015. Casa blanca. Hiccup

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La reunión entre distintos políticos ya habían llegado por fin. Una vez al año, de todos los países, los presidentes y progenitores de todo el mundo se reunían como un acuerdo de paz.

El hijo del presidente de EEUU, Hiccup, no socializaba demasiado con las demás hijos de los presidentes o reyes. Es solo que no lo veía tan necesario, él tenía a su amigos en la Casa Blanca y con eso le bastaba. Pero, la hija de los reyes de Escocía era distinto, lo admitía, tenía el cuerpo de una diosa griega, pero su carácter era el peor de todos.

Merida Dunbroch, hace algunos años, insulto al primer hijo en las olimpiadas y desde ese momento, Hiccup la odiaba. No podía soportar que siempre tenía fotos suyas cercas en todas las revistas. Era totalmente insoportable.

En este momento, el castaño se encontraba en un rincón de la sala, tomando una que otro trago observando a la pelirroja. Poseía un vestido de dos piezas dejando ver su delgado y blanco abdomen a la vista, riendo con los ministros. Podía notar aquel largo corte en el costado que dejaba ver sus largas piernas. Aquellos pensamientos únicamente lo hicieron sonrojar.

-¿Qué estás viendo? -exclamó una voz al lado de él asustándolo- ¿A la pelirroja? Es sexy, no lo niego.

Se trataba de Alfred, el hijo del príncipe de Moyoslabia, un lugar casi inexistente. Era alto y mucho más apuesto que Hiccup, con cabello los rubios cayendo por su frente y una piel pálida como la de aquella chica.

-¿Qué quieres?

-¿Yo? Nada. Pero se ve que tú quieres comerte a esa pelirroja.

-¿Yo? Para nada. No es mi tipo.

-Ya veo, entonces, ¿no pasa nada si yo lo hago? -dijo sarcásticamente para recibir un bufido por parte del castaño.

Se sabía que su amigo podía estar con cualquier chica, tenía sus atractivos. Seguramente la pelirroja estaría dispuesta a estar con aquel chico.

O eso fue lo que pensaba hasta que se encontraba en un beso desenfrenado con la pelirroja entre los pasillos de la Casa Blanca. Fue cuestión de tiempo que Hiccup abriera una de las puertas de las oficinas que se encontraba a su alrededor para pasarle con llave por dentro.

Las manos del castaño eran impacientes cuando acariciaba a la chica. No sabía que, dentro de él, en realidad, deseaba esto más que nadie. El insulto que había recibido por parte de ella hace algunos años daba igual en estos momentos, solo había sido lastimado su ego. Pero siempre había estado enamorado de aquella princesa del otro lado del mundo.

Comenzó a desabrochar los listones que enrollaban el cuello de la chica para que quedara expuesta ante él. ¿Iba hacerlo aquí? ¿En una de las habitaciones más importantes de la Casa Blanca donde se habían realizado distintas cosas políticas que ahora no recordaba ninguna? Sí, tenía buenas razones y nadie lo detenía. Así que a la mierda la cantidad de cosas importantes que habían sucedido en la historia. Los padres de la patria seguro estarían orgullos de él.

La sentó en el escritorio oficial de la habitación mientras sus labios se deslizaban al cuello de la chica y sus manos jugaba con el busto de la pelirroja. Comenzaron a brotar gemidos de los labios de la chica conforme el castaño la acariciaba.

De un momento a otro, el cuerpo de la pelirroja se encontraba recostado en todo aquel escritorio mientras Hiccup se adentraba a ella con su lengua entre sus piernas y una de sus manos acariciaba el busto de la pelirroja. No consideraba que tuviera algún fetiche del que no supiera, pero tener agarrados y masajeando los pequeños pechos de la pelirroja lo exitaba a más no poder.

No podía creer que se encontraba lubricado a aquella pelirroja con su lengua, jamás en sus mejores fantasías los había imaginado y ahora se encontraba haciéndolo. Todo un sueño. Su lengua dentro de ella bailaba con lujuria, mientras que introducía uno de sus dedos en ella. Era de él esté momento.

-Hiccup... -gimio la pelirroja tomando la cabellera del castaño haciendo que saliera de ella-. Debemos de ser rápidos, pronto comenzarán a buscarnos -hablo entre cortada la chica y un rubor en sus mejillas.

El chico agradecía que todos los escritorios de la casa blanca eran altos o por lo menos estaban a la distancia de sus caderas. En cambio, la pelirroja era muy pequeña para él; la hacía ver tierna y no era capaz de decírselo.

Con cuidado, la pelirroja se deshizo de la parte de abajo de su vestido para colocarlo con cuidado en una parte del escritorio para que no se manchara o arrugará. Quedó totalmente expuesta al castaño que, minutos antes, ya se había desecho de las bragas de la pelirroja para perderse en sus piernas. Se colocó frente al escritorio dándole la espalda al castaño esperando a que el diera él siguiente paso.

Bajo sus pantalones junto con su ropa interior, a la altura de sus caderas, que ya se encontraban apretando a su "Hicc Junior" en ellos para dejarlo libre. Se encontraba exitado y al momento de bajar aquellas telas dió un golpe en su abdomen y quedarse a aquella altura, bueno, cada que veía a la pelirroja lo estaba pero está ocasión era diferente, ahora la tenía a su disposición.

Tomo con una mano cuidadosamente el trasero de la chica y con la otra su miembro. No sé había percatado la hermosa figura que tenía la pelirroja desde el ángulo en el que se encontraba; siempre la había apreciado en todas sus formas, pero tener su enorme y lindo trasero -con pecas en él- lo hacía estremecerse.

No lo dudo ni un minuto más y se adentro en ella como si su vida dependiera de ello. Sintió como el cuerpo de la chica se estremeció al momento de introducir únicamente la mitad de él. Espero unos segundos para que el cuerpo de la chica se adaptará a lo que acababa de penetrarla al igual que él.

-¿Estás bien? -pregunto con voz agitada el chico al darse cuenta que pudo haber sido algo brusco desde un inicio al penetrarla.

-Estoy bien. Tú sigue. -respondio con voz entrecortada.

Salió de ella y se adentro nuevamente con un poco más de delicadeza, adentrando un poco más de él cada embestida para que la princesa se fuera adaptando. Sentía que cada vez que la cogía, su miembro se hacía cada vez más grande y grueso.

Hubo un momento que lo único que se escuchaba en la habitación eran gritos lujuriosos de la princesa combinados con el constante impacto de las caderas de ambos jóvenes a la par con gruñidos del hijo del presidente.

Minutos después, ambos chicos se incorporaron a la fiesta. Sabiendo que está no sería el único encuentro

¿Lemonlandia Mericcup?Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora