|| Cap 38 ||

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La noche se sentía la más larga de mi vida, y tal vez el hecho de que en el centro de la tierra el sol no se vea me impedía medir el tiempo de otra manera que no fuera en mi cansancio y mi aburrimiento. El peso de la insignia sobre mi pecho no era solo metal; era un recordatorio constante de que había llegado a la cima, pero la cima se sentía como un abismo disfrazado de victoria. Caminé entre los invitados con pasos medidos, la cola baja, rozando apenas el mármol negro que reflejaba las luces flotantes como charcos de sangre vieja. El salón seguía vibrando con la misma sinfonía de arrogancia y hambre, pero ahora todo me parecía más lejano, más hueco.

Volví a hablar con un par de nobles. Farjam disfrutaba como si la fiesta fuera solo para él, hablando con los condes a carcajadas estruendosas, susurros misteriosos y silencios amenos que cortaban el aire como cuchillos bien afilados. Era increíble para mí ver a tanta gente importante reunida, pero lo que noté entre las charlas fue algo más oscuro: yo era la primera comandante en ascender casualmente de linaje de clan. El puesto estaba abierto a todos, no como otros ocupados de forma injusta por nobles y miembros de clanes antiguos. Que alguien de un clan hubiera subido era inédito en los últimos mil años. Hablaban de que el pueblo creía injusto mi puesto, que subir hasta él había sido puro nepotismo, como todo en el infierno.

No lo dudaría si no supiera lo que tuve que hacer para estar aquí. Sangre, dolor, traiciones que aún me quemaban en las venas como veneno lento. Pero sí hice trampa, y aun con todo el poder que puede dar el nepotismo, esto se seguía sintiendo injusto para mí de algún modo. Aunque lo tomaba un poco mejor, no porque realmente sintiera que era mi derecho aun con el esfuerzo. Me sentía obligada a amar todo esto. Hice lo que tuve que hacer y ya. Llegué. Esta era la cima, la cúspide de la búsqueda de mi lugar en el infierno. Ahora... todo se sentía vacío.

Si había algo que hacía que todo esto de alguna manera no fuera una total mierda, era mi familia. Verlos felices, y mejor, tener la mía. Aunque lamentablemente la maldita corona sería la última palabra sobre mis hijos, por más que fueran míos. Mi poder era uno muy alto de estatus, pero nada le ganaría jamás a la familia real. Y más si podían hacerme desaparecer a mí y a todo mi clan con tal de imponer su palabra sobre la mía. Ese pensamiento me heló la sangre bajo la piel, un recordatorio frío de que incluso en la victoria, las cadenas seguían ahí, solo que ahora eran de oro negro y obsidiana.

Caminé por el lugar, observando como en el campo de batalla. Podría tener una idea mejor de qué clase de gente me rodeaba, para medir más mis interacciones, por mi salud y conveniencia futura. El aire estaba cargado de perfumes densos, de carne asada y de ese olor metálico que siempre acompañaba a los demonios cuando la ambición flotaba en el ambiente. Y ahí los vi: el Clan Vaskerion. Un clan relativamente nuevo en el sistema de clanes del infierno, pero una familia conocida. Y más por la mía.

Pues eran la familia de Aemond. Su madre, mi tía Serayne Vaskerion. Tío Draegon Vaskerion. Y los abuelos paternos, anteriores líderes del clan Vaskerion: abuela Khaelis Anggrek y abuelo Vaerun Anggrek. En mi vida lejos de mi clan, ellos me hicieron parte del suyo. Esos días lejos del consuelo y el abrazo de una familia siempre estuvieron ahí. Me enfoqué tanto en mi carrera que ahora, ya en el final de esta... podía voltear y ver que genuinamente eran mi familia. Y tal vez, podía hacer que lo fueran de una manera más íntima. El pensamiento me apretó el pecho, no de miedo, sino de una esperanza peligrosa, de esas que en el infierno podían costarte todo si no las manejabas con garras.

Me acerqué a ellos sin llamar su atención al principio, dejando que el ruido de la fiesta me cubriera como una capa. El corazón me latía con fuerza, un tambor sordo que se mezclaba con los rugidos lejanos de los clanes celebrando. Respiré hondo, oliendo el incienso que se pegaba a sus ropas elegantes, y finalmente hablé con voz firme pero baja, para que solo ellos me oyeran.

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