Capítulo 30

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Denisse Fizgerald

El aire en la elegante mansión de los padres de Enzo era denso, cargado de una tensión palpable. A medida que cruzaba el umbral, mi corazón latía con fuerza, no por temor, sino por la certeza de que estaba a punto de entrar en el territorio de la tempestad.

Llevaba un hermoso vestido rojo con brillos, corto y con un pequeño escote, y el pelo en una coleta con rizos. Usaba unos tacones hermosos que combinaban. Enzo y yo andábamos combinados; él tenía un traje gris con una corbata negra, bien peinado.

El vestíbulo era majestuoso, adornado con obras de arte y candelabros que reflejaban una luz tenue, creando un ambiente casi intimidante. Enzo, a mi lado, me miró con una mezcla de orgullo. Le sonreí, confiada, y nos adentramos juntos en el salón.

Allí estaban sus padres. El padre, un hombre de presencia imponente con un traje perfectamente cortado, se reclinaba en un sillón de cuero con una mirada que cortaba el aire. La madre, igualmente elegante, tenía una gracia fría que desafiaba a cualquiera a desentonar en su presencia.

—Denisse —dijo el padre de Enzo, su voz profunda resonando como un trueno—. He oído mucho sobre ti. Dicen que estás convirtiéndote en la mujer más temida de Alemania. Un honor, supongo.

—Solo hago lo que debo hacer —respondí con una calma calculada, sosteniendo su mirada—. El miedo y el respeto son dos caras de la misma moneda.

La madre de Enzo sonrió sutilmente, un gesto que no alcanzó sus ojos.

—La vida en este mundo no es un juego, querida. Necesitas astucia y fuerza para sobrevivir.

Sentí cómo la tensión aumentaba, pero en lugar de retraerme, me acerqué.

—No tengo miedo de la tempestad, señora. La convierto en mi aliada.

Los ojos del padre de Enzo se estrecharon, evaluándome.

—¿Crees que puedes manejar lo que esto implica? No es solo un desafío; es una guerra constante.

—Entonces que comience —dije con una sonrisa desafiante que revelaba mi verdadera esencia—. Estoy lista.

Todos nos sentamos en la elegante mesa y la conversación giró en torno a sus negocios, su visión del poder y la lealtad. Yo mantuve el control, dejando claro que no solo era una mujer en un mundo de hombres, sino una fuerza imparable por derecho propio.

La velada continuó en la mansión, y sentí cómo las miradas de los padres de Enzo se volvían más inquisitivas. La madre de Enzo, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos, rompió el silencio.

—Denisse, cuéntanos un poco sobre tu familia. Siempre es interesante conocer el trasfondo de las personas que se relacionan con nuestra familia.

La pregunta me dio un vuelco en el estómago. Respiré hondo, recordando el caos de mi infancia.

—La señora que prestó su vientre para que yo pudiera nacer tuvo sus propios demonios —comencé, mi voz controlada—. Era una mujer con problemas que a menudo proyectaba su dolor en mí. Pero eso me enseñó a ser fuerte y a luchar por lo que quiero.

El padre de Enzo se inclinó hacia adelante, sus ojos fríos y evaluadores.

—¿Y tu padre? Escuché que los dejó. ¿No era lo suficientemente fuerte para manejar la situación?

Sentí una punzada, pero no iba a permitir que me humillaran.

—Mi padre tomó decisiones que lo llevaron a estar lejos de mí. Aprendí que a veces es mejor dejar atrás lo que no te hace bien.

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