Caótico. Ambicioso. Oscuro. Sensual.
No hay adjetivos suficientes para describirlo. Es un monstruo que yo misma liberé. Un deseo que me condenó al peor de los pecados. Y ahora que ha vuelto buscando venganza, sabe que caeré en sus garras porque no p...
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Estaba en el bosque de la montaña.
Lo sabía, reconocía el lugar. Puede que no supiera distinguir exactamente dónde me hallaba, pero el presentimiento de que ya había estado antes no abandonaba mi cuerpo. Como un recordatorio silencioso, como un estremecimiento que venía precedido de la carcajada del gato cuando me soltó y desapareció.
Iniciando de ese modo su historia de terror.
Una parte de mí creía que seguía en la habitación de Alister, profundamente dormida y rodeada del resto de chicos, mientras mi mente era expuesta a los macabros juegos del compañero de Agnes. Otra parte, por el contrario, quería pensar que mi cuerpo era real y había sido transportado a algún punto de la montaña. Sin embargo, al alzar la vista al cielo, la extraña forma de la luna y las nubes me alertó de que no era así. De que nada de lo que veía era real, solo un juego del gato.
Uno que había sido diseñado para dos. La pareja principal.
Debía encontrar a Cristian, no podía dejarlo a solas con ese monstruo. Era demasiado peligroso. Y él ya había sufrido el tacto de la muerte en el pasado, como para ahora volver a sentirlo por el deseo egoísta de tener el mejor entretenimiento de una extraña criatura, cuyo origen se escapaba a nuestro entendimiento.
Aquí no teníamos a Caos para salvarnos. Estaba muy lejos de nosotros, en la realidad de la que habíamos sido expulsados por fuerzas mayores. Y desconocía por completo si existía una forma de que llegara hasta este recóndito lugar, seguramente no pudiera. Era demasiado improbable, por lo que...
Estábamos solos contra el gato.
Y no podía quedarme quieta perdiendo más tiempo.
―¡Cristian! ―grité―. ¡Cristian!
No escuché mi propia voz. Entonces, me di cuenta.
A diferencia de otras noches, el silencio dominaba por completo el bosque. Incluso a mí. No había un solo ruido, tan siquiera el aleteo de algún pájaro o el sonido de mis pasos al caminar. Era como si no existiese el ruido, como si estuviera atrapada en una película muda, sin el blanco y negro. Era como si...
―¡Cristiaaaaan!
Sentí que mi garganta ardía al forzar la voz, y pese a ello, seguí sin escucharme. Todo estaba en silencio.
―¡Cristiaaaaan!
No hubo mucha diferencia.
Eso no me detuvo. Nada lo haría en este punto.
La vida de Cristian estaba en peligro con la atención del gato sobre su persona; en mi caso, mi condición sobrenatural era más una armadura que un problema. Podía curarme de las heridas que me infligiese con un poco de sangre. Cristian no. Él seguía siendo humano. Gracias a Dios, aunque no me considerase creyente llegados a este punto.