Ya no recordaba cómo se vivía antes de entrar en el Cuerpo: ajeno a la maldad, a los asesinos, ladrones, proxenetas, tráfico de drogas, de armas y ajeno a las desapariciones de pobres inocentes cuyo destino había decidido esa lacra social que, paradójicamente, acababa dándole de comer al inspector.
Cogió su teléfono móvil y buscó el número de su mujer. A esas horas estaría trabajando, preparándose para un merecido fin de semana de descanso en el que, de no ser por sus continuas meteduras de pata, comenzaría con un desayuno en la Cafetería Vivaldi. No haría falta que la camarera les tomase nota, a los pocos minutos de atravesar el umbral se acercaría a su mesa con dos cafés con leche, el suyo con dos azucarillos en lugar de uno, y les pondría una bandejita en el centro con pan tostado, mantequilla y mermelada de fresa y melocotón. Desayunarían en silencio, quizá comentando algún evento próximo, como un cumpleaños o un viaje de fin de semana. Después leerían las noticias en el Faro de Vigo o La Voz de Galicia; Germán se pararía en la sección de sucesos mientras que Silvia lo haría en la de cultura.
—¿Inspector?
—Dime, Agustín.
—Ya hemos llegado.
Germán descendió del vehículo camuflado desde el asiento del copiloto y echó un visual rápido de trescientos sesenta grados.
—¿Qué opinas, Agustín?
El agente fijó la mirada en los diferentes áticos de la calle.
—No podría señalar ninguno —afirmó—, aunque sí descartar la mayoría.
El desánimo estaba ganándole la batalla al inspector.
—Vamos a por tabaco.
Mezclarse entre la gente yendo de incógnito era sencillo, nada comparado con ese uniforme que, en más de una ocasión, habría jurado que portaba luces de colores por cómo lo veían los transeúntes.
—Mire, no quiero verlo más por aquí, no soy de esa clase de gente que busca ni sé dónde puede encontrar a alguien así —soltó el dependiente del estanco tan pronto como vio aparecer a Germán.
—Ni yo soy de esos que fuman —sentenció este mostrándole su placa—. Solo necesito que me diga si conoce alguno de estos individuos, sé que han estado por la zona.
Germán comenzó a leer, uno a uno, los nombres que llevaba anotados César en su agenda ante la estupefacta mirada del hombre que se hallaba tras el mostrador.
—Tres de ellos: Manu, Pepe y Sebas... se llaman como los hijos de la Vacaloura, pero no sé si serán ellos.
—¿Quién es la Vacaloura? —se adelantó Agustín.
—Era una buena mujer que vendía hortalizas en el Mercado del Progreso. Trabajaba de sol a sol desde que enviudó. Sus hijos tuvieron que criarse solos y... no les fue demasiado bien, acabaron todos metidos en asuntos turbios. No creo que encuentren a nadie dispuesto a hablarles de ellos y ya les digo que yo tampoco voy a hablar, no quiero problemas con esa gente.
Germán buscó las palabras correctas en su cabeza antes de pronunciarlas y ajustó su tono de voz hasta volverlo manso.
—¿Por qué zona se mueven? Dígame solo eso, necesito ubicarlos.
—Suelen andar los tres juntos por la zona del parque, a veces va alguien más con ellos, pero no sé a dónde se dirigen ni para qué. Y no quiero hablar más del asunto.
El inspector tomó aire.
—Está bien, gracias. Si recuerda algo más le ruego que se ponga en contacto conmigo.
Salieron del estanco tras dejar escrito en un trozo de papel el número de teléfono del inspector.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Agustín.
—Intentar buscar a esta gente en nuestros archivos, si tienen ese historial delictivo tendrán que estar fichados y... llamarlos por teléfono.
—¿Qué?
Germán sacó su teléfono personal del bolsillo. Tú llama a Carmen y dale los nombres.
—¡Manu, cuánto tiempo!
—¿Quién cojones eres? —preguntaron al otro lado de la línea.
—No te hagas el sorprendido... Mira, que vengo a hacer un currito para el Joan, pero no doy con el puto piso.
Agustín estudiaba inquieto la conversación, aquello era de lo más extraño que se había encontrado en su carrera.
—¿Y por qué coño no lo llamas a él?
—No me coge el teléfono —improvisó el inspector—, pero me dijo que tú también ibas a estar, por eso te llamo.
—¡Pero si ese cabrón no me ha llamado! ¡Será hijo de...!
—¿Ha colgado? —preguntó Agustín.
—Sí, y ahora reza.
—¿Para qué?
El teléfono comenzó a sonar.
—Sí.
—Este maricón no me coge, ¿cómo me dijiste que te llamabas?
—Juan —afirmó el inspector.
—No me suena... Juan qué.
—Me llaman Lope —volvió a improvisar.
—Espérame junto a la oficina de seguros, voy para ahí.
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Gorda
Mystery / Thriller¿Y si los complejos nos llevan a traspasar los límites más oscuros?
