Ardiente Deseo cuenta la historia de Enzo kisngley, un jefe de la mafia que, obligado a mantenerse bajo perfil, se infiltra en una universidad haciéndose pasar por profesor durante una semana. Para él, se trata de una medida temporal, solo una estra...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Enzo Kingsley
—¿Entonces no vas a hablar? —preguntó levantando una ceja. Luisa niega desesperada.
Me alejo de ella sentándome frente a ella con el bate en la mano.
—Mira, Luisa, no quiero perder mi paciencia contigo ¿sí? ¡Así que abre esa maldita boca! ¡Y habla ahora! Me tienes cansado, maldita perra.
Luisa tose, ensangrentada y despavorida, mientras me clava su mirada enrojecida en mí.
—¡Nunca te contaré nada! —grita, su voz rasgada por el dolor y los sollozos.
Con una calma mortal, me levanté del taburete enfrente de ella y levanté el bate.
—¡Eres tan testaruda! —grito yo mientras sacudo el bate. Siento el poder y la ira inundarme—. ¡Tú lo has elegido, Luisa!
Pego el bate contra su estómago con toda mi fuerza. Ella se desploma en el suelo, tosiendo y jadeando. Un charco de sangre se extiende bajo ella.
—¿Todavía no quieres decirme nada?
Veo como comienza a temblar en el piso, su piel se comienza a poner pálida tal vez por la pérdida de sangre.
—N..no lo sé —oigo susurrar, me agacho a su lado y le agarro el cuero cabelludo jalando con fuerza.
—¿¡Qué has dicho!? ¡Responde, carajo! ¿¡Cómo que no sabes dónde está Denisse!? ¡Maldita perra!
—¡No lo sé, no lo sé! No sé dónde está esa maldita bastarda, solo la dejé en casa sola y cuando volví, esa estúpida no estaba en ninguna parte —responde sollozando, los oídos me comienzan a pitar, la vista se me nubla.
Me levanto del piso y golpeo a Luisa en el costado. Ella gime de dolor, intentando girar para evitar mis patadas. Cada golpe se vuelve más fuerte que el anterior.
Mis patadas siguen, más y más fuertes, contra sus costillas quebradizas. Siento como la sangre gotea de mis botas, sonrío irónicamente.
Entonces, Luisa comienza a toser y escupir sangre y sus gemidos se desvanecen.
La sangre empieza a acumularse en el suelo. Sé que Luisa no podrá resistir mucho más, pero no quiero terminar con ella todavía. Eso se lo dejaré a Denisse.
—Vamos, Lu, dime lo que quiero saber. ¡Solo eso tienes que hacer, maldita sea! —grito.
Suelto un suspiro y ordeno a mis hombres que traigan el instrumento de tortura. Estos entran en la habitación con un cilindro largo y negro y lo conectan a una corriente.
—¡No, no, Dios mío, por favor, no!
—¿Sabes qué, Lu? Hoy tienes un tiro de gracia. Quiero cuestionarte varias cosas y me vas a responder con la verdad ¿Entendiste? —ordeno.