XXXVII

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  “Yo soy la proyección de la mentira en que vives. Júzgame y senténciame pero siempre estaré viviendo en ti”.

  Charles Manson.

  Narra Alessandro.

—¡¿Qué?! —exclama Diego al teléfono.

  —Cómo lo escuchaste —respondo.

  —Si Amelia hubiera desaparecido de la nada se entiende que esperen veinticuatro horas pero, teniendo un testigo que vió el secuestro, no pueden esperar más.

  —Eso fué lo mismo que pensé. No dije nada por su amenaza y porque no sé cómo funcionan las cosas en la comisaría. No puedo hacer nada.

  —¿Cuándo se cumplen las veinticuatro horas?

  —A las seis de la tarde.

  —Bien, iré con Samantha y los niños. Ellos quieren ver a sus abuelos y aprovecharé para ayudarte a buscar.

  —Gracias, amigo —digo y muestro una sonrisa por ser tan fiel.

  —No agradezcas hasta encontrarla.

  —Nos vemos —digo y cuelgo la llamada.

  Me recuesto contra la silla de mi consultorio y suspiro. Mientras más pasan las horas, esto se vuelve más una tortura.

  Nathalie pasó toda la noche publicando en sus redes sociales y llamando a sus amigos para divulgar la desaparición de Amelia, además, ya que ella le dió acceso a sus riquezas, Nathalie prometió dar cien mil dólares quien la consiga. Me pareció injusto que haya que colocarle un precio a la búsqueda, pero la gente empezó a buscarla por todas partes después de eso.

  La noticia se divulgó tan rápido que mis compañeros del hospital se enteraron antes de que yo llegara a trabajar.

  Nathalie me dijo que aún se siente culpable y por eso lo hace, además, tampoco confía en ese oficial bueno para nada.

  Alguien toca la puerta dos veces y me enderezo para tratar a mi próximo paciente, pero es Charlie quien entra.

  —Si es cierto lo de los cien mil dólares, juro que iré en este mismo instante a buscar a tu novia —dice en tono de burla tratando de animarme.

  *Río* —Hazlo. Tal vez la encuentres y tendrás una gran recompensa.

  —Ey, quita esa cara larga —dice notando mis bajos animos—. Me acostumbré a ver al enamorado y feliz Alessandro.

  —No puedo dejar de pensar en ella, qué podría estarle haciendo el desgraciado de Anthony y...

  —Un momento, ¿Anthony?, ¿Anthony Scott?.

  Cierto, él no sabe, nadie sabe la verdadera cara de Anthony aparte de Amelia y yo.

  —Quiero mostrarte algo —digo sacando el pendrive de mi bolsillo para colocarlo en mi laptop, que siempre traigo, y lo reproduzco.

  —¡¿Pero qué mierda es esta?! —exclama con horror.

  —Él es el mismo que envío a los matones a dejarme agonizando, él es el mismo que está obsesionado con Amelia y estoy seguro que la tiene.

  —Y si la tiene, está en grave peligro... ¡Sólo míralo reírse el muy idiota!

  —La encontraré a toda costa, Charlie. Nadie va a impedir que la encuentre, ni siquiera él.

  Narra Amelia.

  Me despierto al escuchar la puerta de metal abrirse, no me muevo en lo absoluto para ver quién es. Abro un poco los ojos y veo la silueta de una mujer colocando una bandeja sobre la cómoda, gira para irse pero me levanto rápidamente para tomarla del cabello, ella grita, y traigo  arrastrada hacia la cama.

Entre líneas Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora