REBECA - CAPíTULO 16: MI TRASTORNO CON LA COMIDA

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A los diecinueve años, mientras esperaba en la sala de espera de la consulta de mi dentista (tocaba hacerme la revisión anual), me encontré con un reportaje sobre trastornos de la alimentación.

Había intentado dejar de comer, volverme anoréxica por así decirlo, pero no aguanté ni un solo día porque por la noche me sentí tremendamente mareada, hasta me dio miedo sufrir un desmayo, y acabé cogiendo un paquete de galletas de la despensa. Me lo comí entero. Después vino un bocadillo de pan de molde de tres rebanadas con Nocilla, un helado, una tableta de chocolate con leche y más rebanadas de pan. Me gustaba espachurrar el pan y luego comerlo hecho una bola. También había intentado vomitar después de los atracones, me había metido los dedos hasta la garganta, había tomado aceite directamente de la botella, había bebido casi un litro entero de agua del tirón... Pero nunca conseguí provocarme el vómito.

En la revista se mencionaba un trastorno desconocido para mí, el trastorno por atracón, y en ese momento lo supe. Estaba enferma. Lo había estado desde hacía años. Sentí una rabia por dentro que me encogió el corazón. ¿Por qué no lo había descubierto antes? Le hice una foto con el móvil al reportaje para que no se me olvidase nada; venía diciendo algo así como que es un tipo de trastorno de la alimentación en la que se ingieren grandes cantidades de comida, principalmente hacia las últimas horas del día, que se mantiene en secreto, y que no se compensa con ejercicio físico, laxantes o vómitos. Hablaba de una tasa de prevalencia muy superior a la de la anorexia y la bulimia: alrededor de un treinta por ciento de la población encuestada sufría dicho trastorno, y también mencionaba el tratamiento más eficaz: el enfoque psicológico más que el nutricional. Esa misma tarde, justo al salir de la consulta, busqué psicólogos en Vigo y llamé a la que mejor puntuación tenía en las reseñas de Google: María Blanco.

María Blanco era una mujer que desprendía seguridad en sí misma. Me sorprendió un poco que le sobrasen unos kilos, ¿por qué no se trataba a sí misma para rebajar sus ganas de comer? Supuse entonces que no le importaba, que prefería salir a cenar con su familia o irse a tomar un helado con sus amigos y disfrutar de la vida aceptándose a sí misma tal y como era. Ese pensamiento me fascinó. Sabía que había chicas tan gordas como yo e incluso mujeres mucho más mayores que llevaban shorts y se ponían vestidos ajustadísimos, casi presumiendo de "michelines" y, aunque yo quería perder peso, me parecía una idea estupenda el aceptarme, el "quererme" como me dijo María en la primera consulta: "No puedes esperar a tener un cuerpo diez para comenzar a disfrutar de la vida, empieza ya a quererte. Hoy vas a hacer algo que te apetezca mucho: ir de compras, tomar el sol en biquini, quedar con alguien, suscribirte a una de esas web de citas si así lo deseas. Quiero que conozcas gente nueva. El mundo real te está esperando ahí afuera, Rebeca".

Salí de la consulta sintiéndome otra persona. Saboreé la luz del sol que me calentaba tiernamente las mejillas, disfruté del ritmo casi poético de los viandantes, hasta el tráfico me sonaba a vida después de aquella primera cita con la psicóloga. Recuerdo que, de camino a casa, me sonreí desde el reflejo de un escaparate, algo que jamás había ocurrido con anterioridad.

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