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1 mes despues
Mansion Dominique, Mary Geoise

Habían transcurrido varias semanas desde que Reina pisó nuevamente las veredas adoquinadas de Mary Geoise. Para su propia tranquilidad —y quizá como último respiro de suerte— todo se había mantenido en aparente calma. Ningún rumor se había filtrado entre los salones de fiestas ni los corredores susurrantes de la alta sociedad. Nadie cuestionaba su presencia. Su reputación, por ahora, parecia seguir intacta.

Fue casi un milagro que el Gorosei no la llamara para exigirle que renunciara a su título, como ya habían hecho con decenas de nobles cuyas lealtades resultaban demasiado "cuestionables". Aquel silencio oficial, sin embargo, no la llenaba de paz. Solo traia mas que incertidumbre.

Al llegar, la mansión vacía la recibió como una bofetada helada. Con un silencio tan absoluto que incluso parecía burlarse de su desdicha.

Supo, gracias a uno de los tripulantes de la Santa Domi que residia en el Puerto Rojo, que los esclavos habian sido liberados exitosamente por el subordinado de Akagami. Por lo que la unica que habia regresado a ese horrible lugar era ella.

Sus abuelos no tardaron en obligarla a reinstalarse en la mansión principal de los Dominique, alegando que era una vergüenza que alguien con su título celestial viviera en una residencia sin sirvientes. Para ellos, la dignidad se medía en obediencia y apariencias. Y a Reina no se le permitio negarse.

Reina sintió una punzada de desdicha, cuando observo la invitación relucir sobre la bandeja. Su instinto fue rechazarla. No quería jugar el juego. No quería ser una pieza más. Pero sus abuelos siguieron insistiendo con una terquedad que bordeaba lo desesperado. Y para su mayor disgusto, le exigieron aceptar un obsequio por parte de la familia de su difunto esposo.

—¿No es precioso, Reina? —dijo su abuela con tono meloso, fingiendo entusiasmo mientras sus dedos temblaban levemente sobre la tela—. Tu piel aún está algo dorada por el sol, pero ese pequeño defecto, junto al color de tu cabello, hará resaltar el tono del vestido.

La anciana fingiendo no estar aturdida por el regalo indeseado. Estaba claro que los Westwood querían mandar un discreto mensaje pues le había regalado un vestido rojo con detalles en oro.

— Sería una grosería no usarlo en la fiesta del Levely. Escuché que la Condesa de Westwood asistirá en nombre de la familia.

Por su parte, su abuelo no parecía totalmente convencido de lo que decía su mujer. Era un hombre de tradiciones estrictas, pero también alguien demasiado orgulloso como para aceptar semejante grosería.

—No es buena idea, cariño —refunfuñó—. Todos saben que las familias están rotas. Llevar ese vestido al baile será como entregarse a la horca. Reavivará los rumores que apenas logramos enterrar.

—Tonterías —replicó la anciana, negando con firmeza—. Si Reina no lo usa, los Dominique serán tachados de maleducados. Estoy segura de que los Westwood ya han dejado correr los rumores del obsequio...

La discusión se prolongó por más de media hora, y cuando por fin la dejaron sola, Reina se aproximó al espejo de cuerpo completo observando su reflejo con ojos sombríos. Pasó la mano por la tela, siguiendo el contorno que delinearía su cuerpo. La calidad era indiscutible, era suave y aterciopelada, como una caricia contra la piel. Fuera de los detalles en oro con semejanza a la cabeza de un dragon, los Westwood habían hecho una excelente investigación, pues el tono del vestido era idéntico al cabello del capitán del Red Force.

Shanks. Ella hacía todo lo posible por no pensar en él, necesitaba borrar de su mente todo lo que concerniente a él. Desde su llegada a Mary Geoise no habia pasado una sola noche sin soñar con el Emperador. No sabia que lo necesitaba tanto, ni que al final, el Red Force termino por darle la tranquilidad que tanto habia anhelado. Al volver a hundirse en mos recuerdos, Reina se cubrio el rostro con sus manos, ese sentimiento de apego era nuevo para ella.

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