XXXI

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  —¡Pero qué enorme! —exclama Samantha al mostrarle una foto que me tomé hace tiempo en la torre Eiffel—. En las imágenes parece más pequeña.

  —Yo también creí lo mismo —afirmo—, pero al encontrarme frente a frente con esa gran torre, no sabía cómo tomarle una buena foto.

  Frente de la cabaña de Hugo, Samantha, su esposa, y yo tomamos asiento y empezamos a conocernos más. Ella es un poco mayor que yo, aún así, tenemos mucho en común.

  —¿Fueron vacaciones por lo qué se fué a París? —pregunta.

  —No, esto fué por unos estudios —respondo—. Estos fueron mis primeros pasos como modista, no tuve mucho tiempo para explorar París, pero debo admitir que fué una gran experiencia.

  —Ya veo. Usted trabaja mucho para ser tan joven.

  —Lo sé, he luchado desde muy niña por mi sueño y planeo seguir haciéndolo.

  —¡Mami! —dice uno de los niños llegando a los brazos de su madre—. ¿Podemos ir con papi y papá?

  —¿Ir?, ¿para donde? —pregunta Samantha.

  —Cariño, iremos a hacer un trabajo —responde su esposo llegando junto a Alessandro—. ¿No es así, Ale?

  —Por supuesto —apoya éste y le da una palmada en la espalda a su amigo—. Serán solo un par de horas.

  —¿Qué tipo de “trabajo” harán? —pregunto con curiosidad.

  —¿Y cuanto es “un par de horas”? —pregunta Samantha, quien siguiendo con el interrogatorio.

  —Cálmense, son solo cosas de hombres —se excusa Hugo—, y lo compartiremos con los niños.

  —Bien, pero vuelvan antes de oscurecer —advierte Sam.

  —Gracias, amor —agradece Huho y deposita un pequeño beso en los labios de Sam.

  —Buscaremos unas cosas y nos vamos —dice Alessandro.

  —Bueno, así tengo más tiempo para charlar con Amelia, pueden irse.

  —Opino lo mismo —respondo.

  —¿Podemos saber de qué tanto hablan? —pregunta Alessandro.

  —No —niego.

  —¿Por qué?

  —¿Podemos saber qué harán? —pregunta Samantha.

  —No —niega está vez Hugo.

  —Entonces, adiós —digo.

  —Amelia se parece a mami —comenta uno de los niños.

  —Creo que sí es la mamá de papá Alessandro —comenta el otro y se hechan a reír.

—Te aconsejé que buscaras a una novia tranquila y pacífica —regaña Hugo, en voz baja, a su amigo—. Ahora, tenemos a DOS gruñonas y mandonas que no podremos hacerles frente.

  —¿Qué dijiste? —pregunta Samantha a su marido con la ceja arqueada y con la misma mirada que le hago en algunas ocasiones a Nath.

  —Qué te amo tal y como eres, cariño —responde con una sonrisa nerviosa.

  —Más te vale.

  —Puede que Amelia sea mandona y terca de vez en cuando... o todo el tiempo —dice Alessandro y le dedico la misma mirada, al notar que planeo estrangularlo, se acerca a mí y besa mi mejilla—. Pero no sería divertido, además, disfruto estar con ella a pesar de todo.

Entre líneas Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora