Ardiente Deseo cuenta la historia de Enzo kisngley, un jefe de la mafia que, obligado a mantenerse bajo perfil, se infiltra en una universidad haciéndose pasar por profesor durante una semana. Para él, se trata de una medida temporal, solo una estra...
Subo al auto despidiéndome de mi padre y me recuesto en el asiento. Mi espalda me duele, no es fácil llevar a un bebé en el vientre.
El nuevo guardaespaldas arranca el motor y salimos de la propiedad de mi padre. Estoy emocionada por ver a Enzo; anhelo su cariño y dormir toda la noche escuchando los latidos de su corazón.
La larga y solitaria carretera se extiende ante nosotros. Los guardaespaldas conducen por rutas poco familiares y apartadas, y el silencio se hace pesado en el coche. Al notar cómo las sombras se deslizan sobre el asfalto, me doy cuenta de que están desviándose del camino que deberían seguir.
Mi corazón empieza a latir más rápido mientras una sensación de angustia me invade. ¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué se apartan de la ruta? ¿Qué instrucciones han recibido? La confusión me hace sentir que estoy perdiendo la cordura.
—Eh, creo que se están desviando del camino —digo con ansiedad, sin recibir respuesta.
—¡¿Qué estás haciendo?! —exclamé, aterrorizada, al notar que uno de los guardaespaldas extraía una pistola de su funda y la dirigía hacia mí mientras conducía.
—¡Cállate! —dijo, golpeándome con el cañón de la pistola.
Intenté contener las lágrimas, pero me resultaba casi imposible. El miedo y el pánico me invadían por completo.
Me agarré la pancita, sintiendo cómo el pánico me consumía lentamente. No puede estar sucediendo esto ahora; no, Dios mío, no en este momento en que estoy vulnerable por el embarazo y no tengo manera de defenderme.
Siento que la garganta se me cierra y las palabras se me escapan mientras observo al guardaespaldas con la pistola apuntada hacia mí, sus ojos fríos y vacíos.
—Sé lo que estás pensando —dijo—. ¿Crees que tienes todas las de perder? Y asi es ya que cargas a ese bastardo en el vientre Todavía queda un camino para ti. ¡Vamos muñequita Solo tienes que ser cooperativa!
—Lo hare.. —susurré, apretando los ojos con fuerza, tratando de mantener la calma mientras el guardaespalda me obligaba a cooperar—. ¿Qué quieres que haga?
<<Ahora solo queda resistir; no puedo arriesgarme a perderte. Estoy segura de que Enzo nos encontrará, pero mamá hará todo lo posible por sobrevivir. Sin ti, nada tiene sentido.>>
—Todo lo que te digamos —dijo el guardaespalda— Es tu vida o la del bastardo ¿Lo entiendes?
Asiento en silencio, abriendo los ojos con cautela. El coche se detiene frente a un almacén aislado en medio del bosque, y me obligan a entrar.
Dentro, Alexander me espera, sentado junto a una mesa. Me dedica una sonrisa gélida y desafiante, mientras sus ojos reflejan una frialdad aterradora.
—¡Me traicionaron por ese bastardo! ¡Al menos lo habrían hecho por alguien que valiera la pena y no por un idiota que se cree mafioso! —les grito a los guardaespaldas, furiosa.
—¡Ella está embarazada!—responde uno de los guardaespaldas, con voz fría y neutral.
—No me digas estupido—respondo tajante rodando los ojos
—Sí, es verdad —contesta Alexander, dando una carcajada
Lo observo levantarse del asiento y acercarse a mí. Intento resistirme, pero me sujetan con más fuerza.
—Mmm, Denisse Fitzgerald, alias "la Emperatriz". Veintitrés años, hija del magnate Edgar Fitzgerald y esposa de Enzo Kingsley. Un placer conocerte al fin. Ahora entiendo por qué Enzo te protege tanto; eres realmente deslumbrante.
—¿Y a ti qué te importa mi vida? Ah, es verdad, tu mujer prefirió suicidarse en vez de quedarse contigo, no tienes papá y tu hijo te odia. Aww, solo eres un estúpido frustrado sin futuro que prefiere jugar al mafioso. Qué triste tu realidad, la verdad, eh—soy callada por una bofetada que resuena en el aire. Sus fosas nasales se dilatan, su ceño se frunce y sus manos se convierten en puños.
Sonrío con cinismo y le escupo sangre en la cara, llena de rabia. Él retrocede rápidamente, limpiándose la sangre del rostro.
—¡Llevense a esta maldita zorra a la fosa! ¡ahora mismo!—grita furioso
Me arrastran escaleras abajo y me empujan dentro de la fosa, cerrando la puerta tras de mí.
Un viento frío y húmedo me golpea el rostro, y me doy cuenta de que estoy en un lugar que huele a descomposición, donde el sonido de cadenas oxidadas resuena a lo largo de las paredes.
Me quedo frente a la puerta, procesando y evaluando la situación. La fosa está iluminada solo por una luz parpadeante, y el olor es insoportable. Me envuelvo los brazos alrededor de mi cuerpo, temblando levemente.
De repente, un llanto profundo y resonante comienza a retumbar a través de las paredes. Dirijo la mirada hacia una esquina de donde proviene el sonido, sintiendo un escalofrío recorrerme.
En la esquina hay una chica pequeña y delgada, con el cabello negro desordenado y el rostro sudoroso y pálido.
Me acerco hacia ella, sintiendo un nudo en el estómago a medida que me acerco. Su rostro es redondo y sus ojos son de un gris profundo, como un cielo nublado, cargados de emociones reprimidas. Sus labios, sorprendentemente rosados, contrastan con su piel cenicienta.
Está cubierta de polvo y su ropa está desgastada, su cabello carece de brillo. Me pregunto cuánto tiempo ha estado atrapada aquí.
Cuando por fin estoy frente a ella, levanta la mirada. Veo un destello de esperanza en sus ojos, y las lágrimas que caen por sus mejillas se detienen por un instante.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
—H-hola—dice con voz temblorosa.
—Hola—respondo, un poco insegura.
—¿Q..quieres sentarte conmigo?
A pesar de mi incertidumbre, me siento a su lado con dificultad. Un silencio pesado nos envuelve durante varios minutos, hasta que reúno el valor para preguntar.
—¿Quién eres? —digo, confusa.
—Yo... yo soy la chica...
Su voz se quiebra y se ahoga en un tos. La miro, esperando más.
—¿Cuál es tu nombre? —pregunto con curiosidad.
—Soy... Eleonor.
Me observa con ojos brillantes y llenos de miedo, y me pregunto cómo terminó en este lugar y quién la dejó allí.
—¿Cómo llegaste aquí, Eleonor? —pregunto, intentando que no se desvíe de la conversación.
—M..mi hermana me traicionó—dice, mientras las lágrimas amenazan con volver a brotar.
—Mírame, Eleonor. Una hermana de verdad jamás haría eso. Quien te traiciona de esa manera no merece tu amor ni tu lealtad. Aprende a distinguir quién realmente está de tu lado y quién solo busca aprovecharse. A veces, confiar en las personas equivocadas nos deja cicatrices, pero no significa que debamos perder nuestra humanidad. Usa esa experiencia para volverte más fuerte.
—Eleonor. A veces, aquellos que deberían protegernos terminan traicionándonos, pero eso no define tu valor. No es tu culpa que te hayan tratado así, y mucho menos significa que merezcas este dolor. Eres fuerte y valiosa, y aunque el mundo haya sido cruel contigo, recuerda que aún puedes ser más fuerte. No dejes que la oscuridad te robe la esperanza.—Digo, tomando su mano gélida.