Ardiente Deseo cuenta la historia de Enzo kisngley, un jefe de la mafia que, obligado a mantenerse bajo perfil, se infiltra en una universidad haciéndose pasar por profesor durante una semana. Para él, se trata de una medida temporal, solo una estra...
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Denisse Fizgerald
Intento bajar de la cama con cuidado y caigo de cara en el suelo, haciendo una especie de horrible sonido cuando toco el suelo. Mi cuerpo está temblando y mi mente está en una nube. Casi no puedo pensar por las estrellas que están girando en mi cabeza y mis muslos que están temblando y tiritando.
Cojo fuerza y me levanto del suelo, corro hacia el baño cerrando con seguro, camino hacia el espejo y miro mi reflejo. ¡Maldita sea! Me dejó marcas por todos lados ¡y están visibles!
¡Uy! Y tienes que ver la marca que tienes en el culo.
¡Qué!
Me volteo rápidamente subiéndome la camiseta y veo una gran marca morada en mi nalga. ¡Cabron!
Ahora lo insultas, pero anoche no parabas de pedir más, ¿eh?
Cállate, Agnes, por favor.
¿Por qué lo haría? Jajaja, te están marcando el culo.
Me tapo la cara con las manos. ¡Ay, qué vergüenza!
¿Vergüenza de qué? Si hasta tienes su camisa encima.
¿Qué?
Me quito las manos de la cara y veo mi cuerpo, con razón me quedaba grande.
¿Eh? ¿No crees que estás llegando tarde a la universidad?
Abro los ojos asustada y me quito la ropa rápidamente, me meto a la ducha y me baño, me cepillo los dientes y me aseo, salgo corriendo a la habitación envuelta en una toalla. Enzo ya no está en la habitación, no le doy importancia y corro hacia el armario desesperada, busco un outfit, me pongo unos jeans, un top blanco, un suéter rosa encima y unos tenis blancos.
Cuando estoy por salir de la habitación, veo una nota arriba de la cama, la agarro, la pongo en mi bolsillo y salgo de la habitación, camino por el pasillo, bajo las escaleras sonriendo. Pero no me dura mucho la sonrisa al ver a mi madre en la sala. Se para al verme y camina hacia mí enojada.
—¿¡Qué hacía Enzo en tu habitación!? ¡Eh, explícame! —ordena cruzando los brazos.
La ignoro pasando por su lado.
—No te debo ninguna explicación y más con esa cara desfigurada, pareces un monstruo —menciono rodando los ojos.
—¡Estúpida! ¿Qué hiciste anoche? —Me grita. Su rostro está desfigurado por el enojo, sus pequeños ojos hundidos amenazándome.
—Eso... eso no es de tu incumbencia —me justifico.
—¿Cómo que no es de mi incumbencia? ¡Estás bajo mi techo!
Paro en seco frente a la puerta, me doy la vuelta mirándola fijamente.
—¡Así! ¡Pues métete tu casa donde te quepa, maldita vieja! —grito saliendo de la casa, escuchando sus gritos.