Capítulo 20

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A veces nos confundimos con las personas, pensamos que son de una manera cuando en realidad son de otra totalmente diferente. Eso ya debería de saberlo yo mejor que nadie, ya no solo por mi, que era la más falsa de la historia, sino por todos aquellos con los que había convivido a lo largo de toda mi vida. Personas que fingen, que pretenden ser otras para encajar en la sociedad, para agradarle a las personas, ¡sabe Dios! Pero que no son ellas mismas.

¡Y cuántas habrá que no reaccionen! Que decidan vivir una mentira hasta el final de sus días como si fuera esto lo más interesante que hacer con su vida.

Yo no era lo que nadie esperaba, ni nadie era tampoco lo que yo esperaba.

La vida era así, no la habían inventado ahora.

Por eso había que actuar de una maldita vez, en mi caso para que no se me descubrieran las mentiras y todo se fuera a la mierda. Tenía un pie en el otro mundo ya. Oliver sabía cosas, desconfiaba, y era cuestión de tiempo que se lo dijera a uno de sus jefes. ¿Con quien tendría peor suerte? ¿Con Thomas o con Joel?

Probablemente con el segundo, de solo imaginar su cara al enterarse de todo me partía el corazón de una manera extremadamente dolorosa. Estaba dejándome llevar demasiado por los sentimientos en esta misión, quería echarle la culpa a mi jefe, si las cosas estuvieran solidificadas con él no habría llegado como lo hice a este país; fue él quien quiso cortar con lo que teníamos y dejarme hecha mierda justo antes de una misión. Era su culpa mi sensibilidad. Pero también era culpa del rey, si él se limitara a ser de utilidad me habría servido de mucho, pero en su lugar quiso jugar a enamorarme. Prefirió soltarme palabras halagadoras, defenderme, ponerme como prioridad.

¿Qué hombre en su sano juicio hacia eso?

Prefería mantenerme en la posición donde todos ellos eran malvados, que querían una cosa para sí mismos, que era egoístas e hipócritas.

Hasta que llegó él queriendo llevarme a una realidad paralela, donde las verdades reinaban y la falsedad quedaba en un segundo plano. Donde incluso yo era de verdad y todo lo que sentía también.

—Señorita, su majestad ya no se encuentra en el palacio pero nos avisó de que usted vendría de nuevo —me habló una de las chicas del servicio—. Siéntase como en casa.

—Muchas gracias —le sonreí antes de subir las escaleras para dirigirme a la siguiente planta.

Había silencio. Tanto que pareciera que estaba yo solo en tan inmenso lugar. No me preocupaba nada, o al menos eso creía, porque al llegar allí y sacar la tarjeta tuve mis dudas en sí usarla o no.

¿Y si terminaba descubriendo algo que no me gustaba? ¿Y si la verdad era que todos sospechaban desde el principio pero yo quise negarme a creerla? ¿Y si Joel tenía algo que ver allí?

No, no podría ser capaz de desvelar una información de ese tipo, me sentía la persona más egoísta del mundo después de lo bueno que él había sido conmigo, no se merecía un final en donde yo lo traicionaba.

—¿Algún problema, señorita? —me pregunta uno de los guardias al verme parada frente a la puerta de la habitación de la reina Isabel.

¿algún? Si, unos cuantos, pero no estaba en posición de ponerme a contártelos porque la única perjudicada terminaría siendo yo.

—Yo me encargo, ha sido petición del rey —llegó Oliver sin que nadie se lo pidiera, quise huir de inmediato pero el otro guardia asintió en su dirección y de retiró—. ¿Te mata la curiosidad?

—Algo así.

—Joel dejó bien claro que tenías acceso a cualquier rincón del palacio, así que no soy nadie para impedirte entrar aquí —chasqueó su lengua contra su paladar y se acercó para marcar el código que pronto haría abrir la puerta—. No toques nada, yo ya no confío en ti.

—No necesito que tú confíes en mi, tu jefe lo hace y él es quien realmente importa.

No pareció gustarle mi comentario porque entró con mala cara a la habitación. Una habitación relativamente normal, si pasaba por alto todos los detalles lujosos. Yo, por ejemplo, ganaba dinero y ni aún trabajando toda la vida podría costearme algo así. El color dominante era el dorado, que estaba por todas tardes, en los detalles de la cama, en las paredes, en la alfombra... Se notaba la importancia del oro en esa casa.

—¿Aquí falleció?

—Si.

Había un cambio en él, ahora parecía hacer ejercicios de respiración de manera disimulada para que yo no me diera cuenta, pero estaba atenta a su forma de tomar y soltar aire.

Bien, entendía que estar en la habitación de una muerta podría llegar a dar mal rollo, pero mi intuición me decía que no solo se trataba de eso, que había había algo raro.

—¿Tú la viste?

—Fui el primero.

—Eso te convierte en sospechoso.

—No sé de que estás hablando.

—Claro que lo sabes, no fue una muerte, ¿no? —aqueé una ceja, él buscó apoyo en otra parte, pero al ver la puerta cerrada se le fueron las esperanzas. Empezaba a sudar del nerviosismo y yo encantada de que fuera así—. ¿Por qué lo has hecho, Oliver? ¿Qué pintas tú aquí?

Él, como un niño pequeño al que descubren después de hacer una travesura, rompió a llorar. Tenía que admitir que no me esperaba para nada esa reacción, estaba entrenado para no ser débil, no dejarse llevar por las emociones sensibles ni mucho mejor mostraste así a los enemigos.

Pero vivía con la culpa, había un sentimiento que le aterraba seguir guardando.

—Yo la maté —lloriqueó—. Pero es una historia muy larga y hay varios implicados, esto podría afectar a más personas de las que creemos.

—¿Joel está implicado?

—Si.

Y la simple afirmación me hizo temblar el mundo por completo. ¿Por qué? ¿Qué razones tenía? Mi cabeza parecía a punto de explotar, no podría con mucho más por lo que quedaba de día. ¿Que iba a hacer ahora? Tal vez la historia era lo que menos quería escuchar en esos momentos, tal vez me hacía darme cuenta de muchas cosas, quizá Joel no era tan inocente como yo creía.

Joel, el rey de ensueño.

Él, el perfecto.

Él, que había tenido que ver con el asesinato de una de sus familiares más cercanas

—Cuéntamelo todo —exigí.

Acceso al tronoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora