“La excelencia de un regalo reside en su conveniencia y no en su valor.”
Charles Dudley Warner.
Después de volver de la universidad, Alessandro me deja en mi hogar para asegurarse de llegar a salvo.
Me alegró mucho haber recordado un poco, tengo muy buena información para seguir escribiendo y mis ganas no faltan para empezar.
Ya que era tarde y estaba cansada, me acuesto sobre mi cama y duermo profundamente hasta el próximo día.
—Amelia... —llama Nath.
—¿Si?... —respondo somnolienta.
—Debo ir a la universidad, ya estoy lista, solo faltas tú.
—Eres adulta, vete sola.
—Entonces, tomaré prestado tu coche.
—¡No se te ocurra tocar a mí bebé! —digo y me levanto rápidamente—. Estoy lista en diez minutos, espera un poco.
—¿Cuando me dejarás conducir?
—Cuando madures. Ahora, vete de mi cuarto para arreglarme.
El día de hoy me siento muy activa, mi sueño fué reconfortante, tal vez tenga que descansar mas a menudo.
Mientras me arreglo, llega un mensaje a mi celular:
Alessandro: Buenos días, señorita Otero, ¿ya ha desayunado? Si no, yo le invito el desayuno.
Suspiro lentamente y río un poco para contestarle:
Amelia: Debo llevar a Nath a la universidad, pasaré frente de su apartamento e iremos.
Alessandro: Yo soy el hombre, debo buscarla.
Amelia: Usted invitará el desayuno y yo el transporte, nos vemos.
Dejo el celular a un lado y noto que Nath me estaba observando desde hace rato.
—¿Era Alessandro? —pregunta.
—¿Ha sido tan obvio?
—Solo sonríes cuando él envía. Admitelo Amelia, estás enamorada de él.
—Yo... Dejémonos de cursilerías y vámonos.
Ambas salimos de casa y entramos en el auto, no sin antes de decirle que se sentara atrás, y conduzco hasta el apartamento de Alessandro.
—Buenos días, señor Alessandro —digo después de abrirle la puerta del copiloto.
—Buenos días, señorita Otero —responde con una hermosa sonrisa mostrando su hermosa dentadura.
—¡Hola, cuñado! —saluda Nath—. ¿Para cuándo los sobrinos? A poco no quieres que Amelia sea tu mujer.
Me avergüenzo un poco ante el saludo de Nath y evito corregirla para que no de pena ajena.
—Hola, buenos días —le responde a Nath—. Pues, si quieres sobrinos, debes pedírselos a Amelia, no a mí.
—Pero, a poco no te gustaría.
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Entre líneas
RomanceUn día era una famosísima escritora y modista, muy perseguida y admirada por todos a pesar de su arrogancia y orgullo. Luego, el destino le cobra factura arrebatándole sus memorias y despierta de un accidente sin siquiera saber su propio nombre. P...
