Capítulo 10

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El palacio era enorme, quizá más de lo que aparentaba serlo por fuera, elegante, como era de esperar, y muy silencioso.

El silencio reinaba en el palacio, no los reyes.

Era casi irónico.

Estuve antes en palacios, pero única y exclusivamente porque formaba parte de una misión. Recuerdo la vez que sin querer rompí uno de los jarrones del palacio de Suecia, me quería morir, había sido en una fiesta de esas donde la gente va bien vestida y no abre la boca para algo que no sea halagar. Por suerte me salvó el mafioso del que iba acompañada, teníamos una especie de aventura que solo benefició al FBI para capturarlo in fraganti en uno de sus negocios. No tuve que hablar con nadie de la realeza para explicar lo que había pasado, ni mucho menos había puesto un duro para pagarlo.

Este era diferente.

La estética, la decoración, el ambiente...

—¿Y bien? —me preguntó Joel, bajando por las escaleras del lado derecho.

Todos tenemos en mente esa imagen del palacio por dentro donde tanto impresionan sus escaleras, a cualquier morral nos gustaría tener algo así.

—¿Cómo te sientes?

—Increíblemente pobre —admití, encogiéndome de hombros de manera desinteresada. Era la supuesta hija de un político, dinero no habría de faltarme, pero no se podía siquiera comparar con lo que me rodeaba.

El ríe, pero no parece una risa sincera, es la típica risa de compromiso que se suelta cuando no te hace gracia algo pero donde no quieres que la situación se vuelva incómoda.

Punto importante. Al parecer no le gustaba hablar de sus riquezas.

—Me refería a si estabas cómoda, si te había dejado de doler la cabeza y esas cosas, pero la culpa la tengo yo por no haber especificado.

—Estoy bien —asentí con la cabeza.

Y lo estaba.

La borrachera nunca había sido real así que la resaca tampoco podía serlo. Joel había pedido ropa limpia para mi, por lo tanto cuando salí de darme una ducha ya tenía algo para ponerme. No podía quejarme. Lo raro sería estar mal.

—El desayuno se sirve a las siete —informó, mirando el reloj mientras soltaba una risa por lo bajo—. La hora ya se nos ha pasado. Puedo decirle, de todos modos, a los empleados de cocina que preparen algo, aunque tampoco quisiera yo molestarlos. Si me dejas puedo yo cocinar algo.

—¿Tú? —el tono de sorpresa fue más que evidente en mi voz.

—Yo —asintió—. Has de pensar que solo por ser de la realeza no sé nada de la vida, ¿no es así? —chasquea su lengua sin esperar mi respuesta—. Estás equivocada, Aisha, aunque no lo parezca mi abuela nos obligó a cursar cocina, costura y música.

Eso no me lo esperaba para nada.

Tenían una educación muy estricta en donde desde pequeños les implantaban tres idiomas así como si nada, modales, leyes, cultura...

Yo respiraba tranquila porque ni en broma podría soportar con el peso de todo aquello.

Que tortura, que Dios me perdone.

—¿Y qué tocas?

Él frunció el ceño confuso ante mi pregunta después del breve silencio que hubo entre los dos, pero no necesitó mucho tiempo para comprender de que se trataba.

—Lo típico, Aisha, seguro que no te sorprendes si te lo digo —sonríe con los labios pegados—. Puedes adivinarlo tú solita.

Abro la boca dispuesta a hablar, pero él me hace un gesto para que no lo diga en ese momento.

—Primero vamos a desayunar, ¿me dejes ocuparme de la cocina?

—Desde luego, no todos los días se tiene la suerte de tener al rey como cocinero —me aventuré, apoyando los codos en la mesa y ladeando la cabeza para mirarlo—. Adelante.

—Te vas a sorprender —me guiña un ojo antes de darme la espalda y ponerse manos a la obra.

Podría acostumbrarme a eso de tararear canciones pasadas de moda mientras Joel paseaba por la cocina como si este fuera su segundo oficio, se notaba que tenía práctica, las buenas manos se sabían distinguir de lejos. Y las suyas, sin duda, eran excelentes.

De vez en cuando me miraba para compartir sonrisitas.

Qué misión más complicada.

Joel era como la manzana del paraíso, sabía de sobra que se trataba de algo prohibido y aún así no podía evitar pensar en algo más. Con eso solo me engañaba a mi misma, estaba más que visto, no se podían mezclar los sentimientos en el trabajo a no ser que fueran fingidos. Y con él tenía pocas ganas de fingir porque todo salía natural.

Además, Joel ya debería de pasarse a un segundo plano, tenia la corazonada de que era una víctima más. Tenía su declaración, donde me decía que la muerte de su abuela no había sido natural, que alguien buscaba hacerle daño a la monarquía inglesa.

Tendría que informar a mis compañeros de esto, cuando antes diésemos el giro, mejor, no se podía perder tiempo.

—Vas a chuparte los dedos —me hizo saber, con cierto tono de orgullo, mientras ponía los platos en la mesa.

—Estás muy seguro de tus habilidades, ¿eh? —meneo la cabeza solo para llevarle la contraria.

—Si no te gusta puedes criticar, pero como sé que no será así... —ríe, tomando asiento frente a mi—. Que aproveche, sunbeam.

Me hace un gesto para que sea yo la primera en empezar a comer, tras musitar un "igualmente" lo hago, degustando en mi paladar la dulce combinación de sabores que acababa de explotar en mi boca. Era una delicia. No había adjetivos suficientes para describirlo.

Yo ni los cereales sabía hacer.

Triste pero cierto.

—¿Y bien...?

—Esto es una fantasía —susurré—. ¿Cocinas a menudo?

—Que va —arrugó su nariz—. Las cosas aquí son bastante estrictas y hay que seguir las normas si te quieres llevar bien con la familia. No es un secreto que el ambiente aquí es pesado, es culpa de la gente, que vive llena de rencores y sin poder olvidar, sin poder desprenderse...

—¿Tú estás a gusto aquí?

—No sé que pregunta es esa.

—Una pregunta inocente como podría haber sido cualquiera otra —miento.

Se encoge de hombros, decidiendo no responder, pero los dos sabemos lo que eso significa.

¿Pero que tenemos aquí, Joel?

Uhum, ¿algo que esconder? ¿Algo que ocultar? ¿Algo que temes decir en voz alta?

Nadie es inocente, al fin y al cabo.

Acceso al tronoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora