Enzo kisngley
Con un gruñido contenido, me dejo caer contra la pared, clavando la mirada en Edgar mientras entra a la oficina. Apenas acabamos de dejar a Denisse en la habitación, y el ataque de ansiedad que la consumió la dejó completamente agotada. La rabia hierve en mi interior; esto no debería estar pasando.
Aprieto los puños, sintiendo cómo la frustración recorre cada fibra de mi cuerpo. No puedo permitirme perder el control, no ahora. Edgar cierra la puerta detrás de él, sus pasos firmes resonando en la habitación, pero no dice nada. Su silencio me irrita aún más.
—Esto no puede seguir así —espetó finalmente, mi voz sonando más áspera de lo que pretendía.
Edgar se cruza de brazos y me mira con calma, esa maldita calma que siempre lo acompaña, como si nada pudiera sacudirlo.
—¿Y qué propones que hagamos? —pregunta, arqueando una ceja.
Camino hacia él, acortando la distancia en un par de pasos rápidos.
—Deja de hacerte el idiota, Edgar —gruño, agarrándolo de las solapas de la camisa y sacudiéndolo con fuerza—. Sé que te quema por dentro que esté con tu hija, y ni siquiera tienes el valor de admitirlo.
Sus ojos comienzan a arder con un rojo oscuro, una rabia contenida que no logra intimidarme.
—¿Qué vas a hacer? —le espeto, apretando los dientes mientras lo acerco aún más—. ¿Seguir tragándote el orgullo como un cobarde o finalmente demostrarme que tienes algo de sangre en las venas? ¡Haz algo, maldita sea, o cállate para siempre!
En un abrir y cerrar de ojos, me empuja con fuerza, haciéndome golpear la espalda contra la pared. El dolor es seco, pero el impacto de sus palabras es peor.
—¡Maldita sea! —rugió, su respiración agitada y su voz rota por el odio—. ¡Odio que Denisse no me haya dicho nada sobre su relación contigo! ¡Y sí, me consume por dentro! Eres un maldito mafioso, un maldito monstruo.
Sus manos tiemblan mientras me agarra con más fuerza, su furia evidente, pero hay algo más en su mirada. Algo más profundo, algo que nunca me había mostrado.
—La acabo de recuperar —susurra, su voz quebrada—. No quiero perderla otra vez... no por tu maldita culpa.
Su aliento golpea mi rostro, caliente y cargado de dolor. Es la primera vez que me muestra esa vulnerabilidad, esa desesperación que siempre había mantenido oculta.
—Es mi hija, maldita sea, ¡es mía! Mi pequeña princesa, la única que tengo. —susurra, su voz rota por la emoción, apenas conteniendo el sollozo que amenaza con salir a la superficie—. No puedo perderla. No puedo.
Con un grito ahogado de rabia, lo empujo lejos de mí, mi cuerpo temblando por la furia contenida.
—¡Te entiendo, maldita sea! ¡Te entiendo! Pero entiende esto: no puedo alejarme de ella, no puedo. ¡Ella es mi todo!
Mi voz se quiebra, pero me repongo rápido, el dolor en mi pecho se mezcla con una ira indescriptible.
—Ni tú, ni nadie, va a separarme de ella. Mataría por ella, y si es necesario, me arrastro por el infierno para protegerla. Ella es lo único que me queda, y no voy a dejar que nadie, ni siquiera tú, me la arrebate.
Edgar da un paso atrás, su mirada ardiendo de furia, pero hay algo más profundo en ella, algo que me hace sentir la pesada carga de sus palabras.
—Tú no sabes lo que es perder a alguien que amas —dice con voz rasposa, el dolor filtrándose en cada sílaba—. No entiendes el sufrimiento de ver cómo se te escapa de las manos, de saber que, por más que luches, no hay nada que puedas hacer para protegerla.
Sus ojos se nublan con la amenaza de las lágrimas, pero las mantiene a raya, como si mostrar ese dolor fuera un signo de debilidad.
—Tú... tú no sabes lo que es ver a tu hija crecer lejos de ti, ¿verdad? —su tono es ahora más bajo, más desgarrador—. Yo la perdí una vez, y aunque la haya recuperado, nunca dejaré de temer que alguien más la arruine, que alguien como tú, que no entiende lo que es ser un padre, la destruya otra vez.
Hace una pausa, respirando con dificultad, y sus palabras salen como si fueran las últimas que le quedaran.
—Y me duele... me duele ver cómo te acercas a ella, como si fueras la respuesta, como si fueras lo mejor para su vida. Porque en mi corazón sé que, aunque intentes hacer lo correcto, algo dentro de mí me grita que la vas a perder de nuevo, y esa maldita idea me está matando.
Una ola de angustia me recorre el cuerpo, el dolor punzante en el pecho casi me deja sin aliento. Un sudor frío comienza a empapar mi espalda, pero no puedo permitirme caer, no ahora. Obligo a mi mente a callar ese maldito pensamiento, a rechazar el miedo que amenaza con consumirlo todo.
Con un gruñido de frustración, avanzo hacia Edgar, cada paso más firme, mi determinación arrasando con cualquier resto de duda o debilidad. Mi mirada se clava en la suya, y aunque el maldito peso del miedo sigue acechando, me niego a darme por vencido.
—Dejemos de ser idiotas, Edgar. —Mi voz se endurece, cada palabra cargada de una desesperación silenciosa—. Unámonos, pongamos a un lado el odio y el orgullo, y protejamos a la única persona que realmente importa. A la mujer que amamos, tu hija, tu pequeña, y la mujer de mi vida, la que me arrodillé a amar, la que me entregué sin reservas, con todo lo que soy.
Mi mirada se clava en la suya, desnudando la verdad que ninguno de los dos quiere aceptar.
—Sé que te quema la idea de que esté con ella, de que esté en su vida, pero no puedo, ni quiero, alejarme de ella. Ella es mi todo, la razón por la que respiro, la razón por la que lucho cada día. Y sé que ella también te ama, que lo que menos quiere es hacernos daño.
Me acerco más, la tensión palpable entre los dos.
—Así que, ¿qué dices? Dejemos de pelear entre nosotros y luchemos por ella, solo por ella. Porque eso es lo que más importa ahora.
Edgar da un paso hacia atrás, su mirada fija en mí, pero sus ojos no muestran furia, sino una mezcla de resignación y dolor profundo. Su respiración se agita, como si cada palabra que acaba de decir me hubiera despojado de todo lo que estaba guardando dentro de sí.
—¿Sabes qué es lo que más me duele? —su voz tiembla, pero hay una dureza innegable en ella—. Lo que más me destroza es que todo esto... todo lo que haces, todo lo que dices... me hace pensar que no la estoy protegiendo lo suficiente. Y que soy yo quien la está perdiendo.
Su mirada se nubla por un instante, luchando por mantener el control, pero la rabia sigue allí, escondida bajo el dolor.
—Sé lo que es perderla, Enzo. Lo sé más que nadie. Y aunque la ame, aunque quiera que sea feliz, me aterra que alguien como tú... alguien con un pasado como el tuyo, termine lastimándola, arrastrándola a un mundo de mierda del que nunca va a poder salir.
Hace una pausa, su voz se vuelve más suave, más quebrada.
—No sé si puedo confiar en ti, ni siquiera sé si confío en mí mismo... Pero si hay algo en lo que tengo claro, es que si lucho por ella, lo haré hasta el final, aunque eso signifique perderlo todo.
Con una mirada intensa, llena de comprensión y una determinación compartida, nos acercamos el uno al otro. Las palabras sobran ahora; lo que importa es el peso de lo que está por venir. Nos tomamos de las manos, el contacto eléctrico y firme, una promesa muda de lucha y sacrificio. En ese apretón, hay un pacto silencioso, tan fuerte como cualquier juramento, como si la vida misma dependiera de ello.
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Ardiente Deseo
RomanceArdiente Deseo cuenta la historia de Enzo kisngley, un jefe de la mafia que, obligado a mantenerse bajo perfil, se infiltra en una universidad haciéndose pasar por profesor durante una semana. Para él, se trata de una medida temporal, solo una estra...
