Me encontraba tomando una bebida que me había preparado mi novia mientras ella se había ido a recoger a una de sus amigas que invitó. Se nos había ocurrido hacer una fiesta en su casa con nuestros amigos, aprovechando la temporada de calor que había y su piscina.
Llevaba muy poco tiempo que andaba con Astrid, meses tal vez. Honestamente, intentaba utilizar un clavo saca a otro clavo, pero no había forma. Esa madre no funciona.
Ya habían llegado varios de sus amigos, a ninguno los conocía. A pesar de que vivíamos en el mismo pueblo, había varias preparatorias y juraba que no había visto a la mayoría de ellos en mi vida. Lo bueno es que ya habían llegado también algunos de mis amigos.
—¿Y bien Hiccup? Admítelo, solo nos invitaste para no estar solo en esta fiesta —dijo Flynn tomándole un sorbo a su bebida.
—Por supuesto que si idiota, ¿no recuerdas que se arrastró suplicando? —mencionó sarcástico Kristoff mientras reía.
—Claro que no fue así. Y por supuesto, no conozco a nadie de aquí ¿qué iba a hacer aquí yo solo?
—Tal vez convivir con los amigos de tu ahora novia, a veces tienes que hacer eso por el bien de la relación.
—Ya lo sé, pero...
—Hiccup, no la amas. Ni siquiera intentas estar bien con ella, yo digo que hubiera sido mejor que te hubieras dado un tiempo antes de iniciar una nueva relación.
Todo el mundo lo sabía, no podía amar a Astrid. A pesar de todos los te amos que me ha dicho, el tiempo que me ha dado, los regalos, a pesar de que se entregó a mi enamorada, no podía corresponderle. Creo que eso pasa cuando ya conociste al amor de tu vida.
—Oh mierda, mierda —dijo Jack escupiendo su bebida volteando de atrás de mi.
—Que perra suerte tienes, Hadock —le dio un sorbo Flyn a su vaso.
Al voltear, ahí estaba ella. Mi novia entrando con Mérida. Se veía tan hermosa, con su cabello rojo, su piel llena de pecas y esos ojos. Mi corazón comenzó a latir a toda velocidad al verla.
—Mierda.
—Ya volví amor —me dio un beso rápido Astrid—, les presento a Merida, ella va a en su preparatoria no sé si ya la habían visto. Y bueno, Mer, él es mi novio Hiccup.
Ninguno de nosotros dijo ninguna palabra, solo Mérida y yo nos veíamos fijamente fingiendo que todos los sentimientos que vivimos jamás existieron.
—¿Ustedes se conocen? —mencionó mi novia con una risa nerviosa.
—En mi vida lo había visto —auch.
—Asombroso, bueno vamos Mer deja te presento a algunos de mis amigos completamente solteros para que los conozcas. Nos vemos ahorita amor.
Ellas se fueron, y yo me quedé inmóvil.
—Que pequeño es el mundo —suspiró Kristoff dándome una palma dita en la espalda.
La fiesta pasó sin más. Yo estaba con mi amigos, intentando ignorar que aquella cabellera roja se encontraba rodeada de varios hombres coqueteándole y comiéndosela entera con la mirada por su traje de baño. Quería matarlos.
De vez en cuando estaba con mis novia y sus amigos, platicando y respondiendo las típicas preguntas de en donde se habían conocido. No podía darle la atención que se merecía a mirada novia por ver a otra chica.
Con el pasar de las horas mis amigos se fueron y algunos de los suyos también, algunos se encontraban extremadamente borrachos recostados o platicando al rededor de la piscina. Sentía que todo el alcohol que había tomado jamás se me subió, maldición necesitaba un tráiler lleno de alcohol para superar lo que acababa de pasar en la fiesta.
Me encontraba llevando a Astrid a su habitación, ya se encontraba algo mareada y era mejor que durmiera. La recosté en su cama.
—Quédate conmigo, Hiccup. —me hizo un berrinche, tomándome de la mano.
—Ya es algo tarde, tengo que irme a casa.
