GERMÁN - CAPÍTULO 37: ENCUENTROS

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Su mujer no aprobaría aquella situación. Lo llamaría egoísta... y quizá lo fuese. Siempre creyó que el ser humano era altruista por naturaleza, pero había un resquicio de duda: ¿somos altruistas porque nos gusta hacer el bien, sin más, o porque nos sentimos recompensados con la felicidad ajena? En este caso estaríamos buscando un fin, ¿no es así? Y ese fin... ¿tumbaría su teoría sobre el altruismo innato? ¿Podría considerarse entonces un ser egoísta?

—Le dije a este cabrón que necesitaba pillar pepa, que me llamase para cualquier trabajo, le voy a reventar el cráneo —dijo Manuel mientras se dirigía a pie hasta el último piso del inmueble.

—Eso se lo decimos todos —¿habría colado? ¿Aquel individuo desaliñado lo vería como a un "igual"?

De pronto, los pasos de Manuel se detuvieron en seco y giró hacia el inspector con aplomo, dejando una separación entre sus rostros de escasos centímetros.

—No sé nada de ti —lo apuntó entonces con el dedo índice de su mano derecha—, como me estés jodiendo te juro que después de cargarme al imbécil de Joan, serán tus sesos los que esparza por el suelo.

—Ni yo sé nada de ti —afirmó el inspector aguantándole la mirada con una seguridad de la que no disponía—, pero necesito ese curro más que tú, eso seguro.

Manuel empezó a reír a carcajadas.

—¡Tú no eres más que un puto pervertido! —sentenció dándole una palmada en el hombro.

Germán no sabía cómo actuar ante aquella acusación.

—Eso no es asunto tuyo —soltó al fin.

—¡Pedazo cabrón! —exclamó Manuel antes de volver a dirigir sus pasos hacia los pisos superiores.


Llamaron a la puerta de forma contenida, ninguno de los dos sabía si en aquel edificio vivía alguien más y no pretendían llamar la atención.

—¡Joan! Soy yo —dijo Manuel.

Sus nudillos empezaron a golpear la puerta con más fuerza hasta que, al cabo de un par de minutos, fueron sustituidos por patadas y puñetazos.

—¡Abre la puta puerta!

—Déjame a mí —pidió el inspector.

Manuel se echó a un lado.

—¡Rebeca!, ¿estás ahí?

—¡¿Pero a ti qué coño te pasa?!

—¡Rebeca!, ¿puedes oírme?

Manuel sacó un puñal del interior de su camisa de cuadros y acercó la punta al abdomen del inspector.

—¿Quién-coño-eres?

Germán levantó las manos y, en lugar de dirigirse a su atacante, gritó al interior del inmueble.

—¡Rebeca, sé que puedes oírme! ¡Soy el inspector de policía Germán Gómez! ¡Llevamos días buscándote! ¡Espero que estés bien! ¡He venido a ayudarte!, ¿me oyes? ¡En unos minutos todo el edificio...!

Manuel, con el rostro desencajado, asestó una puñalada en el abdomen de Germán interrumpiendo su discurso. En cuanto lo vio caer de rodillas, se escabulló de la escena bajando cada tramo de escaleras en uno o dos saltos.

—Hijo de puta —masculló alejándose del inspector malherido.

—¡Abre la puerta, Rebeca, estoy yo solo! ¡No hay nadie más! ¡Abre la puerta!

Germán oyó un pequeño ruido al otro lado.

—Rebeca, por favor...

Unos pocos centímetros dejaron ver aquella mirada que tan grabada tenía el inspector en su retina.

—¡Rebeca!

El dolor le cortaba la respiración, pero estaba feliz, Rebeca permanecía con vida y las sirenas comenzaban a oírse en la lejanía.

—¿Me está mintiendo?

Germán sacó su cartera del bolsillo y la deslizó entre el hueco por el que podía ver a la joven.

—Ahí está mi placa, búscala.

Un estruendo en el portal del inmueble sentenció el final entre la conversación de Rebeca, que pegó un fuerte portazo, y Germán.

—¡No! ¡No cierres la puerta!

—¡Inspector!

Agustín se tiró al suelo junto a él y le taponó la herida con las manos.

—Está viva, Agustín, tenemos que entrar ahí.

El rostro del inspector empezaba a perder color.

—¡Una camilla, rápido!

—Pero, ¿qué haces? ¡Rebeca está ahí dentro, imbécil!

—Si pierde más sangre morirá.

—¡Abre esa maldita puerta, Agustín, o te juro que saldremos los dos de aquí en una caja de pino!





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