Epilogo

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Dylan

La música era ensordecedora, una mezcla confusa de bajos retumbando y risas estridentes que venían de todas partes. Las luces parpadeaban, y yo ya me sentía algo mareado. El vaso rojo en mi mano iba por la mitad y me sabía dulce y peligroso. No tenía idea de qué estaba bebiendo, pero por lo menos me había ayudado a perder el miedo. Un poco.

Estaba rodeado de gente. Extraños. Alfas, Betas, Omegas. No conocía a nadie realmente y, sin embargo, ahí estaba yo, intentando sentirme normal. Valiente. Parte de algo.

Solté una risa breve, entre nervios y alcohol. Todo me daba vueltas, la música se mezclaba con el ruido de mis propios pensamientos.

¿En qué momento había aceptado venir aquí?

Y entonces…

— ¡¿Quieres bailar, preciosura?! — escuché a mi lado, la voz algo arrastrada por el alcohol. Abrí los ojos y abulté las mejillas. ¿Este qué?

Levanté una ceja al verlo. Un Alfa alto, algo sudado, con una sonrisa torcida que no me gustó nada.

— ¡No! — respondí rápido, llevándome el vaso a los labios, sin darle más importancia. Lo ignoré. Quería que desapareciera.

Pero no lo hizo.

Sentí su mano sobre mí. Una presión incómoda en mi cintura.

Fruncí el ceño.

— ¡Vamos! — insistió, acercándose demasiado —. Te vas a divertir mucho.

Jadeé, incómodo, empujándolo con ambas manos en su pecho. Era más fuerte que yo. Mucho más. Empecé a tensarme. Ya no me sentía tan valiente. Empecé a sentir algo frío en el estómago.

— ¡No! ¡Suéltame! — gruñí, luchando contra él.

Iba a morderlo. Lo juro que sí. Lo iba a morder. Inútilmente, claro. No tenía oportunidad.

El Alfa se inclinó con la clara intención de besarme, sus labios borrachos buscando los míos, y mi estómago se revolvió. Me retorcí, esquivando su rostro. Asco. Asco. Asco.

Y entonces lo escuché.

Una voz.

Una presencia.

Un aroma.

Sándalo. Amaderado, profundo, cálido.

Me atravesó.

— ¡Oye! ¿Acaso eres sordo o qué? ¡Que lo dejes! — rugió una voz ronca, llena de autoridad. — ¿Tus progenitores no te enseñaron a respetar?

Levanté la cabeza, buscando de dónde venía. Mis ojos mareados lo encontraron.

Y lo vi.

Un Alfa. Alto. De hombros anchos y mirada intensa. Los ojos de un ámbar ardiente que parecían haberme atravesado desde el otro lado de la habitación. Tenía aros en los labios, en la ceja, y el ceño fruncido. Su expresión era una mezcla perfecta entre furia y protección.

Marcado[1]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora