Capitulo 39

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Denisse Fitzgerald

Un pequeño extra

Cuarto mes

Me di la vuelta, mirando mi reflejo en el espejo. Mi barriguita había crecido un poco más, y me veía como hinchada. Unas pequeñas estrías comenzaban a asomar, pero no me molestaban. Bajé la camisa, soltando un suspiro, mientras mis dedos rozaban la piel suave, como si intentara asimilar lo que estaba sucediendo dentro de mí.

Al darme la vuelta, choqué con Enzo, que, sin pensarlo, me alzó en el aire, haciéndome reír con su fuerza inesperada. Su risa también llenó el espacio, una mezcla de felicidad y amor que hacía que mi pecho se inflara con algo más que solo aire.

- ¿Qué te pasa? - me preguntó entre risas, mientras me recostaba en la cama.

Me acomodé, y él se tumbó a mi lado, sin soltarme. Su cabeza descansó sobre mi vientre, como si él también pudiera sentir el latido de la vida que compartíamos. Estábamos en silencio, pero un silencio lleno de significado. Cada respiración que tomábamos se entrelazaba, y sentí la calidez de su cuerpo al lado del mío, una sensación de protección que me envolvía por completo.

- Creo que es real, ¿verdad? - susurré, acariciando su cabello mientras miraba al techo, perdida en mis pensamientos.

Enzo levantó la cabeza y me miró, sus ojos reflejando una suavidad que rara vez dejaba ver.

- Es más real que nunca - respondió con una sonrisa, y volvió a apoyar su cabeza en mi abdomen, como si quisiera estar lo más cerca posible de nuestro pequeño.

El sonido de su respiración tranquila y el leve movimiento de su cuerpo sobre la cama me tranquilizaron. En ese momento, no necesitaba más palabras. Solo necesitaba saber que, pase lo que pase, íbamos a estar bien

Quinto mes

El sol se colaba suavemente por la ventana, tiñendo de dorado la habitación. Me desperté, aún medio dormida, y me encontré con Enzo, quien ya estaba a mi lado, observándome con una sonrisa que no podía esconder. Sus ojos, siempre intensos, ahora tenían un brillo especial, como si estuviera contemplando algo que solo él podía ver.

Me estiré lentamente, y él aprovechó el momento para colocar una mano suavemente sobre mi vientre, acariciando la curva que ya comenzaba a ser más evidente.

- ¿Cómo estás, mi amor? - preguntó, su voz suave, casi un susurro.

Miré sus ojos, y sentí que, en ese instante, todo el mundo desaparecía. Solo existíamos él, yo y ese pequeño ser que aún no conocíamos, pero que ya llenaba nuestras vidas con un amor inexplicable.

- Estoy... bien - respondí, con una sonrisa que no pude contener.

Me acurruqué contra él, apoyando mi cabeza en su pecho, y sentí cómo su brazo me rodeaba protectivamente. La calidez de su abrazo me tranquilizó, y en su latido, escuché algo más que un simple pulso: escuché nuestro futuro, nuestra familia.

Enzo susurró algo en mi oído, pero no lo entendí. No importaba. Lo que importaba era que, en ese momento, todo parecía perfecto.

Sexto mes

Me senté al borde de la cama, mirando mis piernas que, de alguna forma, parecían más lejanas. La barriguita crecía y, con ella, también la sensación de que ya no podía moverme con la misma agilidad. Cada movimiento era más lento, y al intentar levantarme, un pequeño suspiro escapó de mis labios.

Enzo estaba allí, observándome en silencio desde la puerta. No hacía falta que dijera nada, su mirada lo decía todo. Su preocupación por mí había crecido, pero también su ternura, y eso me hacía sonreír.

- ¿Necesitas ayuda? - preguntó, acercándose con pasos suaves.

Sacudí la cabeza, aunque sabía que en el fondo, sí lo necesitaba. Mi estómago era tan grande ahora que incluso ver mis piernas se había convertido en un desafío.

- Sólo un poco más... - murmuré, esforzándome por levantarme.

