“Felices son aquellos que se atreven con coraje a defender lo que aman”
Ovidio.
Narra Alessandro.
Empieza un nuevo día, no hay mucha diferencia que es anterior, todo es superfluo y… ¿A quién quiero engañar? ¡Hoy es un día único e inigualable!
Claro, no sería de otra forma. Después de mi noche con mi amada Amelia me siento feliz, lleno de energía y miles de sentimientos relacionados con la dicha.
Antes de ir al hospital a realizar mi jornada de trabajo, paso por la floristería por un ramo de margaritas y luego, me dirijo al trabajo.
—Vaya, vaya, vaya —dice Isabela desde la recepción—. Alguien tiene muy buen humor, pero me sorprende que sea la criatura más amargada de este hospital.
En este hospital, siempre me han catalogado como el amargado o el hombre sin alma, solo por el simple hecho de tomarme todo muy enserio y que mi rostro está neutro la mayor parte del día. Aunque, si es un poco extraño viniendo de mí.
—¿Y esas flores? —pregunta intrigada—. Me gustaría saber quién es la mujer afortunada que recibirá esas flores.
—Creo que ya la conoce. —Coloco el ramo sobre el mostrador—. Necesito el informe de mi paciente, estoy retrasado.
—El señor Harry tuvo una convulsión la noche de ayer —dice y me entrega la carpeta de su informe—, necesita un chequeo y lo está esperando.
—Entonces, no hay tiempo que perder.
Me dirijo hacia los pasillos, pero antes de perderla de vista la miro de reojo y está observando las margaritas como si fuera una bomba a punto de explotar.
Llego a la habitación 7 y efectivamente estaba el señor Harry esperándome.
—Muy buenos días, señor Harry —lo saludo.
—¿Buenos días? ¿qué hay de bueno el día de hoy? —responde—. ¡Lo único que sería bueno el día de hoy sería que te fueras al carajo!.
El trabajo de un doctor no es siempre tranquilo, a veces te toca atender personas tercas y con un humor… bueno, como lo acaban de notar.
—¿Qué tal si empezamos con el chequeo? —le propongo.
—Está bien, para que se vaya al infierno.
Inhalo y exhalo para poder comenzar con mi trabajo con la mente fría. Al terminar, me dirijo a mi siguiente paciente en el tercer piso, habitación 16.
—¡Hola doc! —saluda Diego, el niño más alegre de estos pasillos—. ¿Me trajo chocolate?
—¿Cómo podría olvidar la cura de tus males? —digo. Saco de mi bolsillo una barra de chocolate—. Me debes cincuenta dólares en toda la semana.
—Cuando sea doctor se lo voy a pagar.
Diego es un niño de siete años, después de la muerte de su madre, sus piernas dejaron de moverse y su padre vino a mí para ver si logro que los nervios de sus piernas despierten del trance en el que están. Lo único bueno de la situación del infante es que no tiene problemas psicológicos, y aparentemente lo supera poco a poco, y además tiene chocolate gratis de su doctor.
Luego de hacer su rutina con su fisioterapeuta y de chequearlo voy con mi otro paciente y así voy con todos.
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Me dirijo a la cafetería, después de haber culminado mi jornada laboral el día de hoy. Estoy descansando un poco y luego me iré a casa ya que Rey debe de estar muerto de hambre.
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Entre líneas
RomanceUn día era una famosísima escritora y modista, muy perseguida y admirada por todos a pesar de su arrogancia y orgullo. Luego, el destino le cobra factura arrebatándole sus memorias y despierta de un accidente sin siquiera saber su propio nombre. P...
