Capítulo 14

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Denisse Fizgerald

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Denisse Fizgerald

—Denisse, tienes que saber que estoy aquí para ti. —Vladivostok se puso de pie, su cuerpo parecía imponente y sólido como una roca—. Puedo ser tu refugio, Denisse. Y te prometo que te mantendré segura.

Me miró fijamente, y su presencia me hizo sentir en paz. Me di cuenta de que, tal vez, no tenía por qué hacer todo solo.

Sentí mi corazón comenzando a latir con fuerza mientras evaluaba mi situación. ¿Qué podía hacer? Tenía que elegir entre dos personas que me ofrecían ayuda, pero ¿cómo podía elegir?

—¿Qué quieres que haga? —pregunté en voz baja, mi voz haciéndose ronca debido al llanto. Vladivostok respondió:

—Tienes que elegir lo que te parece mejor para ti. ¿Sabes, no? Pero recuerda, Denisse, que estás en una situación peligrosa. Me miró de frente a los ojos y añadió:

— ¿Qué significa más para ti, tu integridad o tu seguridad?

Sus palabras resonaron en mi mente como un eco lejano, pero tenía que hacer una decisión.

Así que, en ese instante, decidí. Miré a Vladivostok a los ojos y dije en voz alta:

—Mi seguridad. Tengo que estar a salvo. Por favor, Vladivostok, ayúdame. Era la única opción que tenía y yo lo sabía. Aunque me preocupaba, al menos estaría segura.

Vladivostok se erguía ante mí, su silueta amenazante y fuerte.

—Bien —dijo—, entonces ve a buscar tus cosas.

Me quedé inmóvil por un instante, no creyendo lo que estaba oyendo. ¿Quería que hiciera algo?

—Ven, Denisse —dijo, extendiendo su mano gigante—. Vamos.

Agarrando mi mano me sacó de la sala de tensión y me llevó al estacionamiento. Vi mi auto a lo lejos y paré, jalando su mano.

—Espera, espera, mi auto no puedo dejarlo aquí—menciono mirándolo a los ojos fijamente.

Suelta un suspiro.

—Si quieres puedo mandar a mis guardaespaldas por él cuando lleguemos a tu casa. ¿Te parece bien?—pregunta con dudas. Solo doy un asentimiento de cabeza.

Continuamos el camino hacia su auto. Le quita el seguro y me abre la puerta. Agradezco subiendo. Se da la vuelta, se sube, cierra la puerta, arranca y le doy la dirección de mi casa.

Al llegar, estaciona frente a la casa.

—¿Puedes esperarme aquí por favor en lo que bajo?—pregunta.

—¿No quieres que te ayude con tus cosas?

—No, solo voy a coger lo necesario en lo que consigo un trabajo—suelta un suspiro resignado. Abro la puerta y bajo, cerrando la puerta camino hacia la casa, empujando el portón y entro.

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