Pensaba que todas las gordas lo estábamos por el mismo motivo: comer grandes cantidades de comida. Así que me dediqué a seguir todas las dietas que se cruzaban en mi camino, las que se iban poniendo de moda: esas que solo dejaban comer proteínas, las que solo permitían ingerir alimentos a ciertas horas del día, las que seguían (o decían seguir) las famosas de Hollywood..., y también las que me contaba alguna compañera de trabajo o vecina, de esas que hacían fulanita o menganita, y que eran "súper fáciles de seguir", una que me sacó el médico del cajón de su escritorio de mil quinientas calorías, la de alguna franquicia, la de las barritas y batidos... y un largo, larguísimo etcétera. Ninguna valió de nada. Una dieta nunca era súper fácil de seguir, ni siquiera sin el "súper" delante. Todas y cada una de las dietas que seguí fueron un verdadero suplicio desde el primer día.
Me compré libros, muchos libros, cualquiera que pusiese la palabra adelgazar, dieta, calorías, peso o palabras afines acababan acompañándome a casa ese mismo día; estaba convencida de que en algún lugar se encontraba mi solución, mi golpe de suerte, mi "esta vez sí"..., pero no fue así, la báscula no dejaba de subir y subir. Cuando superé los ciento veinticinco kilos, y a pesar de que ya no tenía compañeros de clase que me insultasen (todavía podía sentir el resonar de sus voces en mi cabeza), las miradas y comentarios en el trabajo de compañeros y algún cliente me seguían llenando de angustia, de dolor, de fobia social, de asco hacia mí misma... Cuántas veces deseé no despertarme al día siguiente, cuántas veces quise asomarme a la ventana o acercarme a las vías del tren y acabar con todo, cuántas me detuve por mis padres... quién cuidaría de ellos cuando fuesen viejos, solo me tenían a mí, y yo solo los tenía a ellos.
Odiaba cada día mi vida, pero los peores quizá eran esos en los que algún compañero de trabajo estaba de cumpleaños. Solían traer pasteles, galletas o algún bizcocho y los dejaban en la sala de descanso para empleados. Los días que no estaba a dieta se daba la siguiente situación: si andaba por allí algún compañero cogía con disimulo un trocito de pastel y me lo llevaba a la boca mientras me preparaba el café y esperaba a que se diese media vuelta o se largase para poder coger otro trozo más; si tenía suerte, se iba antes de que llegase otro compañero que, como no me había visto comer, podía permitirme tomar otro trozo de pastel con delicadeza, como si fuera el primero que me llevaba a la boca, y así hasta que acababa mi tiempo de descanso que, si además estaba sola cuando finalizaba, podía meterme dos o tres trozos más de pastel entre pecho y espalda, comiéndolos rápidamente para que nadie entrase de repente y me pillase. Pero cuando estaba a dieta (que solía ser lo más habitual) el tiempo de descanso se convertía en una tortura. Tenía dos opciones: saltarme la dieta y comer pasteles en mi tiempo de descanso o no saltármela y esperar a que la ansiedad se disparase en mi interior y acabase arrasando con toda la comida que me encontrase por casa nada más llegar del trabajo. Esa era la peor de las opciones porque, además de tener que reprimirme en el curro, de no poder desconectar de mi adicción en mi tiempo de descanso, me daba esos atracones al llegar a casa que acababan hinchándome como una bola, sin poder detener la compulsión, el bajón moral posterior ni las ganas de no despertarme al día siguiente. ¿Qué sentido tenía vivir así? Consumida por el llanto irrefrenable que se instalaba dentro de los kilos y kilos de grasa que me rodeaban y que me recordaban cada día, frente al espejo, lo poco que merecía una vida feliz.
ESTÁS LEYENDO
Gorda
Misterio / Suspenso¿Y si los complejos nos llevan a traspasar los límites más oscuros?
