15 de agosto de 2024
El Día Nacional de Liechtenstein. ¡Tantos pasó en casa, escuchando las noticias sin pensar que sería parte de aquella festividad! Kitty se hallaba en extremo nerviosa, en especial por conocer a la familia de Max. Tenía miedo de no agradarles y tampoco podía molestarse con ellos por eso. Le parecía más que natural que cualquier familia hubiese preferido para su hijo a una novia que pudiese ver. Ella estaba consciente de que, inevitablemente, estaba en desventaja.
Se encontraba en casa de su madre, alistándose. Max la recogería a las nueve y media de la mañana.
—Te ves preciosa. —La voz de Charlotte la sacó de sus pensamientos.
—¿Tú crees?
Kitty llevaba un traje de falda y chaqueta de color rosa palo, que hacía resaltar su hermoso cabello oscuro, el cual llevaba en un semirecorrido. Como joyas, había optado por el juego de perlas de su madre. Charlotte la había ayudado a realizarse un sencillo maquillaje acorde al horario. El resultado es que Kitty se veía hermosa, pero ambas sabían que con eso no sería suficiente.
—No tengas miedo, son solo personas como tú y como yo —le aconsejó su madre.
—Yo no soy la novia ideal.
—¿Por qué no? Eres nacional de Liechtenstein, has ganado medallas por tu país, eres inteligente, has estudiado, eres amable, preciosa y compartes con Max proyectos importantes y una inmensa pasión por el esquí. Además, se quieren y llevan seis meses viviendo juntos... ¡Son perfectos el uno para el otro!
Kitty abrazó a su madre con lágrimas en los ojos.
—No puedo tener hijos...
—Por supuesto que puedes tener hijos, cariño. —Charlotte le acarició su cabeza—. Nadie dijo que no pudieras... Sin embargo, tienes que hablar con Max de una vez.
La esquiadora no respondió. Limpió su rostro cubierto por lágrimas y le pidió a su madre que intentara borrar los rastros de aquella súbita crisis. Mientras lo hacía, Charlotte quiso distraerla:
—Por cierto, la familia real no es la única que tendrá una celebración. Tenemos planeado un almuerzo pasado mañana en Ginebra, en casa de tu padre. Irán Lisa y Rudolf y, por supuesto, Maximilian y tú.
—¡Qué bien! ¿Cuál es el motivo?
—Ya lo sabrás a su debido tiempo; por ahora concéntrate en el Día Nacional. Y, sobre todas las cosas, ¡sonríe! Incluso aunque te estés muriendo de miedo, no dejes de sonreír.
Kitty volvió a abrazar a su madre. Cuando Max llegó por ella, se sentía mucho mejor de ánimo.
—¡Te ves increíble! —le dijo Max luego de un beso—. ¿Estás lista?
Ella rio.
—No creo que se pueda estar alguna vez lista para esto. Pero digamos que sí. Que estoy lista.
—Esa es mi chica. —Max le pasó el brazo por la espalda—. Siempre valiente.
Kitty sonrió, aunque en realidad moría de miedo. Ciertamente se necesitaba de mucho valor para dar un paso tan importante, pero al lado de Max sentía que podía enfrentarse a todo, incluyendo a su familia.
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El Castillo de Vaduz, que normalmente era un sitio cerrado al público, el Día Nacional abría sus puertas para recibir al pueblo del principado en el prado, justo al lado de la residencia. Allí, tradicionalmente, el príncipe Regente —el padre de Max—, daba un discurso y el Presidente del Parlamento otro. Luego se efectuaría una recepción en el jardín de rosas.
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Corona de nieve
RomansaMaximilien Josep Louis -Max-, Príncipe de Liechtenstein, nunca se ha enamorado. Su fama de casanova es más que conocida, aunque a él parece no preocuparle demasiado. Mientras llega su turno de asumir como Jefe de Estado, pretende divertirse cuanto p...
