AGUSTÍN - CAPÍTULO 42

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Cuando uno empieza a trabajar para las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado se encuentra con una parte que ni la mejor de las academias ha incluido en su temario: la parte en la que debe ver morir a un compañero en acto de servicio, la parte en la que se debe comunicar a unos padres que acaban de perder para siempre a su hijo, la parte en la que uno debe separar su vida personal de la laboral... Y así podría continuar una lista interminable de tragedias a las que Agustín se había obligado a hacerles frente en la soledad de su hogar.

—Agente Agustín Fernández —se presentó tendiéndole la mano a aquella mujer tan asombrosamente perfecta.

—Silvia Pérez —contestó esta.

Agustín se aproximó a la cama de Germán y agarró su mano. El inspector permanecía sedado tras la intervención de urgencia a la que se había sometido hacía algunas horas.

—¿Alguna novedad?

—Ha perdido mucha sangre... pero dicen que se pondrá bien.

El joven agente aguantó las lágrimas tras soltar un suspiro de tranquilidad que no alcanzó a disimular.

—Gracias a Dios —soltó al fin.

—Gracias a ti —corrigió la mujer del inspector—. No sé qué sería de mí sin él... ¿Cómo está la chica?

—También se pondrá bien —sonrió—, ella y su bebé.

—Desconocía que estuviese embarazada.

La mano de Germán apretó fuertemente la de su subordinado.

—¡¿Y Rebeca?!

—Se encuentra bien, y el niño que espera también.

—¡Agustín! ¡Escúchame!

—Es mejor que guarde silencio, jefe.

—¡Agustín! Había un cuerpo en el piso...

—Lo sé.

—No, no lo entiendes —Germán se cercioró de que solo Agustín y su mujer se encontrasen en la habitación—, probablemente Rebeca haya sido la que...

—Don Germán —lo interrumpió su subordinado—, ya he puesto en el informe que todo apunta a que el fallecimiento de Joan se produjo en legítima defensa. Y sí, también le he transmitido la secuencia de los hechos a Rebeca tal y como queremos que se la presente al juez.

El rostro del inspector se suavizó.

—¿Estás seguro de que no quedan cabos sueltos?

—Tan seguro como que si Rebeca no se aprende el texto que le he escrito, el que acabará entre rejas seré yo.

Germán esbozó una leve sonrisa a la que Agustín correspondió con una lección que había aprendido recientemente:

—A veces hay que pasarse los protocolos por el forro de los bajos, inspector.


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