t w e n t y e i g h t

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El tatami colgante oscilaba ligeramente con cada brisa en la arena. La prueba no era solo un desafío físico, sino mental: mantener el equilibrio mientras combatías requería una concentración absoluta. La tensión entre el equipo seguía palpable, especialmente tras la última prueba, pero ahora todos sabíamos que no podíamos permitirnos errores. 

El dojo ruso era conocido por su fuerza bruta y su precisión. Desde que vimos a sus competidores en las rondas preliminares, supimos que serían un reto formidable. Johnny estaba parado al borde del tatami, dando sus últimos consejos a Robby y Sam, quienes abrirían el enfrentamiento como capitanes.

—Manténganse firmes, no pierdan el equilibrio, y recuerden: ¡No caigan! —dijo, casi gritando para superar el ruido del público. Ambos asintieron, con determinación en sus rostros. 

El combate comenzó, y Robby y Sam se movían como un equipo sincronizado. Ella lideraba con agilidad, esquivando los ataques de su oponente, mientras que Robby utilizaba su fuerza para contraatacar. Sin embargo, no tardé en darme cuenta de que algo estaba mal. 

Robby, por momentos, miraba hacia el público, como si buscara algo —o alguien. Mi corazón se hundió al ver la dirección de su mirada: Tory estaba cerca de nosotros, observándolo con una expresión seria pero distante. Esa breve distracción fue suficiente para que su oponente lo derribara con un golpe certero, enviándolo al vacío. 

—¡Robby, concéntrate! —gritó Johnny, pero ya era demasiado tarde. 

Sam continuó sola, manteniéndose firme mientras intentaba hacer retroceder a los dos oponentes rusos. Sin embargo, su resistencia no duró mucho; un movimiento en falso la dejó desequilibrada, y uno de ellos la empujó fuera del tatami. La frustración era evidente en su rostro mientras caía al suelo acolchonado debajo. 

Hawk y Demetri fueron los siguientes en subir. Ambos eran buenos, especialmente Hawk, cuya confianza siempre lo hacía destacar. Comenzaron fuertes, pero una confusión entre sus movimientos dejó una brecha que los luchadores rusos aprovecharon sin piedad. En cuestión de segundos, ambos estaban fuera del tatami. 

El marcador estaba en nuestra contra, y la presión recaía sobre Miguel y yo. Antes de subir, Miguel miró a Robby, aún respirando con dificultad después de su caída. 

—Oye, mira cómo se hace —dijo con un tono frío, cargado de frustración. 

Robby lo fulminó con la mirada, pero no dijo nada. Solo apretó los puños y desvió la vista. Quise intervenir, decir algo que calmara los ánimos, pero no había tiempo. Miguel y yo teníamos que subir. 

En el tatami, todo era diferente. La tensión del equipo desapareció, y nos concentramos únicamente en nuestros oponentes. Desde el primer momento, supimos cómo movernos. Era como si cada uno anticipara los movimientos del otro; cuando Miguel atacaba, yo cubría su espalda, y viceversa. 

Nuestros oponentes intentaron desequilibrarnos, pero no les dimos oportunidad. En un momento crucial, Miguel lanzó una patada giratoria que empujó a uno de ellos al vacío, mientras yo utilicé una técnica de Miyagi-Do para derribar al otro con precisión. 

La victoria fue rápida, pero el sabor no era tan dulce como debería. Bajamos del tatami, y aunque los aplausos resonaban a nuestro alrededor, mi mente estaba en otra parte. 

En el vestuario, el ambiente era tenso. Robby estaba sentado en una esquina, evitando la mirada de todos, mientras Miguel caminaba de un lado a otro, aún molesto por el desempeño del equipo. Johnny intentó hablar con ellos, pero fue inútil; ambos estaban demasiado enfrascados en su enojo. 

Yo no dije nada, pero mi interior estaba dividido. Por un lado, entendía la frustración de Miguel; después de todo, él había puesto todo de su parte para llevarnos a la siguiente ronda. Pero también entendía a Robby; su distracción era más emocional que estratégica, y sabía cuánto le dolía haber fallado. 

Esa noche, no tenía ganas de hablar. Miguel y yo compartíamos una habitación, pero el silencio entre nosotros era casi tangible.

Me quité los zapatos y me senté en la cama, mirando hacia la ventana. Sabía que Miguel esperaba que le dijera algo, pero no encontraba las palabras. 

Finalmente, él rompió el silencio. 

—¿No vas a decir nada? —preguntó, su voz baja pero cargada de emoción. 

Suspiré, sin mirarlo. 

—¿Qué quieres que diga, Miguel? Estoy... cansada. 

—¿Cansada de qué? ¿De mí? —su tono tenía un toque de ofensa, pero también de preocupación. 

—No, de ti no —respondí, girándome para mirarlo finalmente. —Estoy cansada de estar en medio de esto. Entre tú y Robby, entre tu enojo y su frustración. Siempre estoy tratando de mantener la paz, pero no puedo seguir así. 

Él abrió la boca para responder, pero antes de que pudiera decir algo, la puerta de la habitación se abrió de golpe. 

Johnny estaba ahí, su rostro pálido y preocupado. 

—Tenemos que irnos —dijo, su voz urgente. 

—¿Qué? ¿Qué pasó? —preguntó Miguel, poniéndose de pie de inmediato. 

Johnny se pasó una mano por el cabello, claramente nervioso. 

—Es Carmen. Algo pasó... está en el hospital. Tiene riesgo de perder al bebé. 

Mi corazón se detuvo por un segundo, y el aire en la habitación pareció volverse más pesado.

—________ tu y Robby... Quédense...

—No, yo iré. Esa bebe será mi hermanita igual.

Sin decir una palabra más, recogimos nuestras cosas y salimos de la habitación. Todo lo demás quedaba en un segundo plano; ahora, lo único que importaba era Carmen y el bebé. 

Who? // Miguel Díaz Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora