Germán se sentó junto a Carmen. Llevaban muchos años trabajando codo con codo. No solo su valía como ingeniera en computación e informática era indiscutible, a menudo les daba una vuelta de rosca a las investigaciones con un sexto sentido que, en opinión del inspector, solo las mujeres podían poseer... Y pocas veces se equivocaba.
—Cuéntame, ¿qué has encontrado?
—Está gorda y detesta estarlo.
Germán sabía que ahora vendría un torrente de información para el que debía estar preparado.
—Apunta cada día su peso, su composición corporal y las medidas de sus contornos. Lleva un registro meticuloso de su ciclo menstrual, anotaciones sobre la ovulación, los días de regla e incluso la cantidad de flujo. Calorías ingeridas, litros de agua, pasos andados... Cada día se hace una fotografía desnuda. También escribe cómo se siente y... hace alrededor de un año descubrió que tenía un trastorno alimentario.
—¿Bulimia? ¿Anorexia? —Preguntó el inspector.
—No, uno menos conocido, pero más frecuente. Trastorno por atracón.
—¿Qué es eso?
—Digamos que es como la bulimia, se ingieren grandes cantidades de comida en muy poco tiempo, pero sin vómitos. Se diagnosticó ella misma buscando en Internet y acabó yendo a terapia. Su psicóloga se llama María Blanco, tiene la consulta cerca de Plaza España.
—Disculpa, Carmen, no consigo ver la relación con su desaparición.
—Estas personas suelen llevar su enfermedad en silencio. Van acumulando años de malestar, insultos, soledad y desprecio hacia ellas mismas, hasta que llega un momento en el que ya no pueden más.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que si ha buscado ayuda y no le ha ido bien, es posible que se le haya pasado por la cabeza dejar de sufrir.
—¿Me estás diciendo que pudo haberse suicidado?
Carmen no quiso contestar, pero tampoco hizo falta. El gesto de su rostro fue suficiente para que un escalofrío recorriese el mal cuerpo que se le acababa de quedar al inspector.
—¿Y por qué dices que en las consultas con la psicóloga no le fue bien?
—Porque no bajó de peso.
No quería decirle a su compañera que aquello le sonaba ridículo. Trató entonces de buscar las palabras adecuadas.
—Pero no iba a la psicóloga a bajar de peso, iba a tratar su problema mental, ese que le llevaba a la adicción a la comida, ¿no?
—Sí, pero eso debía conllevar una bajada de peso, al menos ella seguramente lo pensaría así. Y, como puedes ver, desde la primera consulta con la psicóloga hasta la última subió dos kilos.
Germán seguía el dedo de Carmen por la pantalla del ordenador cuando Agustín los interrumpió haciendo sonar sus nudillos sobre la puerta.
—Disculpen. Están aquí dos compañeros de Rebeca Ramírez y su supervisora.
—Ahora voy, Agustín, acompáñalos a mi despacho, por favor.
El inspector trató de empatizar con la chica. A él también le sobraban unos kilos, pero no lo veía motivo suficiente para acabar con su vida. Sin embargo, no le quedaba más remedio que plantearse esta nueva hipótesis. Hasta el momento solo había pensado en depravados sexuales y sectas.
—Trataré de hablar con su psicóloga, Germán —añadió Carmen a modo de despedida—. Verás como no me equivoco. Y créeme, esta chica caminaba bajo el yugo de la autocrítica más feroz y, por supuesto, de los malintencionados juicios ajenos.
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Gorda
Mystery / Thriller¿Y si los complejos nos llevan a traspasar los límites más oscuros?