Enzo, como siempre, no esperó más. Se acercó y, sin decir palabra alguna, me levantó con cuidado, asegurándose de que estuviera cómoda. Sus manos firmes, pero suaves, me rodearon y me alzaron como si no fuera nada. En ese momento, sentí que no solo cargaba con la vida que llevaba dentro, sino también con todo el amor que él me daba sin pedir nada a cambio.

Me recostó suavemente contra el respaldo de la cama y, al mirar su rostro, me di cuenta de lo mucho que había cambiado todo. Mi cuerpo, mi vida... Todo parecía haber tomado un giro, pero lo más hermoso de todo era saber que íbamos a ser tres.

Enzo se agachó frente a mí, tomando mi mano, y con una sonrisa tranquila me dijo:

- Te amo, mi vida. A pesar de todo esto, sigues siendo la mujer más hermosa.

Me quedé en silencio, con los ojos llenos de emoción, porque a su lado, incluso en los momentos más difíciles, todo parecía más ligero.

Séptimo mes

El calor de la oficina me envolvía como un abrazo incómodo. No era solo el calor, sino también la pesadez que sentía en mi cuerpo. A cada paso, el peso de la barriguita se hacía más evidente, y mi estómago comenzó a revuelverse. Miré a papá a mi lado, tratando de mantener la compostura, pero sabía que no lo estaba logrando.

- Papá... creo que necesito un momento - murmuré, luchando por no mostrar lo mal que me sentía.

Edgar, siempre tan perceptivo, no dijo nada. Solo me tomó suavemente del brazo y me condujo al baño, abriéndome la puerta con cuidado. No tenía fuerzas para resistirme. En cuanto entré, me apresuré a inclinarme sobre el inodoro, la sensación de náuseas invadiéndome por completo.

El tiempo se estiró mientras mi cuerpo reaccionaba a la incomodidad. Después de un rato, los mareos se calmaron, y solo quedaba el sabor amargo en mi boca. Salí del baño, sintiéndome débil y agotada. Papá estaba esperándome allí, fuera de la puerta, con el pañuelo en mano. Sin una palabra, me limpió la frente y me abrazó.

- Tranquila, hija. Estoy aquí - susurró, rodeándome con sus brazos.

Su abrazo me dio fuerzas para seguir, aunque solo fuera un poco. A veces, con solo saber que papá estaba ahí, todo parecía un poco más soportable.

Octavo mes

Enzo kisngley

La noche estaba en silencio, pero algo en el aire me alertó. Me desperté de golpe, sobresaltado, al escuchar un suave sollozo proveniente de Denisse. Mi corazón dio un brinco. La miré a oscuras, viendo solo la silueta de su cuerpo recostado junto a mí.

- ¿Denisse? - susurré, con la voz cargada de preocupación.

Ella se giró hacia mí, los ojos vidriosos, las lágrimas cayendo sin control. Me incorporé rápidamente, acercándome para tomar su mano, sintiendo el calor de su piel.

- ¿Qué pasa, amor? - pregunté, más tranquilo ahora, pero aún sin comprender por qué lloraba.

Denisse respiró hondo, mirando hacia el techo antes de soltar, entre sollozos, las palabras que me dejaron sin aliento.

- Quiero helado de fresa... y panqueques... - dijo entre lágrimas, como si fuera lo único que necesitaba en ese momento.

No pude evitarlo. Una risa suave, tierna, se escapó de mis labios. Sus lágrimas, aunque aún caían, no podían apagar la ternura que sentía por ella.

- ¿Helado de fresa y panqueques? - repetí, con una sonrisa. - A esta hora, ¿eh?

Denisse me miró con una mezcla de tristeza y culpa, pero yo solo la rodeé con mis brazos, besando su frente.

- Voy por ellos, ¿dónde más podría estar? - dije, acariciando su cabello, sintiendo su cuerpo relajarse un poco en mis brazos.

Y aunque no entendía bien de dónde venía esa necesidad tan extraña, no me importó. Lo único que quería era verla tranquila.

Ardiente Deseo Donde viven las historias. Descúbrelo ahora