Cinco

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Según Lee, Naruto Uzumaki era inocente, había sido encarcelado por un delito que no había cometido. Quizá eso fuera cierto, pero su forma de mirarla no tenía nada de inocente.

Por primera vez en su vida, Sakura había visto el deseo desnudo en los
ojos de un hombre, en los de Naruro. Al retroceder ella, la expresión de Naruto se
había tornado inmediatamente despectiva.

Desde entonces Sakura no había dejado de huir de él. Aunque Naruto ni siquiera lo notara, sonrió Sakura tristemente. Él era, evidentemente, un solitario.

Y Sakura comprendía la soledad. Se había criado en un pequeño pueblo de leñadores, pero enseguida había sido internada en un colegio de educación exclusiva. Separada de todos y de todo lo que amaba, Sakura había malgastado su infancia sin saber siquiera a qué lugar pertenecía.

Y desde entonces seguía buscando. Quizá Naruto también estuviera buscando. Pero resultaba extraño pensar que podían tener algo en común. Sakura se
negó a aceptarlo y giró la cabeza hacia la ventanilla.

El helicóptero despegó a pesar del fuerte viento del norte. El ruido del
motor le impedía pensar. Volando entre las nubes, Sakura miró para abajo. Neji y su primo se iban haciendo más y más pequeños conforme el helicóptero ganaba altitud.

El viaje pareció durar una eternidad, aunque en realidad tardaron menos de dos horas. Poco a poco las luces de la ciudad fueron acercándose. El
helicóptero se detuvo por fin sobre el tejado del hospital, un rectángulo en el que parecía imposible aterrizar.

Sakura contuvo el aliento hasta que tocaron suelo. El vehículo había cumplido su tarea, pero el viaje de Sakura no había hecho más que empezar. Sakura bajó.

Tras intercambiar apresuradamente unas palabras con el equipo de rescate, el personal del hospital se hizo cargo de todo. Sakura corrió tras la camilla de Naruto, que los médicos se apresuraron a entrar en el edificio hasta llegar a un ascensor.

Las puertas se abrieron, la gente corría por los pasillos. Alguien se llevó a Naruto, pero una enfermera le impidió el paso.

—Lo siento, pero tendrá que esperar a que el médico lo examine. Tiene usted que dirigirse a la ventanilla de admisiones. Ya le informarán si se produce algún cambio, tranquila.

Se sentía extraña, no conocía a nadie. Volvió sobre sus pasos y encontró la sala de espera. Allí quedaban aún unos cuantos adornos olvidados de
Navidad.

Sakura había pasado esos días con Lee y su mujer, TenTen. No podía dejar de preguntarse qué había hecho Naruto. La oficina de admisiones estaba tras un muro con sólo una pequeña
ventanilla de cara al exterior. Sakura golpeó el cristal.

—¿No venía usted con el paciente que acaba de llegar de Los Harunos?
—Sí, ¿qué tal está?

—Hacemos lo que podemos —aseguró la enfermera, tendiéndole un sobre marrón—. Aquí tiene las pertenencias de su marido, puede llevárselas a casa.

Sakura recogió el sobre con cierto sentimiento de culpa y se lo metió en
el bolsillo del abrigo.
—¿Puedo verlo?

—Uno de los médicos vendrá a hablar con usted. Mientras tanto,
necesito sus datos.
Sakura escribió el nombre de Naruto, su edad, dirección, datos relativos a su seguro...

Conocía todos esos datos porque Naruto estaba empleado en el aserradero. ¿Alergias? No, ninguna... que ella supiera.

Naruto no tenía familia a la que notificarle el accidente. Atónita ante la absoluta soledad de aquel hombre, se quedó mirando el hueco en blanco antes de contestar.

Su mano tembló al anotar su nombre, Sakura Uzumaki. Ya no podía borrarlo. Respiró hondo y soltó el bolígrafo. Para su alivio, la enfermera apenas le echó un vistazo al documento.

—En cuanto se produzca algún cambio, se lo comunicaremos.
El cristal se cerró. Sakura sintió deseos de llamar de nuevo a la enfermera y confesarle su mentira. Pero entonces recordó. Naruto. Le había hecho una promesa, y eso era
lo único que importaba.

A pesar de que la mentira creciera y creciera. Sakura se mordió el labio y se apartó de la ventanilla. Por un momento pensó en las posibles repercusiones legales de su mentira, pero enseguida lo olvidó.

Fingir que era su esposa quizá fuera exagerado, pero no había otro
modo de garantizar que recibiera el tratamiento adecuado. La sala de espera estaba llena. Un niño lloraba. Una pareja mayor se abrazaba.

Algunos adolescentes hablaban a gritos. Sakura sacó un café de una máquina. Por suerte llevaba la cartera en el
bolsillo. Quedaba una silla libre. Aún le temblaba la mano, así que dejó la taza sobre una mesa.

El café se quedó helado.
¿Por qué tardaban tanto? Sakura observó a una mujer haciendo punto. Estaba tejiendo una bufanda amarilla. El ovillo de lana se le caía una y otra vez del regazo al suelo. Sakura se lo recogió un par de veces, pero luego se dio cuenta de que ella ni siquiera
se enteraba. En el interior de aquella mujer se desarrollaba una tormenta.

Sakura deseó ayudarla, pero no pudo articular palabra. Cuando el ovillo se cayó por tercera vez, Sakura apartó la vista.
—¿Señora Uzumaki? —la llamó el doctor.

Sakura saltó de la silla. Se refería a ella.
—¿Sí?
—¿Vino usted con Naruto Uzumaki? Aquí dice que es su mujer —añadió el médico, bajando la vista al formulario.

Sakura no pudo negarlo. Asintió. Y la cadena de mentiras siguió creciendo. Y creciendo.
—No necesito decirle que su estado es grave —añadió el doctor,
mencionando una a una las heridas— No conoceremos la verdadera gravedad
hasta que no le hagamos una placa de rayos X y otras pruebas.

Naruto tenía una pequeña contusión en la cabeza, un brazo roto, un par de costillas rotas y un pulmón perforado. Y posiblemente tuviera también otras heridas internas, aparte de la médula espinal contusionada e hinchada.

La cabeza le daba vueltas con cada nueva mención de otra herida. El estado de Naruto era mucho peor de lo que imaginaba. Finalmente, Sakura fue consciente de lo que el médico no decía.

—¿Y la pierna?
—De momento hay que conseguir estabilizar su situación, luego ya
veremos —contestó el médico sin mirarla a los ojos.

—Por favor, dígame algo.
—Seré franco. Haremos todo lo que podamos, pero no podemos hacer
milagros. Puede que tengamos que amputársela.

—¡No pueden hacer eso! —gritó Sakura.
—Quizá no tengamos elección.
—Pero yo conozco a Naruto, él jamás les daría permiso.
—Él está inconsciente, así que necesitamos el permiso del pariente más cercano. El suyo.

—No pienso firmar nada —negó Sakura, cerrando los puños y metiéndose las manos en los bolsillos del abrigo—. Quiero que Naruto tenga al mejor cirujano disponible, no me importa lo que cueste.

Podía permitirse pagar las facturas del hospital. Probablemente a Naruto no le gustara su caridad. Pues bien, que la detestara si quería. Al menos seguiría vivito y coleando con las dos piernas.

—Traer a un especialista de otro lugar puede llevarnos más tiempo del que disponemos... —advirtió el médico.

Finjiendo ~NaruSaku ~Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora