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El dojo Miyagi-Do estaba más activo que nunca. Las hojas de los árboles oscilaban suavemente con el viento, pero el aire entre los estudiantes estaba cargado de tensión. Hoy no solo se trataba de entrenar; era el día en que los senseis determinarían quiénes serían los siete participantes del Sekai Taikai, un momento decisivo que todos habíamos estado esperando.
En el centro del dojo, Daniel, Johnny, Chozen y Mike Barnes observaban detenidamente a cada estudiante mientras ejecutábamos nuestras rutinas. Barnes, con su actitud directa y mirada crítica, caminaba entre nosotros como si buscara cualquier error o punto débil. Su presencia era intimidante, pero también efectiva; nadie quería ser el primero en fallar.
—¡Vamos! ¡Esto no es un juego! —exclamó Barnes, cruzando los brazos mientras observaba a Hawk y Demetri realizar una secuencia de katas—. Si no puedes aguantar la presión aquí, no tienes nada que hacer en el Sekai Taikai.
Al lado, Johnny asintió con aprobación.
—Eso es lo que me gusta escuchar. Ahora, ¡denlo todo!
Yo estaba en una esquina del dojo, enfocada en perfeccionar una combinación de movimientos mientras Robby me daba algunas indicaciones.
—Estás un poco tensa, relaja los hombros —sugirió, colocando una mano en mi espalda para corregir mi postura.
—Gracias —respondí, ajustándome. La presión de ser evaluada era real, pero sentía que podía manejarla.
A unos metros de distancia, Miguel estaba practicando con Sam. Ambos se movían en perfecta sincronización, un recordatorio constante de por qué estaban entre los mejores. Todo parecía ir bien hasta que Devon, quien practicaba cerca, hizo un comentario que me tomó por sorpresa.
—Debe ser fácil para ti. No importa cómo lo hagas, seguro estás dentro —dijo, su tono cargado de sarcasmo.
Me detuve y la miré, tratando de entender lo que acababa de decir.
—¿A qué te refieres? —pregunté, intentando mantener la calma.
—Vamos, todos lo saben. Eres la hija de Johnny Lawrence, y tu hermano es Robby. Obviamente tienes favoritismo.
El dojo se quedó en silencio por un momento. Algunos de los estudiantes más cercanos detuvieron sus movimientos para observar lo que estaba ocurriendo.
—Eso no tiene nada que ver con mis habilidades —respondí, tratando de controlar mi enojo—. Estoy aquí porque me lo he ganado, igual que tú.
Devon soltó una risa seca.
—¿De verdad? Porque a mí me parece que solo estás aquí por conexiones, no por mérito.
Sentí cómo mi rostro se calentaba, pero antes de que pudiera responder, Johnny intervino desde el otro lado del dojo.
—¡Basta ya! —exclamó, caminando hacia nosotras con su tono autoritario—. Aquí nadie tiene favoritismos. Si _______ está en este dojo, es porque se lo ha ganado. Y si alguno de ustedes tiene un problema con eso, pueden demostrarlo en el tatami.
Devon apretó los labios, claramente molesta, pero no dijo nada más. Solo asintió y volvió a su posición, lanzándome una última mirada antes de continuar su rutina.
Miguel se acercó a mí, colocándose a mi lado.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
—Sí, solo... odio que la gente asuma cosas de mí solo por quién es mi familia —respondí, suspirando.
—No te preocupes por eso. Todos saben lo buena que eres. Devon solo está buscando desquitarse con alguien.
Le sonreí agradecida, pero sabía que tendría que esforzarme aún más para demostrar que estaba allí por mérito propio.
La evaluación continuó durante varias horas. Cada uno de nosotros tuvo que demostrar nuestras habilidades en combate, katas y técnicas avanzadas. Barnes no se andaba con rodeos. Cada vez que alguien cometía un error, lo señalaba de inmediato, y cuando alguien hacía algo excepcional, apenas asentía en reconocimiento.
Finalmente, al caer la tarde, los senseis se reunieron para deliberar mientras nosotros esperábamos ansiosos en el patio. La tensión era palpable. Hawk estaba sentado junto a Demetri, susurrando algo que los hacía reír. Sam y Tory, a pesar de su rivalidad, estaban cerca una de la otra, ambas mostrando la misma confianza fría.
Cuando los senseis regresaron, Johnny se adelantó con su típica postura segura.
—Bien, chicos. Después de mucho debate, hemos tomado una decisión. Los siete que representarán a este dojo en el Sekai Taikai son...
Hubo una pausa, y todos contuvimos la respiración.
—Sam, Miguel, Robby, Tory, Hawk, Demetri y _______.
El alivio y la emoción me inundaron al escuchar mi nombre. Miré a Miguel, quien me sonrió con orgullo, y luego a Robby, que me dio un ligero empujón en el hombro, como diciendo “te lo dije”.
Pero Johnny no había terminado.
—Eso no es todo —continuó, mirando a Miguel y Robby, y luego a Sam y Tory—. Para un torneo de este nivel, necesitamos líderes. Así que vamos a tener un último enfrentamiento. Miguel y Robby competirán para decidir quién será el capitán masculino, y Sam y Tory harán lo mismo para el puesto femenino.
El dojo estalló en murmullos emocionados. Era una decisión inesperada, pero que tenía sentido. Ambos enfrentamientos prometían ser intensos, y todos sabíamos que los capitanes no solo debían ser los mejores luchadores, sino también los más capaces de liderar al equipo.
Miguel se giró hacia Robby con una sonrisa desafiante.
—Esto será interesante.
—Espero que estés listo —respondió Robby, estrechándole la mano con firmeza.
Mientras tanto, Sam y Tory se miraban con la misma mezcla de rivalidad y respeto.
—Espero que no te guardes nada —dijo Sam.
—No lo haré —respondió Tory soltando una pequeña sonrisa antes de ir hacia los brazos de mi hermano para ambos celebrar que estaban en el torneo.
Esa noche, mientras Miguel y yo caminábamos hacia casa después del entrenamiento, no podía evitar sentir una mezcla de emoción y nerviosismo por lo que estaba por venir.
—¿Estás lista para el Sekai Taikai? —preguntó Miguel, rompiendo el silencio.
—Creo que sí. Pero esto es solo el principio. Ser parte del equipo es una cosa; representar a Miyagi-Do y Eagle Fang en un torneo internacional es otra muy diferente.
Miguel me tomó de la mano y sonrió.
—Lo lograremos. Somos un equipo, ¿recuerdas?
Lo miré y asentí, sintiéndome un poco más tranquila. Con Miguel a mi lado, sabía que podía enfrentar cualquier desafío, incluso los comentarios malintencionados de personas como Devon.
Ahora, todo lo que quedaba era dar lo mejor de mí y demostrar que pertenecía al equipo, no por mi apellido, sino por mi dedicación y habilidad.