Capitulo 43

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Enzo Kingsley

—¡NO, NO, NO! ¡Maldita sea, ¡NO!

El rugido salió de mis entrañas como un animal herido. Mis manos volaron al escritorio y lo destrocé todo. Papeles, laptops, botellas… todo se hizo pedazos contra el suelo. El vidrio estalló. El metal chirrió. El aire se llenó de humo, polvo y rabia. Mi rabia.

Dos semanas.

Dos putas semanas.
Y Denisse seguía sin aparecer.

—¡HIJOS DE PUTA! —grité, escupiendo cada palabra con veneno, pateando el escritorio hasta hacerlo volar—. ¡NO PUEDE SER!

Me jalé el cabello. Sentía que el pecho me iba a reventar. Que los pulmones no daban más. Que el corazón se me quería salir por la garganta.
Había torturado.
Había quemado.
Había matado.

Y nada.
Ni una jodida pista.

Tomé el celular y lo estrellé contra la pared con toda mi fuerza.
Inútil.

Todos son inútiles.

Alexander B estaba jugando conmigo, y lo peor es que lo estaba haciendo bien. Me estaba provocando, me estaba empujando al límite. Usándola como su maldita carta de poder. Porque sabe lo que Denisse significa para mí.
Y no va por ella. No, cabrón… va por mí.

El odio se me subió a los ojos.
Me ardían.
Me temblaban las manos.
Estaba al borde.
Al maldito borde de convertirme en algo que ni yo reconocía.

Abrí el cajón, saqué mi arma. La sostuve como si fuera parte de mí. Como si fuera lo único que me mantenía en pie.

—Voy a destruirlo todo —susurré con una voz que ya no era mía. Era hueca. Fría. Una amenaza del infierno mismo—. A él, a su padre, a sus aliados… A TODO. Nadie va a quedar vivo.

Draco estaba ahí, mirándome. No necesitaba hablar. Su respiración pesada era suficiente. Él también lo sentía.
La tensión.
El olor a muerte.
El presentimiento de guerra.

Me giré bruscamente.

—Prepárate, cabrón —le dije, apretando la mandíbula tan fuerte que me dolió—. Porque esta noche, vamos a arrancar la verdad con los dientes si hace falta.

Y no se trataba de buscarla.

Se trataba de vengarla.
De arrasar el maldito mundo si no la devuelven.

Porque nadie me quita lo que es mío y vive para contarlo.
Nadie.

Salí disparado de la oficina como un maldito huracán.
No pensaba, no sentía… solo era furia, instinto puro.
Mi sangre era lava, mi visión, un túnel rojo.
Apenas abrí la puerta del garaje, ya estaba dentro del carro, pateando el acelerador como si eso pudiera apagar la tormenta que llevaba dentro.

El motor rugió como un demonio hambriento.

Apreté el volante hasta sentir los tendones crujir, el cuero desgarrarse bajo mis dedos.
Yo no era un hombre. Era un puto animal suelto.

—¡Conecten todos los canales AHORA MISMO! —troné. El Bluetooth se activó de golpe, y en segundos, las voces comenzaron a llegar.

—Jefe, ¿todo bien?

—¡CIÉRRATE LA BOCA! —escupí con la garganta ardiendo—. Escuchen bien, hijos de puta. La mansión en las afueras de San Marco. Tenemos coordenadas. Repito: TENEMOS COORDENADAS.

El silencio que siguió fue el del miedo.

—Rodeen por el este. Cortan la Ruta 4. Cierren la autopista vieja. Nadie entra. NADIE SALE. Si alguien huye, lo quiero en bolsas negras.

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⏰ Última actualización: Apr 15, 2025 ⏰

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