Mis manos están atadas, el muy hijo de puta creía que iba a escaparme o algo por el estilo. ¡Claro! Como si pudiera atrever una pared de metal blindado así por arte de magia y correr por la base para irme. A veces creía muy seriamente que se fumaba unos porritos antes de entrar a trabajar.
Llevaba la pistola en la mano y me miraba con poca decisión, como si en el fondo no quisiera dispararme. Pero quería, claro que quería y claro que iba a hacerlo.
—No quería que esto terminara así, Antía.
—Si no lo quisieras, no lo estarías haciendo.
—Solo tenías que volver a elegirme a mi.
—¿Cómo voy a elegir a alguien que no quiso elegirme a mi? Sebastián, abre los putos ojos —espeté, forcejeando, ganándome dolor en las muñecas. El hijo de puta me había esposado y la llave estaba sobre la mesa que tenía enfrente, pero no le alcanzaba por nada del mundo, así que podía darme por perdida.
Al menos eso era lo que pensaba hasta que el ruido de fuera llamó mi atención y también la suya, había jaleo, escándalo... Y después silencio. Me miró con desconfianza para después acercarse a la puerta, dispuesto a ver que pasaba allí. Pero antes de que pudiera hacer nada la puerta cedió y cayó en picado. Yo cerré los ojos por miedo, él gritó alejándose con rapidez. Si yo había visto peligro, él que estaba mucho más próximo no me quería imaginar lo que había sentido.
Una marea de gente estaba delante cuando abrí los ojos, gente que aunque no conocía, podía deducir de quien se trataba por la manera en que vestían. Eran guardias del castillo y no iban solos porque entre ellos estaba el rey, también armado. Casi jadeo de la impresión, pero es que además se veía demasiado sexy con la mirada de cabreo y la pistola entre las manos.
—¿De qué vas, hijo de puta? —preguntó con indignación—. ¡Casi me tiráis la puerta en la cabeza!
—Una pena que no haya pasado —murmuró él, haciéndole un gesto a sus guardias para que no bajaran las armas. Estaban todos apuntando a Sebastián, él solo apuntaba al hombre que caminaba en mi dirección sin ningún tipo de miedo.
Era incapaz de hablar. Yo, que lo había catalogado de indefenso y ahora estaba allí con todo un ejército solo por salvarme. No sabía como reaccionar. Me emperador a temblar las manos en cuanto me desposó.
—Estoy aquí, tranquila —susurró, ayudándome a levantarme.
No pude darle las gracias, no me salían las palabras ni aunque quisiera, mi cerebro no era capaz de enviar la orden a mi boca.
—¡No tienes derecho a entrar aquí! ¿Sabes cuántas leyes has infringido al hacerlo? ¡Irás a la cárcel, cabrón!
—¿Quieres que te cuente yo a ti cuantas leyes has infringido tú? No me hagas enumerarlas, por favor —pidió él—. Si hablamos de ilegalidades, tú ganas por goleada.
—¡No tienes ni puta idea! —siseó con rabia, quitándole el seguro a su arma, yo actué rápido al ponerme delante de Joel para evitar algún disparate—. Antía, aparta.
—No —no me tembló la voz al decirlo, todo lo contrario, soné firme y segura de mi misma—. No voy a volver a guiarme por ninguna de tus órdenes, Sebastián. ¿No querías sinceridad? Pues esto es lo que hay. Él se está preocupando más por mi de lo que has hecho tú desde que nos conocimos.
—Que brava eres, Antía —suavizó su mirada, como siempre que se le ocurría alguna idea brillante—. No te dejes engañar, Joel, si hubieras llegado un poco más tarde nos habrías encontrado follando sobre esa mesa. Las esposas sólo eran parte del juego sexual, a las polis les pone cachondas eso.
—¡Serás cabrón...! —No me esperaba que Joel fuera a saltar con eso pero lo hizo, apartó mi cuerpo para ir contra el suyo, sin importarle las armas lo tumbó de un golpe, puesto que él tampoco se esperaba que fuera a reaccionar—. Tú no sabes lo que es el respeto.
—Antía, controla al rey —pidió entre risas, pero cada golpe le estaba doliendo, sus expresiones eran señal de ello.
No pude hacerlo. Joel estaba cabreado de verdad y no necesitó de armas para hacérselo saber.
Sebastián solo se dejó llevar, no devolvió ningún golpe, pero él sí que tenía la pistola en su mano.
Sus dedos apretaron el gatillo y yo fui rápida en darle una patada a la pistola para hacerla volar, de lo contrario habría perforado el costado de Joel y yo no quería eso.
Le arrebaté a uno de los guardias su arma y sin pensármelo dos veces disparé. Dejando que aquello se llenara de jadeos de sorpresa y después de un silencio matador que me hizo caer de rodillas y mirar aterrada lo que acababa de hacer. Había actuado igual a él. No era mejor persona.
—¡Se ha hecho justicia! —gritó la voz de uno de mis compañeros, tras él todos empezaron a gritar cosas similares, pero yo no estaba para escuchar ninguna de ellas.
Joel fue rápido en llegar a mi y envolver mi cuerpo con sus brazos, temblé en ellos, dejando que todas mis emociones salieran disparadas. Lo necesitaba. Necesitaba liberarme. Necesitaba soltar todo lo que había estado reprimiendo. Necesitaba saber que ahora todo estaba y estaría bien.
—Te hemos localizado el teléfono, Sofía tenía un mensaje tuyo así que... —interrumpí sus palabras al besarlo con ganas. Fue un beso salado, entre mis lágrimas y el sudor.
—No confiaste en mi —hablé, sollozando—. Gracias por no hacerlo.
—En quien no confiaba era en ellos, reina, ya te lo había dicho. En ti si que confiaba, sabía que podías... Pero joder, incluso para mujeres como tú hay cosas que se le pueden ir de las manos—susurró, limpiándome las lágrimas con sus pulgares—. Prométeme que a partir de ahora nada de esto nos afectará.
—Te lo prometo —dije en un hilo de voz—. Te prometo una historia con final feliz como en las novelas. Te prometo que nos amaremos tanto que todo el mundo nos envidiará. Te prometo que estaremos bien, ahora si.
Tras toda tormenta llega la calma, y la nuestra estaba empezando.
Lo que empieza como una mentira siempre termina desvelando todas las verdades.
Y las verdades aquí estaban claras: en el fondo nada había sido mentira.
Creía que Aisha había muerto mucho antes, o que nunca había existido, pero sabiendo que ese papel lo había inventado él supe que había muerto en el momento que apreté el gatillo. Ahora volvía a ser Antía, la de siempre, la que nunca dejé de ser, pero la que nunca fui.
Antía la que hacía justicia.
Antía la que sabía amar de verdad.
Antía, la que estaba y la que permanecerá.
Porque si lo mío había sido un papel, estaba dispuesta a ver la obra completa.
|| F I N A L ||
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Acceso al trono
Teen FictionLa sospechosa muerte de la reina Isabel II deja al mundo con muchas dudas y a su nieto Joel con poca experiencia para saltar al trono. Antía Dagger, agente infiltrada del FBI, está en Reino Unido con una misión asignada y el británico para ella sól...
