El inspector llegó a casa pasadas las tres del medio día. Sabía lo que eso suponía, pero no podía demorar los pasos de la investigación.
-Buenas tardes -saludó dejando las llaves en la bandeja de plata que reposaba sobre el mueble recibidor.
-Buenas tardes, don Germán.
-Silvia está ya en casa, ¿verdad? -Preguntó.
-Sí, está sentada a la mesa, esperando por usted para comer.
-Gracias, Aurora.
Silvia leía el periódico frente a su plato vacío. El inspector Gómez se aproximó a ella y le dio un beso en la sien.
-Hola, cariño.
Sabía que estaría enfadada con él por haber llegado tarde.
-¿Qué ha pasado? -Preguntó su mujer sin apartar la vista de su lectura tratando de mantener la compostura.
-Ha desaparecido una chiquilla -se excusó Germán.
-Una chiquilla de...
-...22 años -añadió el inspector.
-Entiendo -contestó la mujer dejando por fin a un lado el periódico y sacándose las gafas.
Germán agradeció la interrupción de Aurora, que les sirvió una fuente humeante de cordero asado con patatas panaderas y pimientos.
-Muchas gracias, Aurora -dijo este.
Vio cómo Silvia desdoblaba la servilleta de tela para colocarla con delicadeza sobre su falda de tubo.
-¿Y qué tal tu día? -Preguntó Germán en un intento por tratar de evitar el rapapolvo que vendría, con total seguridad, a continuación.
-Seguramente no tan interesante como el tuyo. Un par de endodoncias, varios empastes, limpiezas... Nada nuevo.
Germán amaba y temía a su mujer a partes iguales. Se habían conocido a través de un amigo en común. Ella tenía fama de mujer culta y reservada. De buena familia, odontóloga de profesión, amante de la ópera y la novela histórica. El inspector aún no entendía qué había visto en él, pero agradecía tener a aquella mujer a su lado. Elegante, discreta y dueña del tiempo. Porque los minutos no pasaban sin el permiso de su mujer. Ni caía la lluvia sin su consentimiento. Ni llegaba el frío invierno sin su nombre y rúbrica sobre el papel.
-Se llama Rebeca, Rebeca Ramírez.
Silvia se quedó pensando unos instantes con un trozo de pimiento verde pinchado en su tenedor.
-Es posible que la conozca -soltó para sorpresa del inspector-. ¿Su padre es joyero?
-Así es -contestó Germán relajando al fin la musculatura.
-Es paciente mía. ¿Y dices que no se sabe nada de ella? -Preguntó antes de meterse el pimiento en la boca y seguir comiendo como si nada.
-Nada. Desde las siete y media de la mañana.
La sutil expresión de asombro que había reconocido en el rostro de su mujer pasó nuevamente a la de desaprobación.
-¿Y no es un poco mayorcita para dedicarle más horas de la cuenta?
El inspector Gómez ya sabía el discurso que vendría a continuación. Se preparó una vez más para oírlo, para sentir el filo del explorador Weston escarbar sobre su herida aún abierta.
-Germán, lamento mucho lo de esa familia, de verdad, pero no voy a pasar otra vez por lo mismo -tomó la servilleta que reposaba sobre sus piernas y se limpió la comisura de los labios con suavidad, hasta limpiándose mostraba su elegancia innata-. Sabes a qué me refiero.
Gorka Valverde. A quién si no.
Germán asintió con la cabeza y terminaron de comer en silencio. Ambos sabían que el simple recuerdo de aquel niño los alejaría una vez más. El inspector se trasladaría desde aquella mesa a un oscuro pasado y no tan lejano como le gustaría.
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Gorda
Misteri / Thriller¿Y si los complejos nos llevan a traspasar los límites más oscuros?