—Quédate, por favor. —comenzó a intentar bajar mi short mientras acariciaba mi extremidad.
—No espera, estás algo borracha. No puedo. —la tome de las manos para alejarme de ella y salir de ahí. No podía.
No lo iba a negar, la pasaba bien con Astrid pero no podía seguir haciéndole esto, no así. Era un idiota.
Mientras bajaba las escaleras podía ver algunos de sus amigos ya derrotados en algunas partes de su casa o también podía escuchar a algunos de ellos en las habitaciones de abajo, disfrutando el momento. Solo quería salir de aquí antes de...
—Mierda —dijo la pelirroja chocando conmigo y viendo de quién trataba.
A un lado nuestro estaba el baño, la tomé de la muñeca y la jalé adentro conmigo pasándole con seguro. Estaba confundida. Yo solo me senté en el retrete mientras asimilaba mi vida en cada segundo.
—¿Estás bien? No es por nada pero tengo que salir.
—¿Desde cuándo eres amiga de Astrid?
—¿Disculpa?, ¿y desde cuándo tú eres novio de Astrid?
No quería pelear, no con ella. Podía escuchar como se le quebró la voz con lo último que dijo.
—Chica lista.
Nos quedamos mirando, ninguno dijo ninguna sola palabra. Pero eso fue suficiente.
Mérida se sentó sobre mí en ese retrete mientras nos besábamos ferozmente. Podía sentir por su parte todo lo que habíamos guardado, todo el amor, la desesperación y las ansias que tuvimos después de habernos visto en esta fiesta y no besarnos desde un inicio. Tenía tantas ganas de decirle a todo el mundo que ella era mi chica, a los chicos que conoció hacerle el amor frente de ellos ferozmente como hace ya tiempo lo hacíamos.
Era el peor novio del mundo. Porque mientras yo pensaba todo eso, mientras yo besaba a la mujer que yo amaba, mi novia se encontraba dormida en su cuarto un piso arriba de aquí.
Me dediqué a desabrochar la ropa de baño de mi chica que se encontraba detrás de su cuello, exponiendo sus pequeños melones frente míos. Me dediqué a tocarlos y a lámelos con desesperación, como si el tiempo fuera a acabarse. Me deshice de mi ropa velozmente y ella también de lo poco que le quedaba. Volvimos a nuestra misma posición, ella sobre de mí besándonos apasionadamente mientras sus caderas que se movían intencionalmente sobre mi.
Lo inserte en ella. Fue familiar. Era como si mi pene entrara perfectamente en ella y ambos lo sabíamos, como si estuviéramos destinados a estar juntos. Mérida comenzó a subir y a bajar lentamente, mis manos entrara perfectamente sus caderas se aferraban. Al primer senton que me dio esta chica griega sentía que me venía en un segundo en ella. Debía controlarme, no podía dejar que mi cuerpo acabara con este momento en un segundo.
Ella brincaba sudadita sobre mí mientras gemía mi nombre a todo volumen. Ya no me importaba si alguien consciente nos escuchaba. Solo quería estar con Mérida. Con mi chica.
Mérida tomó mi rostro con ambas manos.
—No me dejes Hiccup, no otra vez —no sabía si las lágrimas eran de súplicas o de excitación.
—No, no quiero dejarte.
—No, no me dejes Hiccup, Hiccup —se aferró a mi espalda con las uñas.
No pude evitarlo. Tome sus caderas y me vine dentro de ella. Grito al sentir la gran cantidad de leche que había dejado escurrir dentro de ella. Ambos nos encontrábamos mirándonos mientras sonreíamos, intentando controlar nuestras respiraciones.
Me encontraba detrás de ella, mientras la bombeaba una tras otra vez mientras ella se recargaba en la puerta del baño, aferrándose fuertemente a él. Mis manos se aferraban a sus caderas como si fuera la eternidad misma. La sensación de estar dentro y fuera de ella me mantenía vivo, como si volviera a vivir una vez más en donde siempre debí estar.
