Madison y Vincent son estudiantes de instituto cuyos caminos se cruzan de manera inesperada. Madison, una chica sencilla y amable, se enamora de Vincent, el chico rebelde y popular del colegio. Lo que Madison no sabe es que su relación con Vincent f...
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Habían pasado días, tal vez semanas, desde que todo se había desmoronado. La habitación en la que me encerré parecía cada vez más pequeña, oscura, como si reflejara mi mente. Mi madre había insistido en que saliera, que enfrentara las cosas, pero no podía. Todo el mundo me odiaba, y con razón. Había arruinado lo más importante de mi vida: a Madison.
Aún podía ver su rostro cuando salió corriendo de la fiesta, destrozada, las lágrimas brillando en sus ojos. Y luego Julia… la mentira, la maldita mentira del bebé. Había intentado llamarla mil veces, dejarle mensajes, pero todo era en vano. Su silencio me consumía, y la culpa no me dejaba respirar.
Pero hoy, algo cambió dentro de mí. Tal vez fue el insomnio, o el dolor de saber que la estaba perdiendo más y más con cada día que pasaba. Sabía que si no hacía algo ahora, si no intentaba hablar con ella, la perdería para siempre. No podía dejar que eso sucediera.
Me puse de pie, recogí el poco valor que me quedaba y salí de la habitación. Mamá me vio bajar las escaleras, sorprendida.
— ¿Vinnie? —dijo, con esa mezcla de alivio y preocupación. — ¿A dónde vas?
— A hablar con Madison —respondí, mi voz más firme de lo que esperaba.
Ella asintió lentamente, sin preguntar más. Sabía que no había otra opción. Sabía que esto era algo que tenía que hacer.
El camino hacia la casa de Madison fue un completo infierno. Cada señal, cada semáforo, cada esquina me recordaba a ella, a los momentos que habíamos compartido. ¿Cómo lo había dejado llegar hasta aquí? Cada segundo me dolía más, pero tenía que seguir adelante. No importaba si me odiaba, si Mark me arrancaba la cabeza. Tenía que intentarlo.
Cuando llegué a su casa, el corazón me golpeaba con fuerza en el pecho. Me quedé un momento en el coche, respirando hondo, como si estuviera a punto de entrar en una zona de guerra. Pero finalmente, reuní el valor y salí, caminando hacia la puerta.
Toqué el timbre y esperé, nervioso. Rogaba que no fuera Mark quien abriera la puerta. No estaba seguro de sobrevivir a otro golpe.
La puerta se abrió, y ahí estaba Roger, el padrastro de Madison. Me miró durante unos segundos, y no pude leer su expresión. No era exactamente rabia, pero tampoco era una cálida bienvenida.
— Necesito hablar con Madison —le dije, sintiendo cómo la voz se me quebraba un poco. — Tengo que disculparme, explicarle todo… no puedo dejar que todo termine así.
Roger suspiró, como si estuviera cargando con un peso que no le correspondía. Me miró con una mezcla de cansancio y lástima.
— Tienes suerte de que Mark no esté en casa —dijo, mirándome fijamente. — De lo contrario, no sé si estarías de pie mucho tiempo más.