David conduce por largos minutos que se hacen eternos, la música de fondo me da cringe y en algún momento del viaje soy yo quien estira la mano para apagar la radio. Él no se queja porque estaba en mi misma situación. La dirección que Sebastián le había enviado era dificilísima de encontrar, como si no existiera en ningún mapa.
—¿Dónde diablos estamos? —preguntó frustrado, viendo como el GPS le decía que había llegado a su destino. En mitad de la nada.
—Formamos parte del FBI, no sé qué coño te parece raro —murmuro bajándome del coche—. Busca la maldita sede secreta antes de que baje una ardilla de los árboles y nos lo diga por ella misma.
Él me pone mala cara tras bajarse del coche, pero para su buena suerte no tiene que buscar demasiado porque uno de nuestros compañeros de oficio acude a nosotros.
—¡Chicos! —sonríe de oreja a oreja acercándose, primero lo abraza a él y más tarde a mi—. Que bien que estéis aquí, venid conmigo.
Nos lleva caminando a través del bosque alrededor de medio quilómetro, hasta una vieja fábrica de contenedores que estaba más abandonada que mi vida sexual.
Digo...
—¿No es muy obvia la sede en una fábrica abandonada? —pregunta David.
—Pues si, pero espérate —le dice mientras entramos.
No había nada, absolutamente nada.
—Igual hay que barrer un poco y tal —dijo el mismo, ganándose una mala mirada de nuestro guía personal.
—Se va por el alcantarillado.
—Vas a tener suerte si esperas que me meta ahí.
—¡David deja de ser un quejica!
No nos queda más remedio que bajar por las viejas escaleras que parecían a punto de caerse de lo oxidadas que estaban. Caminamos durante otro largo rato, pisando sucias pozas durante el trayecto, hasta que una blanca pared de metal nos dio la bienvenida.
—Solo tenéis que acercar un ojo, no se abrirá a no ser que reconozca la mirada que está del otro lado. Máxima seguridad, por si fuera poco.
—¿Y nuestras pupilas las reconoce?
—Por supuesto, estáis dentro del sistema, va por vía electrónica, así que si, cualquier persona que forme parte oficialmente del FBI puede entrar —informa.
¿Por qué no sabíamos nosotros de esto hasta el momento? ¿Cuántos más secretos guardaba Sebastián que probablemente no conociéramos nunca en la vida?
Las puertas se abren de par en par y el sitio que vemos después no es hermano de donde estábamos. Era blanco, brillante y pulcro. Como todo lo que la agencia posee.
Muchos de nuestros compañeros están allí, pero otros tantos no los conocemos de nada, es el precio de ser algo tan grande y con tanto personal. Era imposible conocernos entre todos.
—¡Ahí están mis chicos! —la voz de Sebastián hace eco en mis oídos en cuanto lo escucho—. Habéis hecho un gran trabajo, gracias a vosotros ya hemos capturado a Thomas, está retenido y estábamos esperando a que llegarais para hacerle una entrevista un tanto personal. Antía, tú ya lo conoces, ¿no te gustaría hacer los honores?
—Es lo que más deseo —admití.
—Entonces no te haré esperar, es de mala educación hacer esperar a una mujer en cuanto desea algo.
En otra ocasión esas palabras habrían surgido otro efecto, pero esta vez no me provocaron ni lo más mínimo. Él también lo notó, porque sonrió de lado y echó a caminar al instante, obligándonos a hacer lo mismo.
El lugar donde tenían retenido a Thomas era una habitación pequeña y vacía, insonorizada, que ahora solo tenía una silla en la que estaba atado y una pequeña mesa delante.
—Traednos sillas, vamos a ponernos cómodos —pidió Sebastián.
Yo iba a prescindir de ella, no me interesaba en lo más mínimo tomar asiento.
Caminé dentro de la habitación y di unas palmaditas en su cara para espabilarlo. En cuanto abrió los ojos golpeé con fuerza en una de sus mejillas, haciéndole soltar una queja al instante.
—Esa por ser un falso —volví a repetir la acción en su mejilla contraria—, esa por querer aprovecharte de una mujer cuando tiene alcohol en las venas —escupí, cerrando ahora mi puño para golpearle la mandíbula—. Ese por las muertes que has provocado.
Antes de que pueda seguir golpeándolo y por ende también soltándole sus verdades, Sebastián me aparta con delicadeza, dándome una mirada de advertencia. Me estaba pasando el protocolo por el culo, lo tenía muy claro.
—Cálmate o observarás desde fuera —advirtió, después tomó su propia silla para sentarse delante de él—. No pediré disculpas por su actitud, si has hecho todo lo que mencionó, tienes merecido cada golpe.
David me observaba alzando las cejas, no sé si sorprendido por mi actitud, por lo que había dicho o por alguna cosa que no fuera ninguna de estas dos.
—Hablemos, Thomas, cuéntame todo desde el principio.
—No hay nada que contar, esto es un error y cuando mi padre se entere os meterá a todos en la cárcel.
—Dudo mucho que pueda hacer algo contra el FBI —se burló—. Es más, nosotros a él ya lo tenemos en la mira, hizo negocios sucios y es cuestión de chasquear los dedos para ir a por él. Está en tus manos si hacemos la vista gorda o si lo detenemos.
—No, no... Me estás mintiendo —gruñó, negando con su cabeza—. No diré una mierda, seguro que sois una de las peores mafias... —sus palabras se vieron interrumpidas cuando Sebastián sacó su pistola y la dejó sobre la mesa con toda la calma del mundo.
—Voy repetirlo sólo una vez más, Thomas, tengamos la fiesta en paz —susurró—. Vas a contármelo absolutamente todo desde el principio, empieza.
Se quedó en silencio, sin saber a dónde mirar, en cuanto sus ojos se posaron en los míos Sebastián se levantó y no con buenas intenciones.
No iba a matarlo, solo era cuestión de asustarlo para que hablara, pero él no lo sabía.
—¡Vale, vale! —gritó, con la voz temblándole—. Voy a contar todo pero no me mates.
No que va.
Eso está por verse, si no lo mata aquí va a terminar de una peor forma y no sé qué le convendrá más, la verdad...
Empezó a hablar y nada de lo que dijo me tomó por sorpresa porque Oliver me había dado el contexto mucho antes. Lo hizo de una forma más despectiva, como queriendo que nosotros empatizáramos como él y admitiéramos que lo que hacía estaba bien.
Pero no lo consiguió.
Nadie allí se dejaba llevar por las palabras. Teníamos una confesión, así que lo demás ya estaba hecho, solo faltaba la justicia.
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Acceso al trono
Teen FictionLa sospechosa muerte de la reina Isabel II deja al mundo con muchas dudas y a su nieto Joel con poca experiencia para saltar al trono. Antía Dagger, agente infiltrada del FBI, está en Reino Unido con una misión asignada y el británico para ella sól...
