Yo sabía que lo que estaba haciendo estaba mal. Muy pero muy mal.
—Voy a meterlo —hablo mi voz llena de lujuria intentando ocultar mi desesperación por profanar la.
—Esta bien —susurro aquella pelirroja que se encontraba debajo mío, viendo inocentemente en su mirada.
No llevo ni si quiera dos años impartiendo clases en aquella preparatoria y ya me encontraba acostandome con mi alumna por seis meses. Por supuesto que me sentía mal por lo que estaba haciendo. Si alguien lo descubría mi carrera profesional se iría al caño. Ni había cumplido dos años de haberme titulado y lo estaba echando todo por la borda por esta alumna.
Pensé que lo que había pasado ese día después de clases en la enfermería solo iba a hacer algo de una vez y jamás lo íbamos a repetir. Pero me encontraba en el sofá de mi casa, metiendo despacio mi pene dentro de mi alumna por milésima vez estos meses.
Merida comenzó a jadear a medida que avanzaba dentro de ella. No podía arañarme, tenía sometida sus manos por arriba suyo, así podía ver perfectamente su cuerpo esculpido desde arriba mientras la hacía mía.
Después de hacerlo por primera vez con ella, la sangre se me fue a los pies cuando me dijo que todavía era menor de edad. Ya sabía, iría a la carcel por abusar de una menor y por el resto de mi vida viviría entre las ratas. Pero nunca hablo de demandarme o de ocuparlo en mi contra, simplemente me dijo que le gustó lo que habíamos hecho.
El movimiento de sus caderas me prendia internamente. Era algo que solo ella hacía, las tomé con mi mano mientras me salia de ella lentamente. Sabía que mi pene era de un tamaño cuestionable, no entendía como la primera vez que lo hicimos no habia huido de mi. Y como esa tarde me encontraba urgido de sexo desde que llegué a este pueblito, lo metí de una sola intención. Pero desde ahí, suelo dividirlo en tercios para introducirlo lentamente.
—Hiccup —jadeo. La calle con un beso.
Hace cuatro meses Mérida había cumplido la mayoría de edad y eso me tranquilizaba. Ahora era legal y podíamos seguir haciendo de las nuestras sin culpa por dentro. El mes pasado había aplicado examen para distintas universidades cerca de aquí, había estado ayudándola a estudiar los últimos meses y ahora solo nos encontramos esperando las respuestas.
—¿Te gusta? —jadee mientras volvía a meterlo una tercera vez dentro de ella.
—Aja —afirmo moviendo sus caderas como afirmación.
No sabía que haría cuando Mérida entre a la universidad. Sabía que esto de profesor y alumna algún día de estos terminaría pero no pensé que fuera tan rápido.
—¿Qué quieres que haga? —comence a morder, lamer y besar su cuello.
En ocasiones pensaba en hacerla totalmente mía sin la necesidad de que volviera a estudiar.
—Quiero que me cojas, Hiccup —gruño.
Pero sabía que esos pensamientos solo eran de mi mente lujuriosa por esta diosa griega.
—¿Así? —dije sarcásticamente.
Cómo los malditos pensamientos que tenía en estos momentos.
—Qui-quiero que me cojas tan duro —hablo riendo intentando ocultar sus jadeos de exitacion.
A veces pensaba que si la llegara a embarazar, tal vez era la única forma de atarla a mi.
—No lo sé —no dejaba de mover mis caderas lentamente en ella. Tan lento que la atormentaba.
Pero no sabía si eso es lo que ella deseaba.
—Por favor —esos malditos ojos. Sabían cómo llegar a mi límite.
Desde ese día que me vine fuera de ella hemos ocupado condones.
Pero hoy no hubo tiempo sin siquiera buscarlos.
—Mierda.
Fue un movimiento rápido. Estaba dentro de ella violentamente y sentí como gimió fuertemente cuando fue así. Solté sus manos y enderece mi espalda a modo que podía ver todo de ella desde arriba. Tome sus caderas con ambas manos mientras que podía ver que más suyas buscaban algo con que agarrarse, así que se retorcía en el sofá en cada estocada que le daba.
Mis movimientos fueron más fuertes e intensos en cada uno. Podía ver como sus labios formaban una perfecta o, esos pequeños y delicados labios rosados eran tan buenos para los discursos del salón como también realizar los orales y chuparmela en la sala de profesores cuando no había nadie viéndonos.
—Hiccup si —jadeó de sus labios mientras extendía sus manos hacia mi.
Me coloque nuevamente arriba de ella sin siquiera terminar mis movimientos. Sus manos rodearon mi cuello para comenzar a rasguñar mi piel con sus cortas uñas que tenia. Mi rostro se desvió a su cuello para comenzar a besarlo y morderlo en cada estoncada que daba y en cada sonido que salía de sus labios.
¿Yo amaba a Merida? ¿O solo me gustaba estar dentro de ella? Desde que llegue a este pueblucho sabía que le estaba diciendo no al sexo por un largo tiempo, pero después llegó esta pelirroja sin miedo a todo lo que dirían los demás si es que nos descubrían. Merida y yo no solo hacíamos sexo, bueno, todos los días que nos veíamos lo hacíamos; somos adictos el uno para el otro. Pero solíamos salir al cine, a museos y demás cosas que hacen los novios pero jamás se lo había pedido. Y mucho menos ahora lo haría cuando estaba a punto de irse ella de aqui.
—Hiccup, creo que voy a —no pudo terminar, pero di por hecho a que se refería cuando encurvo su espalda.
No pare a pesar de que ella ya había llegado al climax. Me dedique a besar sus labios mientras intentaba llegar con ella. Yo sabía que solía durar más tiempo en el acto que la mayoría de los hombres que suelen durar cinco minutos.
Entonces lo sentí. Pero fue tan rápido que ni si quiera hubo tiempo de salir de ella y de correrme fuera. Solo hundí mis caderas en ella y expulse mi semen en su cuerpo. Pude escuchar como Mérida gimió fuertemente al sentir mi eyaculación en ella, encurvando nuevamente la espalda en el acto mientras recibía todo de mi.
