|| Cap 37 ||

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La alfombra roja comenzaba en la boca misma del salón, como una herida abierta sobre el mármol negro. No era un rojo vivo, festivo. Era un rojo profundo, casi oscuro, como sangre vieja secándose bajo luz violeta. A ambos lados, filas de estandartes colgaban desde las columnas: símbolos de clanes, de condes, de casas que han sobrevivido siglos mordiéndose entre sí y aun así llamándose "reino".

El palacio olía a metal pulido, a incienso pesado y a carne asada. El aire estaba caliente, pero no por el fuego; por la cantidad de cuerpos. Por las miradas. Por el deseo contenido de ver qué premio recibe una soldado que se atrevió a cambiar el ritmo de la guerra.

Respiré una sola vez antes de avanzar.

No porque necesitara oxígeno. Porque necesitaba tiempo.

El ruido del salón se descompuso en capas: risas medidas de nobleza, murmullo de clanes, susurros de soldados, tintineo de copas, el roce de telas caras. Una sinfonía de arrogancia y hambre.

Mis pasos fueron firmes. No apresurados. No lentos.

La máscara se mantenía sola.

Sentía mi clan a lo lejos, un grupo compacto en medio del caos elegante. Sentía la ausencia de los kitsune como un vacío frío en la espalda. No era el silencio de la falta... era el silencio de una postura. Un "no venimos" pronunciado con orgullo y resentimiento.

Y aun así, yo caminaba.

Las columnas parecían más altas de lo normal, como si el palacio quisiera recordarme mi tamaño real. El techo, invisible entre sombras y fuego flotante, sostenía una oscuridad pulida que reflejaba destellos. Había magia en ese lugar. Magia antigua. No la magia limpia de Lux ni la brutalidad directa de las sombras.

Era magia de dominio.

A medida que avanzaba, los murmullos cambiaron.

Primero fueron palabras sueltas.

"La Muerte."

"La que humilló al Justo."

"El arma."

Luego el silencio.

No total.

Pero sí ese silencio que se abre paso cuando un depredador entra al territorio de otro. El instinto colectivo hace espacio sin que nadie tenga que pedirlo.

Me crucé con la mirada de un conde. Sonrió.

No de alegría. De cálculo.

Me crucé con la mirada de un veterano con cicatrices que no combinaban con su ropa de gala. Me hizo una inclinación mínima. Le devolví el gesto sin detenerme.

Los soldados condecorados estaban a los extremos, como decoración viva. Algunos tenían el orgullo en el pecho y la rabia en los ojos. Otros, el vacío. Hay quienes ganan guerra y aun así pierden algo que no se recupera.

Yo sabía cuál de los dos era.

Mi cola rozó la alfombra. Sentí su textura gruesa, bordada con hilos que probablemente costaron más que la vida de un batallón. Una elegancia absurda, obscena, en tiempos donde el norte todavía olía a cadáver.

Al final del pasillo, el estrado.

Y sobre él, el trono.

Obsidiana tallada con una crueldad hermosa. La piedra no era lisa; tenía surcos como si garras antiguas hubieran arañado su superficie hasta darle forma. Había incrustaciones de metal oscuro, gemas del alma apagadas —no por falta de energía, sino porque no era su función brillar.

Su función era recordar.

Recordar que el poder no es una corona.

Es una herida que jamás cierra.

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⏰ Última actualización: 3 days ago ⏰

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