Existe una línea que separa la vida de la muerte. Es una línea muy fina, tanto que, a veces, alguien consigue con solo agarrarte de la mano llevarte hacia el otro... y ocurre en ambas direcciones. Germán sabía que se acercaba peligrosamente a esa línea, pero también presentía que Rebeca corría hacia ella como alma que lleva el diablo. Era cuestión de segundos que ambos se precipitasen en el abismo, debía pensar y hacerlo rápido, más de lo que lo había hecho en toda su vida.
La camilla ascendía por los escalones a tropiezos. Agustín daba órdenes por el hueco de la escalera, frases que se perdían en el exterior del canal auditivo del inspector. Él solo pensaba en Rebeca, en cómo llegar hasta ella y sacarla de allí cuanto antes. Trató de acercarse un poco a la puerta, probar a llamarla una última vez. Le dolía el abdomen, el brazo, la cabeza... Se iba, sería el primero en irse y, si nadie hacía nada, Rebeca sería la siguiente.
—Agustín, escúchame.
Las palabras dolían al salir.
—Agustín.
—Inspector no se preocupe por nada, va a ponerse bien, se lo prometo.
Las promesas funcionan para los ignorantes que necesitan creer en algo o en alguien, pero no para Germán. Él era consciente de lo que estaba pasando y de que ni él ni su compañero sabían cuan profunda era su herida ni si algún órgano había sido dañado.
—¿Qué es eso?
La voz de Agustín resonó en la cabeza del inspector haciendo que este la girase hacia la puerta tras la que Rebeca se encontraba.
—¡Humo! ¡Hay un incendio! —gritó uno de los camilleros mientras observaba cómo la neblina gris se colaba bajo la puerta.
—¡Inspector!
Germán agarró a su subordinado por el pecho.
—Abre la jodida puerta ahora mismo, tengo que entrar. Es una orden, no me falles.
Agustín retiró sus manos de la herida de Germán y descargó su arma sobre la cerradura. Posteriormente echó a correr escaleras abajo.
—¿Está preparado? Vamos a sacarlo de aquí —le informó con premura uno de los jóvenes que acaba de llegar hasta el inspector.
Germán dejó que hiciesen su trabajo, pero trató de ralentizar las maniobras en lo posible, necesitaba ganar tiempo. Quería aquella camilla allí mismo, pero no para él.
Reuniendo sus últimas fuerzas, apartó con sus brazos a los camilleros para entrar en aquella estancia convertida ya en un mar de fuego. Agustín entró inmediatamente detrás de él, portando un extintor en sus manos que hizo funcionar nada más cruzar el umbral.
No podía ver con claridad más allá de unos pocos centímetros.
—¡Rebeca!
Germán elevó la parte superior de su camisa para taparse nariz y boca mientras Agustín trataba de apagar las llamas con aquel matafuego caducado.
—¡Rebeca!
Algo se movió en el suelo. Germán tomó aire y corrió hacia allí, pero tropezó y cayó al suelo. El cuerpo inerte de un hombre frenó sus pasos por un instante. Ya se ocuparía más tarde de aquello, volvió a erguirse sin perder de vista su objetivo.
—¡Rebeca!
El humo envolvía la estancia con más y más brio. Iba a morir allí, lo presentía, iban a morir los dos. Cerró los ojos y se dejó caer sobre sus rodillas y sobre sus manos. La muerte lo acechaba con más y más fuerza. Volvió a abrirlos y, como si de una aparición se tratase, el rostro de Gorka le sonrió desde aquella pequeña fotografía sobre la que había posado su mano derecha.
Las lágrimas recorrieron sus mejillas.
—Te dije que yo nunca iba a ser un héroe —sollozó con la mirada puesta en aquella instantánea.
Se levantó y profirió un último grito.
—¡Rebeca!
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Gorda
Mystery / Thriller¿Y si los complejos nos llevan a traspasar los límites más oscuros?
