieron demasiado. El silencio se estiró durante unos segundos que parecieron eternos.

—¿D-Der…? —balbuceo.

Pude ver cómo su respiración se cortaba. Y tuve que morderme el labio para no reír al ver su expresión atónita. Sus pupilas se dilataron, parpadeó rápido, y tragó saliva.

Marcado[1]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora