REBECA - CAPÍTULO 26: EL TRASTERO

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¿Cuánto dolor puede soportar una persona? ¿Cuánto vale una vida?

Pensaba en toda esa gente que veía mis vídeos: en los padres de familia, que llegaban a casa del trabajo, besaban a sus mujeres y a sus hijos y ponían la tarjeta de crédito a disposición de Joan; en los chavales de instituto, intentando acercarse a la chica más guapa y flaca de su clase para luego desabrocharse la bragueta y fantasear con mis carnes... También pensaba en todas aquellas personas que me despreciaban por mi cuerpo y que quizá ahora pagasen para verlo.

Pensaba en si alguien me habría reconocido ya. En si, después de todo, mis padres acabasen descubriendo la verdad. La simple idea de que eso pudiese ocurrir me cortaba la respiración.

Me convertí en un trapo, en un juguete roto, en un ser insignificante metido en una jaula sin barrotes.

Cada día esperaba que Joan no me escribiera, que se muriese de alguna enfermedad repentina, se olvidase de mí, que encontrase a otra a la que no le importase hacer aquellas cosas, o que la muerte me llevase durante el sueño, cada vez más escaso.

Los días y las noches se volvieron difusos. Obedecía a la alarma del reloj: si tenía mensaje de Joan a la hora de levantarme, debía caminar hacia lo que él llamaba el Trastero antes de ir al trabajo, si no, podía volver a tener algo parecido a una vida que, ahora, consideraba normal.

—Eres una mina de oro —me repetía.

El deterioro físico comenzó a antojarse un problema, así que pasé a ponerme frente al espejo para aprender a fingir. Ensayaba varias veces al día. El llanto se transformaba en sonrisa, la angustia en seguridad, el miedo en confianza. Me lavaba la cara antes de sentarme con mis padres a desayunar y, ante su completa ignorancia, me convertía cada día en la mejor actriz.

Un día, a la hora del descanso, en el Carrefour, traté de recordar cómo se hacía un café; hasta las cosas más simples, las del día a día, parecían haber desaparecido de mi cabeza. De aquella máquina solo salía agua hirviendo. Lo intenté seis o siete veces, quizá más, hasta que apareció César, el de contabilidad.

—¿Qué haces? —me preguntó.

—Intento prepararme un café —le respondí sosteniendo una taza llena de agua.

—No le has puesto la cápsula. Déjame a mí, yo te lo preparo —tomó la taza que aún sostenía rozando mi mano, y los ojos se me llenaron de lágrimas —, ¿te encuentras bien?

Asentí tratando de no mostrar nada, ni siquiera el mechón de pelo que acababa de desprenderse de mi cuero cabelludo para posarse sutilmente sobre mi antebrazo.

—¿Una mala racha? —insistió César.

Mis ojos ya no pudieron soportar más el llanto y, para mi sorpresa, sus brazos me rodearon, reconfortándome en aquel instante en el que el mundo parecía desvanecerse bajo mis pies.

Sabía que estaba casado. Sabía que su reputación no era buena. Sabía que los sentimientos que mostraba hacia mí no eran genuinos, pero no me importó. Necesitaba aquel contacto, aquel hombro en el que llorar, sus pretendidas palabras de consuelo. Nunca le conté nada de lo que sucedía en el Trastero, pero dejé que me amase aunque tuviese que ser siempre a escondidas. César se convirtió en algo así como un oasis en el desierto.

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