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-¿¡Que tú hiciste qué!? -Reina se atragantó con el té, tosiendo con fuerza mientras intentaba no ahogarse. Lilith se sonrojó al ver su reacción, bajando la mirada con incomodidad.

-Cariño... esto es...

La rubia se tomó unos segundos para recomponerse, limpiando con los restos del té con un pañuelo bordado. El silencio se volvió denso, como si el aire en el invernadero se hubiera estancado. Esta vez fue Lilith quien se apresuró a explicar, con la voz temblorosa. Apreciaba a Reina como una amiga y no queria que malinterpretara su silencio.

-Sé que debí contártelo antes... pero pensé que, si lo sabías, podrías quedar implicada -sus cabellos negro-azulados brillaban bajo la tenue luz del invernadero. Tomó una galleta de la torre de postres, buscando en lo dulce algún consuelo para su amarga confesión. Sonrio levemente al darse cuenta de que su amiga habia acertado con la seleccion de postres.

-¿Y por eso tardaron tres años, Lilith? Esto es grave -respondió la rubia con tono firme devolviendola a la seriedad del asunto.

-Lo sé... lo sé muy bien -la atmósfera se volvió más sombría. Lilith escondió el rostro entre sus manos, bajando la cabeza con resignación-. Por eso lo eché de la mansión en cuanto recibí la carta del Gorosei. Si las autoridades lo encontraban, lo matarían. No podía permitir que eso ocurriera.

Aun aturdida, Reina se inclinó hacia ella, posando una mano en su espalda con suavidad. Era una decisión difícil. Pero, si ella hubiera estado en la misma situación, probablemente habría hecho lo mismo.

Si Shanks...

Si el joven Shanks hubiera estado en peligro, no hubiera dudado un segundo en interponerse entre él y la muerte, aunque eso le costara su libertad... o su amor.

La rubia observó con tristeza a su amiga, y su mente se deslizó hacia el pasado. En Mary Geoise, los matrimonios no eran pactos de amor, sino transacciones de poder. Los títulos se entrelazaban como monedas, y los Dragones Celestiales se casaban entre sí para preservar la pureza de su linaje. Los Dominique, que era coleccionistas de títulos, habían tenido que buscar con desesperación un noble no consanguíneo para vender a Myrth, la madre de Reina. Con el único requisito de que tuviera al menos dos rangos superiores al suyo.

Pero cuando Myrth cayó en desgracia, sus planes se congelaron. Hasta que encontraron a Reina... y la compraron como si fuera una propiedad heredada. Su mente se perdió en esos recuerdos oscuros, y no notó que Lilith había colocado una carta sobre su regazo hasta que sintió sus manos apretando las suyas.

Reina bajó la mirada. El sobre llevaba el inconfundible sello del Gorosei. La tristeza se le instaló en el pecho. Lilith era joven, valiente... y una de las pocas nobles con corazón. Saber que se marcharía era como perder una luz en medio de tanta sombra.

Cuando sus ojos se encontraron de nuevo, Reina se sorprendió al ver la firmeza en los orbes aquamarina de su amiga.

-He investigado a tus abuelos durante tu ausencia -dijo Lilith con voz fría, calculadora. Volvió a apretar sus manos, obligándola a prestar atención-. No sé cuál será mi destino una vez me encierren en el Castillo de Pangea, así que voy a revelarte todo lo que sé.

La conversación cambió de rumbo. Ya no giraba en torno a la desgracia de Lilith, sino a la verdad que había descubierto. La joven dama era una experta en recopilar información. Un hobby peligroso, sí, pero Lilith siempre decía que el riesgo valía la pena.

Habló de Myrth, de Lorrain, de los Dominique. Al parecer, la madre de Reina había sido una viajera incansable. En uno de sus recorridos, conoció a un famoso pirata del que se enamoró perdidamente. Mandam Lorrain era una figura influyente en ese entonces, asi que sirvió de mediadora entre ambos. Tras unos pocos encuentros, Myrth quedó embarazada.

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